sábado, 23 de febrero de 2013

EVA


No tengo con quien hablar. Estoy sola. Mi interior se revuelve de tal manera que me tira al suelo. Me abate, no tiene piedad de mí. Lo tenía y lo dejé ir; no quise luchar. Tenía las garras afiladas y destructoras dentro de mis puños, pero no las usé. Me fallé, le fallé.
¿Qué me pasó? No lo entiendo.
Soy fuerte. Cuando tomo una decisión tengo lo necesario para respaldarla, no solo en fuerza física, sino con entereza de ánimo y firmeza de carácter. Si cedo, no es por debilidad, sino por sabiduría a fin de esperar los tiempos justos y oportunos.
Pero no usé de ellas. Yo misma me engañé. No quise estar sola. Lo obligué.
Él no puede resistirse a mis encantos. Soy la perfección de la creación. Toda la esencia de Dios está en mí. Dios es hermoso y me trasladó su hermosura. Dios es un poderoso guerrero y me trasladó la fiereza y las astucias de ese oficio. Dios es todo amor y me llenó de él para que lo dé, pero me dio la libre elección de elegir a quien y cuando. Sé seducir.
Él es fuerte. Cuando toma una resolución, nada lo hace retroceder. Su corazón late con fuerza frente a los desafíos. Sabe tomarlos, le gusta tomarlos. La imagen de Dios es total en él. Es bello cuando sus músculos están tensos a causa del trabajo. Su bravura atemoriza cuando enfrenta a los animales para dominarlos y domesticarlos. Cuando sale de caza, la presa no se le escapa. Cuando me abraza, su olor me embriaga y me rindo con placer en sus brazos. Junto a él estoy segura. No quise quedarme sola.
Me di cuenta que quiso engañarme y me supuse más astuta. Le seguí el juego. Juego de palabras. Sólo eso. ¿A quién le puede hacer daño algunas palabras?
Me probó en mi astucia y me gustó. Me desafió y lo acepté. Si yo soy la perfección, ¿no sabe que no tiene chances de ganarme?
¿En qué momento abandoné la lucha?
Me envolvió con sus palabras. Eran suaves, llenas de lógica. Atacó mis convicciones con dulzura, minó mi interior sin violencia. No me hizo doler. Le obedecí.
Él estaba a mi lado y como si yo no le importase presenció todo esto. No hizo nada para ayudarme. ¡Nada! Cuando cedí, no salió en mi defensa. Él también dejó guardadas sus garras. ¿Por qué? Todavía no me animé a preguntárselo. También cayó. Yo lo tumbé, yo lo empujé, no se resistió.
Estamos solos y tengo frío. Es raro. Nunca antes lo había sentido. Él también tiene frío; está temblando. Nos cubrimos con hojas, pero el temblor sigue. No es de afuera, el frío es de adentro. Algo murió. Algo se apagó.

Elbio R. Lezchik

sábado, 9 de febrero de 2013

El Estadista


La visa de extranjero y la identificación como periodista me permiten conseguir, sin dejar de valorar la ayuda que brinda el color verde de los billetes que le ofrezco, un guía fiable que me lleve a través de las imbricadas calles de Jerusalén hasta la residencia del gobernador. El Jeep descapotado se abre paso a bocinazos entre la muchedumbre que toma las calles como senda peatonal, los animales de carga que llevan mercancías a los puestos del mercado, los demás vehículos que nos imitan y el olor a sahumerios y especies que llena el aire. Hay alegría, se nota en los rostros, en las voces y en la febril actividad citadina. Esto es algo que como occidental no lograré comprender. ¿Cómo se puede vivir así en una ciudad asentada sobre un polvorín y rodeada de enemigos que solo desean su mal?
Llegado a la residencia soy conducido inmediatamente a una pequeña sala donde me ofrecen jugo de dátiles para acompañar la breve espera “por retrasos de agenda” del gobernador.
Jerusalén aparece ordenada en sus nuevas construcciones y su nuevo muro exterior impresiona. Ha recuperado rápidamente su protagonismo regional luego de más de 70 años de estar en ruinas, tiempo en que los pocos habitantes que quedaron luego de la gran deportación fueran abandonados a la buena de Dios. Durante ese tiempo las regiones próximas crecieron en poderío militar y político, pero siempre sujetas al orden establecido por el poder central, poder que se respeta a todo lo largo y ancho del reino. Los sátrapas tienen mano de hierro y todos lo saben. Pero hoy Jerusalén es otra. Ha cambiado el eje del endeble equilibrio entre la guerra y la paz. Hoy sus vecinos la respetan.
Me hacen pasar al despacho del gobernador y éste me recibe con un fuerte apretón de manos. Su porte irradia respeto. Alto, ancho de pecho, su tupida y prolija barba canosa contrasta con su reluciente calva. Tiene ojos chicos, oscuros, semi cerrados, como si siempre estuviera oteando el horizonte para adelantarse a los hechos, atentos para no perder detalle. Me saluda en mi lengua, quedo perplejo. Luego me explicaría que es políglota.
El centro de la ciudad es el lugar más importante intramuros. Allí está el Templo, o lo que quedó de él luego de que le prendieran fuego durante la invasión. Todas las tardes se frena la actividad comercial y el pueblo, desde los niños a los ancianos, asiste al oficio religioso. El sacerdote se llama Esdras, es un erudito en la Ley de Dios, y junto a sus ayudantes comienza a leer en voz alta los estatutos y mandamientos de Jehová. Asombra el silencio. Todos están atentos para no perderse ninguna palabra. Me asignan un lugar para observar a fin de no interrumpir la liturgia. Luego de la lectura, el sonido de los instrumentos musicales llena todo el aire. De detrás del altar donde sacrifican los animales, un coro multitudinario vestido uniformemente con ropas finísimas entona cantos de alabanza a Dios. Las canciones que componen la liturgia son mayoritariamente poemas escritos por el rey David, un gran rey que ha marcado profundamente la historia de este pueblo, segundo desde el comienzo de la monarquía israelí que comenzara unos 550 años atrás y luego sucedido por su hijo Salomón, autor de más de 3000 proverbios y artífice del magnífico templo en proceso de restauración.
Le pregunto al gobernador el significado de su nombre. Es común en los pueblos orientales nombrar a sus hijos con un nombre que contenga un significado importante para los padres. Me dice que Nehemías significa “Confortado por Dios”. Sus ojos no perdieron el pequeño gesto de asombro de mi rostro al escuchar el significado de su nombre y agrega:
-Esta ha sido mi experiencia con Dios, alabado sea su nombre, durante toda mi vida.
         Los primeros pasos en política los dio al servicio del rey persa Artajerjes, allí se ganó el privilegio de ser el asistente o “Copero” del rey. Me explica que este oficio es considerado como uno de los de mayor confianza dentro del gabinete ya que participaba en todos los actos y ceremonias de la corte en que hubiera banquete o comida habitual. Debía permanecer siempre al lado del soberano y estar pendiente de suministrarle cualquier líquido que ordenara.
En la Secretaria de Estado, busco el despacho del sub secretario de Protocolos Internos. Me presento y le solicito que me permitan ver el manual de funciones del puesto “Copero del Rey”. El sub secretario, de nombre Nahum, accede de buen gusto y me facilita el acceso a una pequeña sala de lectura para que pueda buscar la información que necesitaba para esta nota. Allí me entero que ser copero no es para cualquiera. Bajo el título “Carácter” se describe que la persona que ejerce este oficio debe tener una higiene cuidada y ser muy discreto porque no se le permite dar risotadas o realizar comentario alguno de lo que escucha. Debe servirle y traer la copa al Rey con mucha gracia, resalta.
-Ese día estaba realmente mal, no podía lograr la compostura adecuada de ánimo para trabajar como corresponde delante del rey - me cuenta Nehemías al preguntarle sobre cómo llega a la gobernación de un territorio tan alejado de la capital del reino.
-Tres meses antes por la mañana - continúa relatando -  mientras preparaba todo para el día de trabajo, recibo la visita de uno de mis hermanos y varios de mis compatriotas recién llegados de la ciudad de Jerusalén. La alegría que tuve al verlos es inexplicable. Habían pasado más de veinte años desde la última vez que estuvimos juntos. Luego de los saludos y de secarnos las lágrimas, les pregunto por mi querida ciudad y por el resto de la familia, estaba ávido de noticias y la respuesta me demolió. Los que aún viven allí la pasan muy mal, me dicen, estamos aterrados a causa de nuestros enemigos, el muro perimetral está derribado y todas sus puertas quemadas a fuego. Cuando escuché estas palabras, solo atiné a sentarme pues me daba vueltas la cabeza. No lo podía imaginar ni creer. Estallé en un llanto tan profundo, que mis colaboradores vinieron alarmados a tratar de tranquilizarme. Convinimos con mi hermano y los demás hacer duelo por varios días, ayunar y orar al Dios de los cielos, alabado sea su nombre, para suplicarle su favor. Lo que nos estaba sucediendo – continúa -, era el cumplimiento de lo advertido por nuestro Dios, alabado sea su nombre; le habíamos dejado, la sociedad en su conjunto se había corrompido, no supimos separarnos de las costumbres de los pueblos vecinos sino que las copiamos, nos olvidamos de sus mandamientos, preceptos y estatutos por lo que Él cumplió con sus advertencias.
-En medio de este duelo y desesperación – dice - recordé que Dios, alabado sea su nombre, había prometido que si nos arrepentíamos de verdad nos devolvería nuestra tierra y que le dijo al profeta Jeremías que este cautiverio duraría 70 años, y ya faltaban pocos para que se cumplieran, así que oré al Dios de los cielos, alabado sea su nombre, confesando nuestros pecados y solicitando su  misericordia.
-Imaginar a la ciudad en ese estado me oprimía el pecho – relata-, me costaba conciliar el sueño durante las noches. En esas vigilias comencé a preguntarme qué podía hacer desde mi lugar. Si bien los planes de Mardoqueo habían sido desbaratados, los enemigos de los hebreos seguían vivos y el peligro de que la ciudad sea atacada seguía latente. Otra cosa que me desvelaba era la falta de unidad entre el pueblo, las luchas internas por el poder eran devastadoras, pues varios de los grandes estaban aliados con los árabes y con los samaritanos. No amaban a su pueblo ni a su Dios. Consideré que con cartas de apoyo del Rey podría reconstruir los muros de Jerusalén. Esa idea me hacía latir con más fuerza el corazón y oré al Dios de los cielos, alabado sea su nombre, para que me conceda buen éxito y me de gracia delante del soberano para hacerle mi petición. Aún en duelo continué con mi trabajo a la espera del momento oportuno para hablar.
Un sirviente ingresa a la sala con jugos de frutas y sorbetes y Nehemías se para y se dirige a los ventanales que dan al jardín interno guardando silencio pierde la vista en el infinito como para revivir lo pasado y aclarar el relato.
La belleza de los jardines orientales no tiene comparación, sus simetrías, sus colgantes, la combinación de colores y texturas, los olores de las flores y las ornamentaciones de un gusto por demás de exquisito los hacen únicos. El ingreso está presidido por un gran portal de dos hojas de hierro forjado, sus anchos dinteles están pintados de un azul brillante con hermosos dibujos en oro y púrpura. Todo el jardín está cruzado por bien diseñados caminos que pasan debajo de arcos ricamente artesonados y todos ellos, sin faltar uno, tienen inscriptos su interior con bellas letras en oro las leyes de Dios, sus estatutos y mandamientos. También están escritos los salmos que compuso el rey David y los proverbios de su hijo Salomón. Natán, el jefe de jardineros que me guía por este paseo, me comenta que este es el mejor lugar para disfrutar de la paz, el silencio y adquirir sabiduría.
-         Todos los días el gobernador dedica un tiempo antes del inicio de su jornada a pasear por él, dice que allí se encuentra con Dios –me dice por lo bajo.    
Luego de saborear los sorbetes la entrevista continúa. Reviso mis notas para darle el pié, pero el gobernador no lo necesitó. Su memoria es extraordinaria.
Nehemías me explica que si bien la mayor parte del día estaba junto al rey, a causa del protocolo persa no podía dirigirle la palabra si él no se lo pidiese y no podía mirarle directamente a los ojos. Todo el servicio debe prestarse con los ojos bajos y la cabeza gacha.
-El tiempo pasaba y mi agonía se hacía mayor - continúa relatando -. Una tarde mientras los secretarios despedían a unos embajadores y se acondicionaba la sala del trono para la próxima entrevista, el rey se dirige directamente a mí y me pregunta el motivo de mi semblante caído. Miro a la reina Ester que estaba a su lado y con los ojos me hace una seña para que hable con confianza. Elevo en mi mente una oración al Dios de los cielos para que me dé las palabras justas y le cuento todo desde la visita de mi hermano, mis ayunos, duelos y el anhelo de mi corazón. El rey me escuchaba atento. Al terminar de hablarle bajo mis ojos para esperar sus órdenes, y tras un breve silencio me pregunta cuánto tiempo me llevaría realizar lo que quería y cuando volvería a tomar mis funciones en palacio. La respuesta le satisfizo y me dio los permisos que necesitaba para armar el viaje, la compañía y las credenciales del reino para ejercer autoridad y solicitar al Tesorero de esa región todos los materiales que necesitase.
Al llegar a este punto del relato, el gobernador se detiene. Noto lágrimas en sus ojos; sus labios están apretados. No es tristeza, su rostro esta rutilante y hasta parece que hubiesen desaparecido sus arrugas. No hablo, no pregunto, solo lo dejo con sus recuerdos.
-Dios ha sido muy bueno conmigo y con su pueblo - continúa de repente -. Desde que puse mi pié en esta tierra, las intrigas se comenzaron a tejer contra mí pues por el solo hecho de llegar y desear el bien de Jerusalén me había convertido en el principal enemigo y objetivo a destruir de todos los pueblo que nos rodean. Los espías entraban y salían amparados por algunos de los principales de la ciudad ya que su lucro provenía de mantener el status cuo situacional. Intentaron matarme varias veces preparando emboscadas en lugares que debía pasar o me invitaban a reuniones bilaterales para tratar diversos asuntos de la región, pero siempre me llagaba el aviso de sus intenciones y no dejé, con la ayuda del Dios de los cielos, alabado sea su nombre, que me atrapen en sus redes. Mientras tanto la obra avanzaba, casi no dormíamos, pues de día trabajábamos en la reconstrucción del muro y de noche hacíamos guardia. Organicé al pueblo por familias y le indiqué en qué parte debía trabajar cada una. Allí se trabajaba, se comía y se hacía guardia. No me cambié las ropas durante todo ese lapso y terminamos la obra en cincuenta y dos días, menos de dos meses. La gente dice que esto fue increíble, pero yo les digo que no, sino que fue milagroso, la mano del Dios de los cielos, alabado sea su nombre, estuvo con nosotros y nos dio las fuerzas y velocidad necesarias para hacer esta proeza. A ninguna nación de las que nos rodean le quedan dudas de que fue Él el que hizo la obra.
Me quedo meditando en esa hazaña, trato de imaginar al pueblo en la febril tarea de remover piedras, limpiar el sector que le corresponde a cada uno, acarrear madera, elevar y alinear los nuevos bloques que pesan casi una tonelada cada uno, montar guardia, hacer vigilas interminables....
-¿Cómo logró hacer que todo el pueblo trabajase y se lograra ese record? - le pregunto.
-Ya se lo dije en varias oportunidades durante mi relato - me responde-
- El Dios de los cielos, alabado sea su nombre, fue quien nos dio las fuerzas necesarias para iniciar y acabar esta obra.
- Pero Dios no se ve y usted era en ese momento el líder visible - le cuestiono -, ¿qué hizo para que el pueblo lo siga?
-Tuve planeado todos los detalles, sin faltar alguno, desde el momento en que elevé a Dios, alabado sea su nombre, mis oraciones a favor de mi pueblo y mi ciudad, y además me propuse ser ejemplo - me responde -, no hice uso de mis privilegios de gobernador, trabajé a la par del pueblo y juzgué con rectitud.
- Vaya que fueron tiempos duros - observa por lo bajo, y entornando los párpados se tira para atrás en su sillón como reviviendo esos días.
- Al llegar a Jerusalén – continúa -, no le revelé a nadie mis planes; los tres primeros días los ocupé en saludos y visitas ya que nuestra comitiva despertó mucha curiosidad y evaluar de primera mano la situación social reinante. La noche del tercer día, cuando todos dormían salí a recorrer las ruinas del muro y evalué a la luz de la luna todos los daños. Mi cabeza sacaba cuentas del material que se necesitaría y de la cantidad de mano de obra que debía reclutar. Al otro día reuní a los jefes de familias y demás líderes y les comenté cómo el Dios de los cielos, alabado sea su nombre, había sido propicio conmigo y cómo había arreglado todas las cosas del viaje, les informé que tenía las instrucciones necesarias para reconstruir el muro y los animé a poner manos a la obra. Quedaron perplejos y salvo los que estaban confabulados con nuestros enemigos, el pueblo entero estalló en gritos de alegría y alabanzas a nuestro Dios. El Dios de los cielos, alabado sea su nombre, me confortó en todo ese tiempo dándome ánimo y entereza de espíritu para llevar a cabo toda la obra.
Un sirviente ingresa al despacho de gobernador y se da por concluida la entrevista. Le estrecho la mano y le doy gracias por su tiempo, me saluda con la paz del Señor,  el “Shalóm”, y como corolario me solicita que cuando revise mis notas y escriba esta entrevista no olvide lo más importante de todo lo acontecido. Le miro para entenderle pero no lo logro.
-         Lo más importante – dice - es que con Dios, alabado sea su nombre, todo es posible.
Y con una sonrisa y un leve gesto de su cabeza cierra la puerta de su despacho.
El secretario del gobernador me acompaña hasta las escalinatas de la residencia. El ritmo febril de la ciudad me golpea. El Jeep con mi guía me estaba esperando y me lleva de regreso al hotel. Mientras recorremos las calles puedo ver a lo lejos la silueta del muro de la ciudad. Debo reconsiderar mi relación con Dios.      

Elbio R. Lezchik

jueves, 31 de enero de 2013

Doña Irene


Hoy doña Irene no tiene qué poner en la mesa. Su esposo en cama necesita un cuidado especial y el alimento es parte fundamental de ese cuidado. Busca en su cajita y lo que contiene le golpea fuerte en el corazón.

–No me alcanza – dice por lo bajo.

La salud de su esposo desmejoró notablemente en los últimos 3 meses y lo ha limitado en el desplazamiento. A causa de esto solo ella puede ir al banco y hacer las colas para cobrar su jubilación. Limitando el gasto, sólo en alimento, pues para otras cosas no les alcanza, consideran que pueden vivir estos días sin buscar los haberes de su esposo. Así que lo dejan depositado en su cuenta del PAMI. Pero no pensaron que los días pasarían tan rápido y cuando una vecina se ofreció llevarlos al banco para sacar todo lo guardado, el cajero les hiela la sangre.

-Saldo “cero” -le informa escuetamente – La cuenta está vacía.

El terror y el desconcierto les nubló el entendimiento.

–Yo averiguo qué pasó – dice la vecina y se encamina hacia una mesa de ayuda.

La noticia los abruma aún más, son ancianos y algunas cosas legales no logran entenderlas y no comprenden cuando se les explica que por no retirar los haberes, el estado los retuvo por considerar al esposo fallecido.

El barrio se moviliza y los ayuda a realizar los trámites necesarios para volver a cobrar y tratar de recuperar lo que estaba depositado. Cómo no ayudarlos a ellos, si cuando algún vecino necesitaba algo ellos eran los primeros en presentarse a dar una mano y no se iban hasta ver que el conflicto se resolvía. Cómo no ayudarlos, si a pesar de no tener hijos, cada uno de ellos cuando eran niños, fueron tratados con tanto amor como si hubieran sido propios. Y eso no se olvida.

Pero los tiempos administrativos no saben de cuestiones humanas ni de los dolores silenciosos que desgarran el alma. Y hoy doña Irene no tiene qué poner en la mesa.

Con la cajita en su mano se sienta en la cocina y recurre al único que puede darle ayuda.

–Dios, ayudame a decidir qué hago con este dinero, qué puedo hacer de comer- ora entre lágrimas.

Se levanta secándose los ojos y toma su bolsa. Besa a su marido y le dice que ya vuelve, que sólo sale a comprar lo necesario para el almuerzo. Suena el timbre. Ella ya estaba a la puerta. La abre y una vecina con una fuente envuelta en un repasador llena toda la entrada.

–Irene – le dice extendiendo los brazos- discúlpeme el atrevimiento, pero mientras preparaba los canelones para el almuerzo, sentía dentro mío que debía prepararle esta fuente también para usted.


                                                                           Elbio R. Lezchik

lunes, 28 de mayo de 2012

MISAEL


Mi nombre es Misael, ese es el nombre por el cual me llamaron mis padres en la tierra en que nací, Israel. Misael significa "Quien pertenece a Dios". También significa: "¿Quién es lo que es Dios?” Pero de eso ya pasó mucho tiempo y corrió mucha agua bajo los puentes del Tigris. Ahora mi nombre público es Mesac. En mis tarjetas personales figura este nombre, como también en el organigrama del gobierno. Todos me llaman por este nombre, todos menos yo.
Mi historia comienza, como lo dije antes, en la tierra de Israel, tierra de mis antepasados. Vivíamos en Jerusalén y mis padres me brindaron el acceso a la mejor capacitación que había en la ciudad.
Desde pequeño comencé a estudiar la Ley de mi Dios y me apasionaban especialmente los proverbios de Salomón, pues estos fueron escritos adrede para aprender a discernir dichos profundos, para recibir instrucción en sabia conducta, justicia, juicio y equidad; para darnos prudencia, conocimiento y discreción.
Cuando los ejércitos de los babilónicos rodearon la ciudad para conquistarla, el rey Joacim prohibió que se paralicen las actividades rutinarias a fin de que estemos ocupados y no pensemos en nuestros enemigos, por lo que yo continué con mi capacitación.
Durante ese tiempo el profeta Jeremías nos informaba que nuestro Dios había decidido entregar la ciudad en manos de los babilonios a causa de nuestro pecado. Yo le creí y no dejé caer ninguna de sus palabras. Pero al rey no le gustaron para nada esas palabras. Lo mandó apresar y quería matarlo, pues claro, no le convenía que se divulguen ese tipo de noticias, ya que temía que el pueblo deje de respetarlo y se pase al enemigo.
Recuerdo el día en que juzgaron públicamente al profeta. Al rey y su corte se les notaba la cara de espanto por lo que había profetizado, y al mismo tiempo el fuego de odio hacia esas palabras. Pero Jeremías, con una paz que no tenía explicación, los enfrentó y les dijo que, en lo que a él le tocaba, estaba en las manos de ellos y que hagan con él como mejor y más recto les parezca. Pero sepan, agregó, que si le mataban, echarían sangre inocente sobre ellos mismos, sobre esta ciudad y sobre sus moradores; porque en verdad Jehová lo había enviado para que dijese todas estas palabras en sus oídos.
Eso es valentía, pensé. Eso es tener claridad de convicciones. Al instante mi memoria refrescó en mi mente un salmo del rey David donde dice: “Busqué al SEÑOR, y El me respondió, y me libró de todos mis temores. Este pobre clamó, y el SEÑOR le oyó, y lo salvó de todas sus angustias. El ángel del SEÑOR acampa alrededor de los que le temen, y los defiende”. Y nuestro Dios cumplió en Jeremías esa palabra, pues no le hicieron daño alguno.
Pero Jerusalén cayó.
El rey Nabucodonosor ordenó a su delegado principal que buscase de entre los cautivos, a jóvenes inteligentes en toda rama del saber, dotados de entendimiento y habilidad para discernir las circunstancias y los tiempos y que los llevase a Babilonia para el servicio en la corte real. Y yo fui uno de los  muchos que deportaron.
Los ochocientos kilómetros que caminamos me resultaron interminables. La partida fue muy difícil. Lo escribo y un sabor amargo me llena la garganta, se me anegan los ojos, pues recuerdo la cara de mis padres cuando era arrastrado hacia el contingente de transportados. Los gritos de dolor y llanto de mi madre quedaron para siempre grabados en mis oídos.
Allí atrás quedaron mis padres y mis familiares. Atrás quedaron los que me enseñaban. Y atrás quedó mi adolescencia. Los ochocientos kilómetros caminados me hicieron madurar.
No bien llegamos a Babilonia, se nos indica que estaremos durante tres años bajo la regencia de un funcionario que era el jefe de todos los oficiales del reino de nombre Aspenaz. En ese tiempo debíamos aprender y dominar a la perfección el lenguaje y las enseñanzas de los caldeos. Teníamos profesores versados en adivinación, magia y astrología. Para nuestro mantenimiento teníamos la mejor comida del reino, pues se nos asignó la misma ración que comía el rey Nabucodonosor y el mismo vino que se servía en su mesa.
Después de todo lo pasado estos últimos años, pensé evaluando la situación en que me encontraba, el cautiverio no resultaba tan malo.
El dormitorio que me indicaron tenía cuatro camas, y mis compañeros de habitación fueron tres muchachos que eran estudiantes como yo. Sus nombres eran: Daniel, Ananías y Azarías.
Este Daniel me sorprendió el primer día que estuvimos juntos; paso a contarles lo que sucedió. Cuando llegó la hora de cenar nos llevaron a un amplio recinto donde nos esperaban los sirvientes con sus mejores ropas para atendernos. Los cuatro nos sentamos juntos. Allí comenzó la primera capacitación en protocolos y modos de comportarse a la mesa. Nos enseñaban cómo se debían tomar los cubiertos con los codos pegados a los costados y no aleteando como pollos al comer. Cuándo se utilizaba cada uno de ellos y el uso que se le daba a cada copa, todas de distinto tamaño.
La comida servida en el plato de Daniel allí se quedó y Aspenaz se dio cuenta. Se le acerca y la cara que tenía no me gustó para nada. Le preguntó que le estaba pasando que no comía y Daniel le explicó que él no podía comer esos alimentos pues se contaminaría delante de Dios; que por favor no lo obligara a hacerlo. Aspenaz le responde que el rey mismo les había asignado la comida y la bebida y que él temía por su vida, pues si Nabucodonosor, el día del examen, veía que su semblante era peor que el de los otros jóvenes a causa de esto, lo decapitaban. Daniel le hizo una propuesta, le pidió que haga con él una prueba durante diez días, que le dé solo legumbres y agua y que compare luego de ese tiempo su rostro con el de los demás y decida. Yo lo escuché y me gustó la idea, no se me había ocurrido poner en práctica fuera de nuestra tierra los mandamientos de Dios, se me había hecho como una división. Dentro de Jerusalén era siervo de Dios, pero ahora fuera de ella me estaba adaptando sin darme cabal cuenta al entorno babilónico. Así que levanté la mano y le dije que conmigo haga lo mismo. Mis otros dos compañeros se codearon y se unieron a nuestra propuesta. 
Aspenaz consintió con nosotros y probó por diez días. Las porciones nuestras eran reemplazadas por legumbres y llevaba a su casa los manjares reales. Al cabo de los diez días Aspenaz decidió que nuestro rostro era mejor y más robusto que el de los otros muchachos que comían de la porción del rey. Así que continuó llevándose nuestra porción de comida y del vino, y nos daba legumbres.
En respuesta a nuestra decisión, Dios nos dio conocimiento e inteligencia en todas las letras y ciencias; y Daniel tuvo entendimiento en toda visión y sueños.
Pasaron los tres años estipulados y llegó el día en que debíamos presentarnos delante del rey. El examen fue rigurosísimo, no terminaba más. Nos preguntó de todo y nos confrontaba con los sabios del reino. De a uno iban quedando excluidos los demás jóvenes y al final quedamos solo cuatro; nosotros cuatro.
Al ponernos en funciones, Daniel recibió el nombre de Beltsasar, a Ananías lo llamaron Sadrac, a Azarías Abednego y a mí me cambiaron el nombre por Mesac. Este nombre es de difícil traducción, pero tiene un significado similar a ¿Quién es como Marduk? Este Marduk es el dios de los babilonios.
Imagínense todo lo que significó este cambio para mí. Mis padres, como les conté al principio, me llamaron Misael, o sea, que cada vez que ese nombre sonaba en labios de alguien, se proclamaba a los vientos que yo pertenecía a Dios; pero ahora debía aceptar que todo el reino proclamase al nombrarme, que yo era propiedad del dios Marduk. Fue en ese entonces que decidí no olvidar mi nombre, no olvidar que yo pertenezco a Dios, el único, el creador de los cielos, la tierra y todo lo que en ellos hay, alabado sea su nombre desde la eternidad y hasta la eternidad.
Todo transcurría con normalidad en el reino, todos queriendo el puesto del otro, todos buscando la ocasión para complotarse contra alguno que esté en contra de sus intereses a fin de enviarlo a la muerte,  y otras cosas por el estilo de las que siempre se disponía de tiempo y poder para generarlas, lógicamente sin desatender las apariencias ni lo mínimo que se exigía de cada funcionario real. Por lo que la resolución del rey llenó de expectativas a todos. Paso a contarles.
El rey Nabucodonosor mandó hacer una estatua de oro inmensa. Medía veintisiete metros de alto por dos metros y medio de ancho. Una vez construida y emplazada en su lugar ordenó a todos los funcionarios del reino, que asistiéramos a la dedicación de la estatua a su honor, con la instrucción de que debíamos inclinarnos y adorarla no bien suenen los instrumentos musicales. Esa instrucción continuaba con una motivación extra para cumplir con la formal invitación: todo el que no se incline ante ella ni la adore sería arrojado de inmediato a un horno en llamas.
Así estaban presentadas las cosas. Mi ser se agitó en busca de una salida a aquel encierro. Morir quemado no me atraía. Los gritos de todos aquellos que eran ejecutados de ese modo me aterraban y nunca pude permanecer en buena compostura en esos actos de gobierno.
Me dirigí inmediatamente a mi casa y me encerré a buscar el rostro de mi Dios. Le solicité que me ayudara, que me mostrara una salida a este encierro. Derramé lágrimas hasta tarde clamando por su misericordia; no quería arrodillarme delante de esa imagen para salvar mi vida ya que perderla no estaba dentro de mis planes inmediatos.
Pero Dios no me respondió. Recuerdo que con los ojos hinchados de tanto llorar me paré, me lavé la cara y tuve que decidir quién quería ser a partir de ese instante. ¿Quién era yo? ¿Era Misael, el que pertenece a Dios, o era Mesac, el que pertenece a Marduk? Miré fijamente a mi imagen que se reflejaba en el espejo y declaré que yo soy Misael y que pertenezco a Dios.
Luego de esto me cambié de ropas, me perfumé y me acicalé para estar conforme al protocolo en la dedicación de la estatua. No bien llegué, ocupé el lugar que me fue asignado. Se hizo silencio y la música comenzó a sonar llenando todo el lugar.
El resto fue vertiginoso. Las rodillas de todos los que me rodeaban tocaron tierra. El ruido de mi corazón tapó el sonido de la música y me encontré parado frente a la estatua rodeado de una multitud de cuerpos que apoyaban sus cabezas rítmicamente en el suelo. Pero no era el único. A la distancia vi a dos de mis antiguos compañeros de habitación. Allí estaba en pie Ananías y más allá se veía la imponente figura de Azarías. Me alegré. Al rato la asamblea se disolvió y cada uno regresó a sus funciones.
Pero algunos astrólogos se presentaron ante el rey y nos acusaron. Le informaron que nosotros tres, justo nosotros tres que estábamos al frente de la provincia de Babilonia, no habíamos acatado sus órdenes ya que no habíamos adorado la estatua de oro que mandó erigir. Se trata de Sadrac, Mesac y Abednego le informaron, saboreando la saliva de la malicia.
El rey Nabucodonosor al punto se llenó de ira y nos mandó llamar inmediatamente. Cuando nos presentamos ante el rey, este lanzaba llamas por los ojos. Nadie le desobedecía jamás.
 — ¿Es verdad que no honran a mis dioses ni adoran a la estatua de oro que he mandado erigir?-, nos preguntó con furia. -Más les vale-, continuó,      -que se inclinen de inmediato ante mi estatua al escuchar la música, y que la adoren, pues de lo contrario, serán lanzados de inmediato a un horno en llamas, ¡y no habrá dios capaz de librarlos de mis manos!
 — ¡No hace falta que nos defendamos ante Su Majestad!-, le respondimos inmediatamente, -si se nos arroja al horno en llamas, el Dios al que servimos puede librarnos del horno y de las manos de Su Majestad. Pero aun si nuestro Dios no lo hace así, sepa usted que no honraremos a sus dioses ni adoraremos a su estatua.
Ante esa respuesta, Nabucodonosor mandó que se calentara el horno siete veces más de lo normal y que nos atasen y nos arrojasen de inmediato al horno en llamas.
Para relatarles lo que pasó luego de esta orden real debo elegir con cuidado las palabras, pues me cuesta encontrar aquellas que expresen y logren describir todo lo que vivimos nosotros tres.
Al terminar de responder la pregunta del rey, una paz que no tiene lógica me llenó. No sentí la rudeza de los soldados al atarme ni me desesperé cuando el calor creciente del horno indicaba la proximidad de su boca. Todo era luz. Me hallé parado sobre las brasas encendidas con la misma naturalidad que lo hago a diario sobre el baldosado de la acera. No bien se acostumbraron mis ojos, vi a mi lado a mis compañeros y a un ángel del Señor que nos sonreía. ¡El ángel de Dios estaba a nuestro lado y nos defendía de las llamas!
No sé qué era más maravilloso; si contemplar la hermosura y poderío del ángel o vernos caminar entre las llamas y disfrutarlo como un paseo por la costanera.
Mientras trataba de acomodar mis pensamientos para no perder nada de lo que estaba viviendo, la voz de trueno del rey me sobresaltó.
—Sadrac, Mesac y Abednego, siervos del Dios Altísimo, ¡salgan de allí, y vengan acá!-, dijo.
Nos miramos y caminamos hacia la puerta del horno. Al salir de él, todos se arremolinaron en torno a nosotros con los ojos fuera de sus órbitas. ¡El fuego no nos había hecho ningún daño!, no teníamos ni un solo cabello chamuscado, y ni siquiera nuestras ropas olían a humo.
Luego de un instante, Nabucodonosor dio un paso para atrás y exclamó:
- ¡Alabado sea el Dios de estos jóvenes, que envió a su ángel y los salvó! Ellos confiaron en él y, desafiando la orden real, optaron por la muerte antes que honrar o adorar a otro dios que no fuera el suyo. ¡No hay otro dios que pueda salvar de esta manera!
Mi nombre es Misael, los demás me llaman Mesac. Pero no importa, pues yo sé quién soy.


Elbio R. Lezchik




domingo, 29 de abril de 2012

En la fiesta

 
Lo más complicado, como observador neutral enviado por la ONU, es tratar de entender la gran discrepancia entre las opiniones para informar al mundo con objetividad. En estos momentos el pueblo israelí está convulsionado a causa de un predicador itinerante que está enseñando la palabra de Dios con criterios nada ortodoxos y ha causado algunas divisiones en la cúpula clerical dominante, los fariseos. Mis contactos me han informado que se ha librado una orden de captura a la policía del Templo para que sea detenido no bien pise el atrio, a fin de juzgarlo conforme a sus leyes y llevarlo a la muerte. De parte del pueblo las opiniones están atomizadas. Algunos lo quieren matar, otros beatificar, otros postularlo a la presidencia, otros a la proscripción y los demás no tienen la menor idea de qué opinión tener.
El terrorismo de estado que estaba moviéndose en las sombras del poder, ahora lo hace en forma abierta. Los jueces afines a los líderes han realizado exhortos a todos los medios de prensa para identificar a los ciudadanos y periodistas que hayan escrito artículos sobre las enseñanzas de este maestro galileo; esta individualización compulsiva está dirigida, obviamente, a ejercer una presión intimidatoria para evitar que se propaguen también las opiniones de la ciudadanía sobre Jesús en una clara censura y restricción de la libre información de la ciudadanía de Jerusalén.
Estos son los días de celebración de una de las fiestas religiosas más importantes del calendario litúrgico, la “Fiesta de las Enramadas”. Durante siete días se recuerda el peregrinaje de cuarenta años del pueblo por el desierto. Israelitas de toda la región llegan a la capital y los contingentes que arriban de países limítrofes y lejanos se cuentan por cientos. Pero este año la mayor motivación es escuchar sobre estas nuevas enseñanzas sobre el reino de los cielos.
Los tres primeros días de celebraciones transcurrieron con normalidad. La liturgia es imponente. El cortejo de sacerdotes rumbo a los sacrificios rituales se realiza en medio de un estruendoso canto de alabanzas a Dios que solo menguan en el momento del rezo mientras matan y colocan sobre el altar a la víctima animal. Pero al cuarto día, Jesús ingresó al Templo y comenzó a enseñar a las multitudes que estaban allí. Los guardias del Templo corrieron a su encuentro para cumplir con las órdenes de arresto, pero se quedaron como inmóviles e indefensos en medio de la multitud que seguía con suma atención las palabras de Jesús. Al final del discurso Jesús se retiró y ningún guardia atinó a cumplir con la orden impartida, sino que con expresiones de asombro repetían cada una de las enseñanzas que habían escuchado. Los líderes religiosos no toleraron semejante desacato, pero no intentaron nada más.
La fiesta continuó alterada. Si bien la liturgia se respetaba, el pueblo estaba atento a las apariciones de Jesús y cada vez que esto sucedía, una corrida alocada indicaba el lugar donde estaba enseñando.
El último día, el más importante en la celebración de “Las Enramadas”, Jesús hizo alusión a los días en que, durante la peregrinación en el desierto, los israelitas tuvieron sed por falta de aguas. Se paró en medio de la multitud que atestaba el Templo y dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba, y de su interior correrán ríos de agua viva”.
Mientras la multitud se dispersaba, alcancé a tomar algunas opiniones bajo promesa de anonimato. “Verdaderamente éste es el profeta”, dijeron algunos; “este es el Cristo”, decían otros; algunos más instruidos en genealogías se cuestionaban si de Galilea habría de venir el Cristo pues su pueblo de origen, según se sabía, era la norteña Nazaret y las escrituras dicen que el Mesías debe ser de Belén, el pueblo natal del antiguo rey David, distante pocos kilómetros de Jerusalén.
Terminada la fiesta la multitud retomó el camino a sus lugares de origen y el tan anhelado encarcelamiento de Jesús por parte de la jerarquía religiosa no se materializó. Se dice que algunos de los grandes de entre ellos han tenido reuniones en secreto con Jesús y creen que es el verdadero Mesías.
Por mi parte hoy estoy obligado a tomar partido y dejar de lado la neutralidad, lo puedo hacer sin temor pues soy extranjero y mientras escribo, el avión ya transita cielos internacionales. Luego de vivir siete días en la capital de Israel y escuchar las predicaciones de Jesús, me quedó un sin sabor, un dejo extraño que se transforma en necesidad, si bien no lo entiendo totalmente, de repente tengo una sed nueva, distinta a las anteriores. Quiero de esa agua que él ofreció.

Elbio R. Lezchik

viernes, 30 de marzo de 2012

12 años


          Todavía estoy temblando -le dice al periodista- así que le ruego si hay alguna desprolijidad en mi relato, me disculpe.
-No hay problema, le entiendo perfectamente –le responde y enciende su grabadora.

El barrio de clase media trabajadora está revolucionado. Toda la gente se moviliza hacia la casa de la familia Fernández no bien se enteran. La señora de Fernández aún está en la clínica y su médico de cabecera le está haciendo todos los estudios necesarios antes de emitir el informe médico en rueda de prensa.

-Fue hace doce años cuando las dos noticias llegaron juntas –continúa-. Mi esposa había comenzado hacía algunos meses con alteraciones en sus ciclos menstruales, cosa que no era normal en ella, y juntos fuimos a la consulta. Luego de varios estudios de diagnóstico, el ginecólogo reunió todos los informes para analizarlos en junta médica, según nos dijo. La alegría del tan esperado embarazo confirmado dejó paso al segundo diagnóstico paralelo: carcinoma de endometrio hemorrágico.
-¿Qué hicieron al conocer estas noticias?- pregunta el periodista.
-Lo primero que necesitábamos conocer era la viabilidad del embarazo; el médico nos informó que era un caso sumamente raro y que no podía arriesgar ningún pronóstico, lo cierto es que si se sometía a una cirugía, en ese acto se debía realizar un aborto, pues se extirparía todo el útero. Y si se le aplicaba un tratamiento quimioterápico por drogas o por rayos, el bebé moriría.

Los rumores sobre el motivo son inciertos, hay muchas versiones. Pero todos coinciden en que el viaje que realizaron al interior era considerado como la última chance. Estaba muy débil y pálida y muchos en el barrio no aprobaron que el esposo la someta a semejante esfuerzo. Lo cierto es que nadie los vio regresar, sino que, según dicen, llamaron desde el móvil para avisar que se dirigían directamente a la clínica.

-¿Qué decisión tomaron?
-Nos fuimos a casa sin avisarle a nadie nada de lo conversado en la clínica. No podíamos ni queríamos hablar con nadie. Nuestro dolor era muy grande. A la madrugada, mi esposa me comunicó que quería que nuestro bebé nazca, que ella no se sometería a ningún tratamiento mientras durase la gestación. No pude decir nada, no se me ocurría nada. Solo nos abrazamos y nos quedamos dormidos.
        -Fue una decisión arriesgada.
        -Si, pero mi hijo ya cumplió once años.
        -¿Qué hicieron luego del nacimiento de su niño?
        -Como durante el embarazo el tumor no creció y permitió el normal desarrollo del bebé, mi esposa quiso amamantarlo lo que más pudiese. El sangrado no era muy profuso, pero sí continuo. Al tiempo reiniciamos las rondas de consultas e interconsultas médicas, pero ninguno daba certeza sobre el tratamiento a seguir. Ella se sometió a todo lo que le indicaban, pero el tumor se había vuelto intratable, con el agravante de que muchas veces no podíamos continuar la terapia, pues a causa de los grandes costos se nos acababa el dinero rápidamente.
       -¿No tuvieron ayuda estatal? –pregunta el periodista.
       -El gobierno municipal nos daba cada tanto los pasajes y la estadía en la capital, pero últimamente todo lo gastado provino de la buena voluntad de mis vecinos. Se hicieron fiestas a beneficio de mi esposa, rifas, asados, y un sinfín de cosas que promovieron a que muchos quisieran colaborar con dinero.
      -¿Por qué viajaron?
     -Mi cuñado trabaja en una empresa que tiene muchas sucursales distribuidas en todo el país y nos contó que hace una semana, un compañero no vidente de una de esas sucursales lo buscó y regresó sano. Y no es mentira, pues era conocido en toda la empresa por sus habilidades administrativas y, con su discapacidad, hasta aventajaba al resto de sus compañeros de oficina.
     -Cuénteme cómo fue el encuentro.
    -Cuando llegamos en el auto, preguntamos dónde estaba. Nos dirigimos hacia allí, pero a causa de la multitud, debimos dejar el vehículo lejos y caminar. Se hizo largo, pues la debilidad no le permitía avanzar con rapidez a mi esposa. No pudimos acercarnos demasiado, pues una valla y un cordón humano nos impedían el paso. Nos miramos abatidos, pero ella sonrió, sonrió con la misma sonrisa que tenía en su rostro la noche que decidió continuar con el embarazo. Me soltó la mano y de algún modo que a mí me fue imposible imitar, se deslizó entre la muralla de personas, parecía no tener volumen, ser de aire, avanzaba contorneándose y esquivando de tal modo que la perdí de vista.
     -Hasta que regresó.
     -Sí, hasta que distinta, muy distinta, regresó a mi lado. “Lo toqué” me dijo, y las lágrimas llenaron sus ojos.

El Director Médico de la clínica encabeza la comitiva compuesta por el jefe del Servicio de Ginecología y Obstetricia, el Jefe del Servicio de Oncología Clínica y el matrimonio Fernández. Los periodistas se atropellan para lograr la mejor ubicación. Una vez logrado el silencio, el Director informa que según la evidencia científica que obra en su poder, y comparando los resultados recientes con la historia clínica de la paciente, y luego de serios debates en la junta médica formada para este fin, concluimos que la paciente está completamente sana.

Elbio R. Lezchik

lunes, 28 de noviembre de 2011

Love Story


Una clásica historia de amor comienza generalmente así: el chico levanta la vista y de repente lo único que queda en el salón es la rubia que lo mira desde el otro extremo, la música enmudece y todo transcurre visto a través de un caleidoscopio. O…, la chica siempre distraída mirando las vidrieras choca con “el muchacho” que llevaba justo un vaso de café, o algo que manche, y lo derrama sobre su masculina camisa. Se miran… Música, escenario, luces y… ¡acción! Otro amor de película. Solo de película.

La verdadera historia de amor se escribió sin necesidad de computadoras ni correctores, se inició antes del grito de ¡luces…, acción! El escritor, productor, director y actor principal es el mismo: Dios. El escenario: la Tierra.

Escena 1: Un joven labra la tierra cerca de Jerusalén; en un momento de descanso piensa en la promesa no cumplida de la llegada del Mesías. Dios interrumpe sus pensamientos y le dice que sea paciente, que llegará ese día, que no morirá sin que él lo vea.

Corten.

Escena 2: En Nazaret, una joven enamorada de su primer y único novio, recibe la visita de un poderoso ángel que opaca el sol y le informa que ha sido elegida por Dios para gestar en su vientre a un varón que será el Mesías.

Corten.

Escena 3: Dolores de parto, nerviosismo para hallar un lugar para dar a luz, un establo, paja limpia que se desparrama para mullir el piso, ropas y cobijas, gritos y el llanto de un niño.

Corten.

Escena 4: Un anciano es despertado por Dios y le ordena que vaya al Templo, Él ha cumplido lo que le había prometido en el campo muchos años atrás.

Corten.

Más escenas. El final se conoce. Su principio suele ser el ignorado.

No fue amor a primera vista, fue amor intencionado, decidido, adrede.
No le deslumbramos con nuestro éxito y buena apariencia. Lo deslumbró nuestra incapacidad y pobreza.
No lo sedujimos con nuestras palabras, lo sedujo nuestro dolor.

En el principio dijo Dios: ¡Sea la navidad!, y Jesús nació.


                                                                                                         Elbio R. Lezchik