domingo, 21 de abril de 2013

ALAS


Las siestas de verano en Villa Berthet, en el corazón del monte chaqueño, transcurren lentas y silenciosas al arrullo de las chicharras. Como el calor hace del colchón un enemigo, el acostarse a dormir la siesta suele ser un intento más que una realidad. Entonces no queda otra que, al amparo de una umbrosa galería o de una planta de mango o de pomelo rosado, aparezca el mate, la yerba, unos yuyos aromáticos y que el agua fresca comience a regalar la rehidratación en manos de un rico tereré. Las calles polvorientas se asemejan a un horno y están desiertas; nadie hasta eso de las cinco de la tarde se anima a transitarlas. La plaza principal es un paraíso de sombras y flores con los troncos de los árboles prolijamente pintados de blanco, con bancos a la par de los caminitos internos y juegos para niños en la esquina que da a la escuela, pero el rigor del sol la mantiene quieta y adormilada. Los primeros en salir del reparo de las sombras son los dueños de los comercios del centro que no bien llegan a sus negocios, abren las puertas y prenden los ventiladores para ventilar el encierro del local. Luego riegan las veredas de ladrillos para refrescarlas y sacan las sillas a la puerta bien cerquita del palenque a la espera de los clientes. Mientras tanto dure esta espera, el tereré hace nuevamente su aparición y la rueda se agranda con los dueños y empleados de los negocios lindantes. 
Las charlas transcurren lentas y con la cadencia del acento norteño. Los inmigrantes tomaron prestado ese acento y al hablar con sus paisanos en su lengua madre, esta también quedó afectada por esa particular cadencia. En el pueblo la mayoría de los colonos son inmigrantes eslavos pero también hay algunos judíos, turcos, alemanes y paraguayos.
La escuela primaria es un verdadero crisol donde cada niño habla, además de su lengua familiar, algo de la lengua de sus compañeros, el guaraní y el escaso español que logra enseñarles el maestro para que puedan cursar sus estudios. Es habitual que los niños de las chacras hablen su idioma materno y el guaraní y nada de español al ingresar a la escuela, por lo que el maestro debe encarar todo un desafío para introducirlos al idioma nacional.
En las veredas aún mojadas las conversaciones rondan en los hechos recientes del pueblo o sobre algún familiar de algún paisano que no está presente. Siempre es apasionante estar al tanto de lo que pasa en el pueblo y es habitual que alguien llegue a tomarse unos tererés solo para contar algo que haya sucedido o enterarse de algo que aún no le hayan dicho. Si en esos momentos llega un cliente criollo, la conversación no se interrumpe, sino que continúa en la lengua de cada raza. Por eso no llamó la atención la llegada del comisario que luego de apoyar la bicicleta en el árbol saluda a todos con la debida atención y se dirige a conversar con don Iván.
Don Iván tiene dos hijos, Andrey y Mijaíl, que son solteros y viven todavía en  casa de sus padres. Ellos atienden una sucursal del negocio de venta de ropa y telas a pocas cuadras de allí, justo cruzando en diagonal la plaza central.
            -Buenas tardes don Iván –lo saluda el comisario tocándose el borde de su gorra.
            -Buenas tardes comisario –responde don Iván al saludo con su habitual amabilidad- ¿qué lo trae por aquí?
            -Bueno –dice mientras se saca la gorra y se acomoda los cabellos para atrás- es que anduve de ronda por la parada de los colectivos y me llamó la atención no verlo por allí –le dice.
Don Iván levanta las cejas y frunce media nariz.
            -¡Ehhh! –exclama sin entender.
-Don Iván – le dice el comisario-, ¿sabe usted que sus hijos recién se subieron al colectivo que va la capital con grandes bolsos? Me llamó la atención que usted no estuviera allí, por eso vine a verlo, me pareció que algo no andaba bien.
Sus ojos color cielo se cerraron y mil nubes negras oscurecieron sus pensamientos.
-¿Qué está pasando? –dice para sí y trata de mantener la postura frente del policía amigo.
-¿Qué es lo que me decís de mis hijos? –le pregunta como para confirmar que escuchó mal.
-Que sus hijos se subieron en el colectivo de la tarde que va a la capital con muchos bolsos y …
En este punto don Iván no pudo contenerse más, deja a los paisanos y a su esposa y corre las tres cuadras que separan los dos comercios. Al llegar lo encuentra cerrado. Busca entre sus llaves la que abre los candados, levanta la persiana y entra al oscuro salón. Prende las luces y lo que ve lo paraliza. Las estanterías están casi vacías, falta todo el dinero de la caja y también el que se había escondido para la reposición de lo vendido. Cierra y regresa a su comercio. Allí su esposa lo espera con mucha angustia y sus ojos vidriosos le suplican una explicación.
-Los muchachos se fueron –le dice, y se sostienen en un doloroso abrazo.
El colectivo hace una parada de quince minutos en un pueblo a sesenta kilómetros y don Iván se dirige con su vehículo hasta allí. Lo encuentra justo antes de retomar su camino y le pide permiso al chofer y sube al colectivo; con ojos nerviosos busca el rostro de sus hijos hasta que los encuentra. Se dirige a ellos y con manos temblorosas les tiende un sobre.
-Tomen -les dice con el llanto anudado en la garganta-, con lo que se llevaron no les va a alcanzar para iniciar nada. Con este dinero les será más fácil.

Don Iván desciende y el colectivo continúa su camino.


Elbio R. Lezchik

jueves, 11 de abril de 2013

Había una vez


Hoy es martes y, como todos los martes por la tarde, Doña Mercedes reúne a sus siete nietos para agasajarlos con la merienda y hacerlos jugar, ora en su patio, ora en su living. Tiene todo preparado: el chocolate, la torta, algunos bizcochos, juegos didácticos, juguetes que ha comprado desde que nació el primero de ellos, revistas, tijeras, pinturas y pegamentos para hacer un collage y muchas cosas más guardadas en su imaginación para provocar que entre los primos se generen lazos fuertes de amistad. Sabe cómo tratarlos. Primero los cansa con juegos llenos de movimiento. Al rato, cuando nota que la casi infinita energía que tienen va menguando, los lleva en fila al baño para que las manos y la cara recuperen su apariencia habitual. Terminado este divertido procedimiento, todos van al comedor. Cada uno tiene su lugar a la mesa ya asignado y lo ocupan, como corresponde, en forma desordenada provocando la caída habitual de alguna silla. Minimizado el caos, se toman de la mano para dar gracias a Dios por los alimentos. Doña Mercedes designa al responsable de dirigir la plegaria y todos cierran los ojos, pero solo por un momento. Una graciosa voz aguda hace la oración entre las pequeñas risas y guiños de los otros primos nombrando a cada uno de los presentes y pidiendo a Dios por los motivos más diversos que le vengan a la memoria en ese momento. Por el trabajo del tío Adrián, por la nariz del tío Augusto que se operó, porque pudieron ir de vacaciones, por la casita, por la rica torta y amén. Y hacen desaparecer la merienda. Cuando el primero intenta dejar la mesa para seguir a su instinto de niño, Doña Mercedes los lleva a la sala y los hace sentar en rueda alrededor de su sillón. Tiene una historia para contarles. Mirándolos para que hagan silencio, comienza el relato.
“Había una vez en un país muy lejano un señor y una señora muy viejitos que tenían mucho dinero. Tenían muchos animales en el campo y mucha gente que trabajaba para ellos. Eran dueños de una casa muy pero muy bonita y grande y tenían una señora que cocinaba, otra que lavaba la ropa y las planchaba, otra que limpiaba toda la casa y otra que hacía las compras. Pero no tenían hijos. Y eso los ponía muy tristes porque tampoco tenían nietos para traerlos a jugar como a ustedes y prepararles una rica merienda. La señora se llamaba Sara y el esposo se llamaba Abraham.
“Abraham oraba a Dios todas las noches y, como sabía que Dios siempre escucha todas las oraciones y los cuida, le contaba que estaba muy triste porque no tenía hijos. Veía a su esposa que también estaba triste porque no había podido ser mamá y eso lo hacía llorar mucho.
“Una noche de verano Abraham no podía dormir a causa del gran calor, estaba todo transpirado y se levantó de la cama. En esa época no habían inventado todavía los acondicionadores de aire ni los ventiladores. Entonces se fue a la sala para orar, abrió las ventanas y se sentó al lado de ellas para que el poco viento de la noche lo refrescara. Mientras oraba Dios le habla y le pide que salga a la oscuridad del patio. Allí le dice:
-Mira al cielo y cuenta todas las estrella que ves.
“Abraham comenzó a contarlas. Una, dos, tres, cuatro, .., noventa y nueve, cien. Pero había más. Quiso seguir contándolas, pero se les mezclaban. ¿A esa la conté?, se preguntaba, y volvía a contarlas, pero las estrellas son tantas que no pudo hacerlo. Entonces Dios le dijo:
-Tendrás tantos hijos y nietos y bisnietos que no podrás contarlos ni traerlos a todos juntos a tu casa a tomar la merienda, porque no entrarán. Y tantos serán los primitos que siempre van a ser un montón para jugar.
“Y a Abraham le gustó mucho lo que Dios le dijo y le creyó.
“A la mañana siguiente, mientras desayunaban juntos, Abraham le cuenta a Sara todo lo que había pasado a la noche. Sara creyó que Dios se burlaba de ella. Cuando terminaron de desayunar, ella se quedó pensando en lo que le había contado Abraham. Pensó y pensó en eso hasta que se le ocurrió una idea brillante, le propuso a Abraham alquilar un vientre para que ella pueda ser la madre del bebé que nacería de su marido. Le dijo que Agar, una de las muchachas que trabajaban en la casa, lo haría, que ella organizaría todo y que no habría problemas. Abraham aceptó.
“Pasaron varias semanas y el vientre de Agar comenzó a crecer con el bebé adentro. Cada día tenía la panza más grande y cada día Sara y Agar se querían menos. Comenzaron a pelearse por cualquier cosa, Agar se burlaba de Sara porque Sara era viejita y no podía tener hijos ...
“Eso puso a Sara muy pero muy triste y se encerraba en el dormitorio a llorar.
“De tanto trabajo que tenía, Abraham no se había dado cuenta de estas peleas hasta el día que Sara le cuenta todo lo que estaba pasando; le contó que estaba llorando por las burlas de Agar y que no podía soportar más esta situación. Le dijo montones de cosas malas sobre ella hasta tal punto que Abraham le aconseja que se vengue y le haga lo mismo o peor. Pero Dios estaba escuchando y a Él no le gustan esas cosas.
“Sara comenzó a tratar mal a Agar. Todos los días la insultaba y la obligaba a trabajar mucho más que antes. Si no hacía todas las cosas que le ordenaba, la castigaba.
“Pero un día, Agar no pudo soportarlo más y se escapó de la casa.
“Caminó mucho por el campo. No pudo tomar ningún colectivo porque todavía no se habían inventado. Así que caminó y caminó con la panza muy grandota. A veces le dolía y tenía que parar y comenzaba a llorar porque sabía que su bebé estaba sufriendo. Llegada la tarde no pudo seguir más.
“Mientras pensaba que iba a hacer, un señor muy extraño se le acercó y la llamó por su nombre. ¿Quién sería este señor que conocía su nombre? Era alto, con muchos músculos y parecía que de su piel salía como una luz que brillaba más que el sol. Era un ángel de Dios.
- Agar –le dice el ángel- ¿qué haces aquí con el calor que hace?
- Me escapé de la casa donde vivo –le respondió Agar-  porque doña Sara, la dueña de la casa, me maltrata mucho y ya no lo puedo soportar.
- Regresa a la casa de Sara y quédate allí que es tu lugar y Dios te cuidará y no te pasará nada –le dijo el ángel-. Además, cuando tu hijo nazca le pondrás de nombre Ismael y vas a tener muchos nietos y muchos bisnietos porque Dios vio y escuchó lo que te estaba pasando y me mandó a buscarte.
“Y así fue como Agar regresó a la casa de Sara y Abraham y se quedó allí hasta que nació Ismael.
“Ismael comenzó a crecer y crecer. Comía toda la comida que la mamá le preparaba y estudiaba mucho. Su papá Abraham le enseño a trabajar en el campo y a criar ovejas, vacas y camellos. Como era el hijo del dueño, todos lo querían mucho y lo respetaban. Abraham le enseñaba a obedecer a Dios en todas las cosas y que viva haciendo lo bueno y que sea justo con todos los hombres en todas las cosas.
“Cuando Ismael tenía catorce años, nació su hermanito Isaac. Pero no de la panza de su mamá Agar, sino que de la panza de Sara. ¡Todos estaban asombrados! Por todo el campo y por los pueblos vecinos se comentaba que una señora muy viejita había quedado embarazada y ¡ya había nacido el bebé! Todos iban a visitarlos y a curiosear, pues era algo increíble.
-¿Cómo puede ser –se preguntaban todos– que un hombre de cien años y una mujer de noventa pueden ser padres?
“Pero Abraham que conocía la respuesta, se las repetía una y otra vez al que se lo preguntase.
–Dios -les decía– me dijo que Sara quedaría embarazada y me daría un hijo. Y como no hay nada imposible para Dios, aquí está Isaac, mi hijo, el hijo de mi esposa Sara.
   “Ismael, que no se perdía nada de lo que pasaba, busca corriendo a su mamá y le pregunta qué iba a ser de ellos ahora que su patrona Sara tenía su propio hijo. Agar lo abrazó, lo sentó a upa y le recordó que el día que había escapado de la casa de Sara, Dios le había dicho que él, Ismael, tendría muchos hijos y que sería muy valiente y fuerte, que Dios había cumplido la promesa que les había hecho a Sara y Abraham por imposible que pareciera, que era evidente que no había nada difícil para Dios, y que por lo tanto, lo que debían hacer ellos, era confiar en Dios y en sus promesas.
“Pero poco tiempo pasó hasta que ocurriese lo que Ismael temía. Sara molestó tanto a Abraham diciéndole que no quería que su hijo Isaac se junte con Ismael, que no le gustaba la cara que tenía Ismael, que Agar era mala, que mirá lo que hizo Ismael, que mirá lo que me hizo Agar, que patatín, que patatán, todos los días, que se cansó y decidió echarlos a los dos de la casa.
“Abraham llama a Agar y le pide que tome a su hijo Ismael, que guarden todas sus cosas en bolsos y que se vayan lejos, a otro lugar, pues ya no vivirían más allí.
“Cuando Ismael escucha la noticia, comienza a llorar. ¿Dónde está Dios?, se preguntaba. ¿Dónde está ese Dios bondadoso y todopoderoso del que le hablaba todas las noches su padre Abraham? Porque sí, su padre Abraham lo abandonaba, ya no lo quería como hijo.
“Caminaron mucho por el desierto y las montañas, descansaban las siestas en alguna cueva que encontraban y cuando refrescaba continuaban caminando hasta que el agua se les terminó. No sabían qué hacer ni a dónde ir; allí no había ciudades cerca.
“Ismael tenía mucha sed y mucha hambre; se acostó debajo de un árbol para dormitar un poco y ve que su madre se aleja de él, que también lo abandona. La desesperación lo envolvió.
 -¡Mamá! –grita entre lágrimas- , ¡mamá no dejes solo! –le pide suplicando.
“Se quiso levantar, pero no tenía fuerzas, el hambre, el sol y la sed lo estaban matando y su madre ya estaba lejos.
“Pero Dios lo estaba escuchando y envía rápidamente un ángel.
-Agar ¿qué haces allí? –le dice el ángel mientras bajaba del cielo–. No tengas miedo porque Dios ha oído el clamor de Ismael. Vuelve a su lado porque de él saldrá una nación grande.
“Cuando el ángel termina de hablarle, Agar se seca las lágrimas de los ojos y ve, de repente, un pozo lleno de agua. Rapidísimo llena las botellas que tenía y corre para darle de beber a Ismael. El Dios todopoderoso no los había abandonado.
El timbre provoca un sobresalto en los primitos que tenían impregnada la imagen del ángel hablando con Agar en sus pensamientos. Era Tía Marisa que venía a buscar a sus hijos.
Doña Mercedes se levanta a atender y con un beso se va despidiendo de cada nieto que es buscado por sus padres.


Elbio R. Lezchik

sábado, 9 de marzo de 2013

Caminar para creer



Resulta que a Jesús se le dio por caminar. Él siempre caminaba, le gustaba, le divertía hacerlo. Si bien yo tenía las sandalias de última generación que habían salido, ciento por ciento aptas para el tracking, confieso que me cansaba igual. Esa mañana apuntó para el oeste y hacia allí nos dirigimos. Nos hizo caminar ochenta kilómetros; ochenta, todos juntos, interminables, uno atrás de otro. Me llamó la atención salir de los límites de la tierra de Israel, esto no era algo habitual pues todo su ministerio lo había desarrollado dentro del pueblo escogido, pero ahora pisábamos tierra impura, suelo de paganos, lleno de gentiles incircuncisos por todos lados. Bueno, debo confesar que nos hizo pisar suelo Samaritano también, eso debería habernos preparado. Recuerdo la primera vez, para mí fue terrible, ¡y dormimos allí dos días! La ciudad se llamaba Sicar y a causa de una mujer que habló con Jesús y quedó expuesta totalmente ante él, todo el pueblo creyó y nos obligaron a quedarnos con ellos ese tiempo. Pero esos días resultaron bellísimos y sus enseñanzas extraordinarias. El rostro de Jesús estaba radiante, disfrutaba mucho el hecho de que las personas le reconociesen como Mesías y conociesen la verdad. Para Jesús siempre era el tiempo de cosechar, nunca decía “todavía faltan algunos meses para la siega”, o se excusaba en el cansancio o el hambre (ese día yo estaba casi famélico y él no quiso probar bocado alguno), no, para él siempre era hoy, ya, en este momento. Pero esto lo recuerdo ahora que escribo, pues mientras veía a lo lejos la ciudad de Tiro mi interior se revolvía.
Entramos a casa de un judío que residía allí y que un tiempo atrás había viajado expresamente a Galilea para escuchar a Jesús pues su fama se había extendido hasta el mar. Llegó justo el día en que todo el pueblo estaba en la ladera de la montaña y Jesús nos presentó las leyes del Reino de Dios. El cambio de opinión sobre quiénes eran los bienaventurados nos dejó a todos asombrados. Yo creía y había trabajado para el gobierno romano hasta ese día con el propósito de amasar una fortuna aceptable y, de ese modo, lograr la felicidad de mi familia y la mía; pero sus palabras me cambiaron el punto de vista y el orden de las prioridades. Y a este compatriota también, por lo que nos recibió en su casa con agrado, a los trece, y nos agasajó con lo mejor que tenía.
Creo que una de las empleadas domésticas que fue al mercado desparramó la noticia de que estábamos allí, pues de repente comenzamos a escuchar a una mujer que llamaba a Jesús desde la calle. Al parecer, por sus dichos, sabía perfectamente quién era él, pues lo llamaba Hijo de David. Sus gritos desgarrados pidiendo compasión me cerraron la garganta y ya no pude probar bocado, no me pasaba nada. Ella solicitaba que Jesús sane a su hija, ¡que no estaba allí!, pues estaba poseída por un demonio y este la estaba atormentando terriblemente. A Jesús, no entiendo bien por qué, no se le cerró la garganta para continuar con la comida, sino que hizo oídos sordos y la ignoró. La multitud de vecinos no tardó a acercarse y nosotros ya estábamos nerviosos y cansados de tanto griterío. Por el patio interior de la casa salimos a un pasillo que nos permitió retirarnos sin ser vistos. Eso creí hasta que un “¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí!” nos sorprendió. Era la misma mujer que corría hacia nosotros, y antes de que pudiésemos reaccionar, se arrojó a los pié de Jesús, le abrazó las rodillas con todas sus fuerzas, no las soltaba, no lo dejaba mover. Sus lágrimas de dolor le habían desfigurado el rostro. “¡Señor - le decía - mi hija sufre terriblemente por estar endemoniada, por favor, sánala!” La gente de la zona no tardó en rodearnos, todos estaban expectantes de lo que sucedería. Nos miramos entre nosotros y decidimos decirle al Señor que atendiera a sus ruegos para evitar mayores escándalos y nos respondió que él había sido enviado a las ovejas perdidas de Israel, no a los gentiles. La mujer escuchó esa respuesta, pero no lo soltó y no dejó de insistirle que sane a su hija, sino que le suplicó, nuevamente a los gritos, que la ayudara. El Señor la mira y el diálogo que se desata es increíble. Lo siguiente es lo más fiel a lo acontecido que recuerdo.
-         No es correcto quitarle el pan a los hijos para dárselos a los perros - le dice Jesús.
-         Es así, es verdad lo que dices Señor- le responde ella -, pero también es verdad que siempre caen migas al piso, migas que lo perros que están en el lugar y en el momento justo comen y así, también ellos y sin que se lo impidan, disfrutan del mismo banquete que los hijos.
Lo que continuó fue explosivo. A Jesús se le iluminó el rostro, su sonrisa se mezcló con el gesto de gozo que le produjo esta respuesta y le dijo:
-         ¡Mujer, qué grande es tu fe!, vuelve a tu casa en paz que tu hija está libre.
Al escuchar esto, la mujer mira a Jesús directo a los ojos y veo la expresión de total alegría y completa paz de su cara, sus lágrimas parecían diamantes que regalaban miles de arco iris a todos los que allí estábamos. Sin decir palabra alguna, no creo que pudiese haber articulado alguna, se alejó corriendo hacia su casa.
No habíamos terminado de salir de Tiro que nos llega la noticia de que al llegar a su casa, esta mujer encontró que su hija estaba libre y, como no había ocurrido en tantos años, recostada tranquila en su cama.
Es asombroso, una extranjera había comprendido mucho antes que nosotros el ejemplo de la fe y el grano de mostaza.
Y caminamos de regreso los ochenta kilómetros que nos separaban del mar de Galilea.


Elbio R. Lezchik

 

sábado, 23 de febrero de 2013

EVA


No tengo con quien hablar. Estoy sola. Mi interior se revuelve de tal manera que me tira al suelo. Me abate, no tiene piedad de mí. Lo tenía y lo dejé ir; no quise luchar. Tenía las garras afiladas y destructoras dentro de mis puños, pero no las usé. Me fallé, le fallé.
¿Qué me pasó? No lo entiendo.
Soy fuerte. Cuando tomo una decisión tengo lo necesario para respaldarla, no solo en fuerza física, sino con entereza de ánimo y firmeza de carácter. Si cedo, no es por debilidad, sino por sabiduría a fin de esperar los tiempos justos y oportunos.
Pero no usé de ellas. Yo misma me engañé. No quise estar sola. Lo obligué.
Él no puede resistirse a mis encantos. Soy la perfección de la creación. Toda la esencia de Dios está en mí. Dios es hermoso y me trasladó su hermosura. Dios es un poderoso guerrero y me trasladó la fiereza y las astucias de ese oficio. Dios es todo amor y me llenó de él para que lo dé, pero me dio la libre elección de elegir a quien y cuando. Sé seducir.
Él es fuerte. Cuando toma una resolución, nada lo hace retroceder. Su corazón late con fuerza frente a los desafíos. Sabe tomarlos, le gusta tomarlos. La imagen de Dios es total en él. Es bello cuando sus músculos están tensos a causa del trabajo. Su bravura atemoriza cuando enfrenta a los animales para dominarlos y domesticarlos. Cuando sale de caza, la presa no se le escapa. Cuando me abraza, su olor me embriaga y me rindo con placer en sus brazos. Junto a él estoy segura. No quise quedarme sola.
Me di cuenta que quiso engañarme y me supuse más astuta. Le seguí el juego. Juego de palabras. Sólo eso. ¿A quién le puede hacer daño algunas palabras?
Me probó en mi astucia y me gustó. Me desafió y lo acepté. Si yo soy la perfección, ¿no sabe que no tiene chances de ganarme?
¿En qué momento abandoné la lucha?
Me envolvió con sus palabras. Eran suaves, llenas de lógica. Atacó mis convicciones con dulzura, minó mi interior sin violencia. No me hizo doler. Le obedecí.
Él estaba a mi lado y como si yo no le importase presenció todo esto. No hizo nada para ayudarme. ¡Nada! Cuando cedí, no salió en mi defensa. Él también dejó guardadas sus garras. ¿Por qué? Todavía no me animé a preguntárselo. También cayó. Yo lo tumbé, yo lo empujé, no se resistió.
Estamos solos y tengo frío. Es raro. Nunca antes lo había sentido. Él también tiene frío; está temblando. Nos cubrimos con hojas, pero el temblor sigue. No es de afuera, el frío es de adentro. Algo murió. Algo se apagó.

Elbio R. Lezchik

sábado, 9 de febrero de 2013

El Estadista


La visa de extranjero y la identificación como periodista me permiten conseguir, sin dejar de valorar la ayuda que brinda el color verde de los billetes que le ofrezco, un guía fiable que me lleve a través de las imbricadas calles de Jerusalén hasta la residencia del gobernador. El Jeep descapotado se abre paso a bocinazos entre la muchedumbre que toma las calles como senda peatonal, los animales de carga que llevan mercancías a los puestos del mercado, los demás vehículos que nos imitan y el olor a sahumerios y especies que llena el aire. Hay alegría, se nota en los rostros, en las voces y en la febril actividad citadina. Esto es algo que como occidental no lograré comprender. ¿Cómo se puede vivir así en una ciudad asentada sobre un polvorín y rodeada de enemigos que solo desean su mal?
Llegado a la residencia soy conducido inmediatamente a una pequeña sala donde me ofrecen jugo de dátiles para acompañar la breve espera “por retrasos de agenda” del gobernador.
Jerusalén aparece ordenada en sus nuevas construcciones y su nuevo muro exterior impresiona. Ha recuperado rápidamente su protagonismo regional luego de más de 70 años de estar en ruinas, tiempo en que los pocos habitantes que quedaron luego de la gran deportación fueran abandonados a la buena de Dios. Durante ese tiempo las regiones próximas crecieron en poderío militar y político, pero siempre sujetas al orden establecido por el poder central, poder que se respeta a todo lo largo y ancho del reino. Los sátrapas tienen mano de hierro y todos lo saben. Pero hoy Jerusalén es otra. Ha cambiado el eje del endeble equilibrio entre la guerra y la paz. Hoy sus vecinos la respetan.
Me hacen pasar al despacho del gobernador y éste me recibe con un fuerte apretón de manos. Su porte irradia respeto. Alto, ancho de pecho, su tupida y prolija barba canosa contrasta con su reluciente calva. Tiene ojos chicos, oscuros, semi cerrados, como si siempre estuviera oteando el horizonte para adelantarse a los hechos, atentos para no perder detalle. Me saluda en mi lengua, quedo perplejo. Luego me explicaría que es políglota.
El centro de la ciudad es el lugar más importante intramuros. Allí está el Templo, o lo que quedó de él luego de que le prendieran fuego durante la invasión. Todas las tardes se frena la actividad comercial y el pueblo, desde los niños a los ancianos, asiste al oficio religioso. El sacerdote se llama Esdras, es un erudito en la Ley de Dios, y junto a sus ayudantes comienza a leer en voz alta los estatutos y mandamientos de Jehová. Asombra el silencio. Todos están atentos para no perderse ninguna palabra. Me asignan un lugar para observar a fin de no interrumpir la liturgia. Luego de la lectura, el sonido de los instrumentos musicales llena todo el aire. De detrás del altar donde sacrifican los animales, un coro multitudinario vestido uniformemente con ropas finísimas entona cantos de alabanza a Dios. Las canciones que componen la liturgia son mayoritariamente poemas escritos por el rey David, un gran rey que ha marcado profundamente la historia de este pueblo, segundo desde el comienzo de la monarquía israelí que comenzara unos 550 años atrás y luego sucedido por su hijo Salomón, autor de más de 3000 proverbios y artífice del magnífico templo en proceso de restauración.
Le pregunto al gobernador el significado de su nombre. Es común en los pueblos orientales nombrar a sus hijos con un nombre que contenga un significado importante para los padres. Me dice que Nehemías significa “Confortado por Dios”. Sus ojos no perdieron el pequeño gesto de asombro de mi rostro al escuchar el significado de su nombre y agrega:
-Esta ha sido mi experiencia con Dios, alabado sea su nombre, durante toda mi vida.
         Los primeros pasos en política los dio al servicio del rey persa Artajerjes, allí se ganó el privilegio de ser el asistente o “Copero” del rey. Me explica que este oficio es considerado como uno de los de mayor confianza dentro del gabinete ya que participaba en todos los actos y ceremonias de la corte en que hubiera banquete o comida habitual. Debía permanecer siempre al lado del soberano y estar pendiente de suministrarle cualquier líquido que ordenara.
En la Secretaria de Estado, busco el despacho del sub secretario de Protocolos Internos. Me presento y le solicito que me permitan ver el manual de funciones del puesto “Copero del Rey”. El sub secretario, de nombre Nahum, accede de buen gusto y me facilita el acceso a una pequeña sala de lectura para que pueda buscar la información que necesitaba para esta nota. Allí me entero que ser copero no es para cualquiera. Bajo el título “Carácter” se describe que la persona que ejerce este oficio debe tener una higiene cuidada y ser muy discreto porque no se le permite dar risotadas o realizar comentario alguno de lo que escucha. Debe servirle y traer la copa al Rey con mucha gracia, resalta.
-Ese día estaba realmente mal, no podía lograr la compostura adecuada de ánimo para trabajar como corresponde delante del rey - me cuenta Nehemías al preguntarle sobre cómo llega a la gobernación de un territorio tan alejado de la capital del reino.
-Tres meses antes por la mañana - continúa relatando -  mientras preparaba todo para el día de trabajo, recibo la visita de uno de mis hermanos y varios de mis compatriotas recién llegados de la ciudad de Jerusalén. La alegría que tuve al verlos es inexplicable. Habían pasado más de veinte años desde la última vez que estuvimos juntos. Luego de los saludos y de secarnos las lágrimas, les pregunto por mi querida ciudad y por el resto de la familia, estaba ávido de noticias y la respuesta me demolió. Los que aún viven allí la pasan muy mal, me dicen, estamos aterrados a causa de nuestros enemigos, el muro perimetral está derribado y todas sus puertas quemadas a fuego. Cuando escuché estas palabras, solo atiné a sentarme pues me daba vueltas la cabeza. No lo podía imaginar ni creer. Estallé en un llanto tan profundo, que mis colaboradores vinieron alarmados a tratar de tranquilizarme. Convinimos con mi hermano y los demás hacer duelo por varios días, ayunar y orar al Dios de los cielos, alabado sea su nombre, para suplicarle su favor. Lo que nos estaba sucediendo – continúa -, era el cumplimiento de lo advertido por nuestro Dios, alabado sea su nombre; le habíamos dejado, la sociedad en su conjunto se había corrompido, no supimos separarnos de las costumbres de los pueblos vecinos sino que las copiamos, nos olvidamos de sus mandamientos, preceptos y estatutos por lo que Él cumplió con sus advertencias.
-En medio de este duelo y desesperación – dice - recordé que Dios, alabado sea su nombre, había prometido que si nos arrepentíamos de verdad nos devolvería nuestra tierra y que le dijo al profeta Jeremías que este cautiverio duraría 70 años, y ya faltaban pocos para que se cumplieran, así que oré al Dios de los cielos, alabado sea su nombre, confesando nuestros pecados y solicitando su  misericordia.
-Imaginar a la ciudad en ese estado me oprimía el pecho – relata-, me costaba conciliar el sueño durante las noches. En esas vigilias comencé a preguntarme qué podía hacer desde mi lugar. Si bien los planes de Mardoqueo habían sido desbaratados, los enemigos de los hebreos seguían vivos y el peligro de que la ciudad sea atacada seguía latente. Otra cosa que me desvelaba era la falta de unidad entre el pueblo, las luchas internas por el poder eran devastadoras, pues varios de los grandes estaban aliados con los árabes y con los samaritanos. No amaban a su pueblo ni a su Dios. Consideré que con cartas de apoyo del Rey podría reconstruir los muros de Jerusalén. Esa idea me hacía latir con más fuerza el corazón y oré al Dios de los cielos, alabado sea su nombre, para que me conceda buen éxito y me de gracia delante del soberano para hacerle mi petición. Aún en duelo continué con mi trabajo a la espera del momento oportuno para hablar.
Un sirviente ingresa a la sala con jugos de frutas y sorbetes y Nehemías se para y se dirige a los ventanales que dan al jardín interno guardando silencio pierde la vista en el infinito como para revivir lo pasado y aclarar el relato.
La belleza de los jardines orientales no tiene comparación, sus simetrías, sus colgantes, la combinación de colores y texturas, los olores de las flores y las ornamentaciones de un gusto por demás de exquisito los hacen únicos. El ingreso está presidido por un gran portal de dos hojas de hierro forjado, sus anchos dinteles están pintados de un azul brillante con hermosos dibujos en oro y púrpura. Todo el jardín está cruzado por bien diseñados caminos que pasan debajo de arcos ricamente artesonados y todos ellos, sin faltar uno, tienen inscriptos su interior con bellas letras en oro las leyes de Dios, sus estatutos y mandamientos. También están escritos los salmos que compuso el rey David y los proverbios de su hijo Salomón. Natán, el jefe de jardineros que me guía por este paseo, me comenta que este es el mejor lugar para disfrutar de la paz, el silencio y adquirir sabiduría.
-         Todos los días el gobernador dedica un tiempo antes del inicio de su jornada a pasear por él, dice que allí se encuentra con Dios –me dice por lo bajo.    
Luego de saborear los sorbetes la entrevista continúa. Reviso mis notas para darle el pié, pero el gobernador no lo necesitó. Su memoria es extraordinaria.
Nehemías me explica que si bien la mayor parte del día estaba junto al rey, a causa del protocolo persa no podía dirigirle la palabra si él no se lo pidiese y no podía mirarle directamente a los ojos. Todo el servicio debe prestarse con los ojos bajos y la cabeza gacha.
-El tiempo pasaba y mi agonía se hacía mayor - continúa relatando -. Una tarde mientras los secretarios despedían a unos embajadores y se acondicionaba la sala del trono para la próxima entrevista, el rey se dirige directamente a mí y me pregunta el motivo de mi semblante caído. Miro a la reina Ester que estaba a su lado y con los ojos me hace una seña para que hable con confianza. Elevo en mi mente una oración al Dios de los cielos para que me dé las palabras justas y le cuento todo desde la visita de mi hermano, mis ayunos, duelos y el anhelo de mi corazón. El rey me escuchaba atento. Al terminar de hablarle bajo mis ojos para esperar sus órdenes, y tras un breve silencio me pregunta cuánto tiempo me llevaría realizar lo que quería y cuando volvería a tomar mis funciones en palacio. La respuesta le satisfizo y me dio los permisos que necesitaba para armar el viaje, la compañía y las credenciales del reino para ejercer autoridad y solicitar al Tesorero de esa región todos los materiales que necesitase.
Al llegar a este punto del relato, el gobernador se detiene. Noto lágrimas en sus ojos; sus labios están apretados. No es tristeza, su rostro esta rutilante y hasta parece que hubiesen desaparecido sus arrugas. No hablo, no pregunto, solo lo dejo con sus recuerdos.
-Dios ha sido muy bueno conmigo y con su pueblo - continúa de repente -. Desde que puse mi pié en esta tierra, las intrigas se comenzaron a tejer contra mí pues por el solo hecho de llegar y desear el bien de Jerusalén me había convertido en el principal enemigo y objetivo a destruir de todos los pueblo que nos rodean. Los espías entraban y salían amparados por algunos de los principales de la ciudad ya que su lucro provenía de mantener el status cuo situacional. Intentaron matarme varias veces preparando emboscadas en lugares que debía pasar o me invitaban a reuniones bilaterales para tratar diversos asuntos de la región, pero siempre me llagaba el aviso de sus intenciones y no dejé, con la ayuda del Dios de los cielos, alabado sea su nombre, que me atrapen en sus redes. Mientras tanto la obra avanzaba, casi no dormíamos, pues de día trabajábamos en la reconstrucción del muro y de noche hacíamos guardia. Organicé al pueblo por familias y le indiqué en qué parte debía trabajar cada una. Allí se trabajaba, se comía y se hacía guardia. No me cambié las ropas durante todo ese lapso y terminamos la obra en cincuenta y dos días, menos de dos meses. La gente dice que esto fue increíble, pero yo les digo que no, sino que fue milagroso, la mano del Dios de los cielos, alabado sea su nombre, estuvo con nosotros y nos dio las fuerzas y velocidad necesarias para hacer esta proeza. A ninguna nación de las que nos rodean le quedan dudas de que fue Él el que hizo la obra.
Me quedo meditando en esa hazaña, trato de imaginar al pueblo en la febril tarea de remover piedras, limpiar el sector que le corresponde a cada uno, acarrear madera, elevar y alinear los nuevos bloques que pesan casi una tonelada cada uno, montar guardia, hacer vigilas interminables....
-¿Cómo logró hacer que todo el pueblo trabajase y se lograra ese record? - le pregunto.
-Ya se lo dije en varias oportunidades durante mi relato - me responde-
- El Dios de los cielos, alabado sea su nombre, fue quien nos dio las fuerzas necesarias para iniciar y acabar esta obra.
- Pero Dios no se ve y usted era en ese momento el líder visible - le cuestiono -, ¿qué hizo para que el pueblo lo siga?
-Tuve planeado todos los detalles, sin faltar alguno, desde el momento en que elevé a Dios, alabado sea su nombre, mis oraciones a favor de mi pueblo y mi ciudad, y además me propuse ser ejemplo - me responde -, no hice uso de mis privilegios de gobernador, trabajé a la par del pueblo y juzgué con rectitud.
- Vaya que fueron tiempos duros - observa por lo bajo, y entornando los párpados se tira para atrás en su sillón como reviviendo esos días.
- Al llegar a Jerusalén – continúa -, no le revelé a nadie mis planes; los tres primeros días los ocupé en saludos y visitas ya que nuestra comitiva despertó mucha curiosidad y evaluar de primera mano la situación social reinante. La noche del tercer día, cuando todos dormían salí a recorrer las ruinas del muro y evalué a la luz de la luna todos los daños. Mi cabeza sacaba cuentas del material que se necesitaría y de la cantidad de mano de obra que debía reclutar. Al otro día reuní a los jefes de familias y demás líderes y les comenté cómo el Dios de los cielos, alabado sea su nombre, había sido propicio conmigo y cómo había arreglado todas las cosas del viaje, les informé que tenía las instrucciones necesarias para reconstruir el muro y los animé a poner manos a la obra. Quedaron perplejos y salvo los que estaban confabulados con nuestros enemigos, el pueblo entero estalló en gritos de alegría y alabanzas a nuestro Dios. El Dios de los cielos, alabado sea su nombre, me confortó en todo ese tiempo dándome ánimo y entereza de espíritu para llevar a cabo toda la obra.
Un sirviente ingresa al despacho de gobernador y se da por concluida la entrevista. Le estrecho la mano y le doy gracias por su tiempo, me saluda con la paz del Señor,  el “Shalóm”, y como corolario me solicita que cuando revise mis notas y escriba esta entrevista no olvide lo más importante de todo lo acontecido. Le miro para entenderle pero no lo logro.
-         Lo más importante – dice - es que con Dios, alabado sea su nombre, todo es posible.
Y con una sonrisa y un leve gesto de su cabeza cierra la puerta de su despacho.
El secretario del gobernador me acompaña hasta las escalinatas de la residencia. El ritmo febril de la ciudad me golpea. El Jeep con mi guía me estaba esperando y me lleva de regreso al hotel. Mientras recorremos las calles puedo ver a lo lejos la silueta del muro de la ciudad. Debo reconsiderar mi relación con Dios.      

Elbio R. Lezchik

jueves, 31 de enero de 2013

Doña Irene


Hoy doña Irene no tiene qué poner en la mesa. Su esposo en cama necesita un cuidado especial y el alimento es parte fundamental de ese cuidado. Busca en su cajita y lo que contiene le golpea fuerte en el corazón.

–No me alcanza – dice por lo bajo.

La salud de su esposo desmejoró notablemente en los últimos 3 meses y lo ha limitado en el desplazamiento. A causa de esto solo ella puede ir al banco y hacer las colas para cobrar su jubilación. Limitando el gasto, sólo en alimento, pues para otras cosas no les alcanza, consideran que pueden vivir estos días sin buscar los haberes de su esposo. Así que lo dejan depositado en su cuenta del PAMI. Pero no pensaron que los días pasarían tan rápido y cuando una vecina se ofreció llevarlos al banco para sacar todo lo guardado, el cajero les hiela la sangre.

-Saldo “cero” -le informa escuetamente – La cuenta está vacía.

El terror y el desconcierto les nubló el entendimiento.

–Yo averiguo qué pasó – dice la vecina y se encamina hacia una mesa de ayuda.

La noticia los abruma aún más, son ancianos y algunas cosas legales no logran entenderlas y no comprenden cuando se les explica que por no retirar los haberes, el estado los retuvo por considerar al esposo fallecido.

El barrio se moviliza y los ayuda a realizar los trámites necesarios para volver a cobrar y tratar de recuperar lo que estaba depositado. Cómo no ayudarlos a ellos, si cuando algún vecino necesitaba algo ellos eran los primeros en presentarse a dar una mano y no se iban hasta ver que el conflicto se resolvía. Cómo no ayudarlos, si a pesar de no tener hijos, cada uno de ellos cuando eran niños, fueron tratados con tanto amor como si hubieran sido propios. Y eso no se olvida.

Pero los tiempos administrativos no saben de cuestiones humanas ni de los dolores silenciosos que desgarran el alma. Y hoy doña Irene no tiene qué poner en la mesa.

Con la cajita en su mano se sienta en la cocina y recurre al único que puede darle ayuda.

–Dios, ayudame a decidir qué hago con este dinero, qué puedo hacer de comer- ora entre lágrimas.

Se levanta secándose los ojos y toma su bolsa. Besa a su marido y le dice que ya vuelve, que sólo sale a comprar lo necesario para el almuerzo. Suena el timbre. Ella ya estaba a la puerta. La abre y una vecina con una fuente envuelta en un repasador llena toda la entrada.

–Irene – le dice extendiendo los brazos- discúlpeme el atrevimiento, pero mientras preparaba los canelones para el almuerzo, sentía dentro mío que debía prepararle esta fuente también para usted.


                                                                           Elbio R. Lezchik

lunes, 28 de mayo de 2012

MISAEL


Mi nombre es Misael, ese es el nombre por el cual me llamaron mis padres en la tierra en que nací, Israel. Misael significa "Quien pertenece a Dios". También significa: "¿Quién es lo que es Dios?” Pero de eso ya pasó mucho tiempo y corrió mucha agua bajo los puentes del Tigris. Ahora mi nombre público es Mesac. En mis tarjetas personales figura este nombre, como también en el organigrama del gobierno. Todos me llaman por este nombre, todos menos yo.
Mi historia comienza, como lo dije antes, en la tierra de Israel, tierra de mis antepasados. Vivíamos en Jerusalén y mis padres me brindaron el acceso a la mejor capacitación que había en la ciudad.
Desde pequeño comencé a estudiar la Ley de mi Dios y me apasionaban especialmente los proverbios de Salomón, pues estos fueron escritos adrede para aprender a discernir dichos profundos, para recibir instrucción en sabia conducta, justicia, juicio y equidad; para darnos prudencia, conocimiento y discreción.
Cuando los ejércitos de los babilónicos rodearon la ciudad para conquistarla, el rey Joacim prohibió que se paralicen las actividades rutinarias a fin de que estemos ocupados y no pensemos en nuestros enemigos, por lo que yo continué con mi capacitación.
Durante ese tiempo el profeta Jeremías nos informaba que nuestro Dios había decidido entregar la ciudad en manos de los babilonios a causa de nuestro pecado. Yo le creí y no dejé caer ninguna de sus palabras. Pero al rey no le gustaron para nada esas palabras. Lo mandó apresar y quería matarlo, pues claro, no le convenía que se divulguen ese tipo de noticias, ya que temía que el pueblo deje de respetarlo y se pase al enemigo.
Recuerdo el día en que juzgaron públicamente al profeta. Al rey y su corte se les notaba la cara de espanto por lo que había profetizado, y al mismo tiempo el fuego de odio hacia esas palabras. Pero Jeremías, con una paz que no tenía explicación, los enfrentó y les dijo que, en lo que a él le tocaba, estaba en las manos de ellos y que hagan con él como mejor y más recto les parezca. Pero sepan, agregó, que si le mataban, echarían sangre inocente sobre ellos mismos, sobre esta ciudad y sobre sus moradores; porque en verdad Jehová lo había enviado para que dijese todas estas palabras en sus oídos.
Eso es valentía, pensé. Eso es tener claridad de convicciones. Al instante mi memoria refrescó en mi mente un salmo del rey David donde dice: “Busqué al SEÑOR, y El me respondió, y me libró de todos mis temores. Este pobre clamó, y el SEÑOR le oyó, y lo salvó de todas sus angustias. El ángel del SEÑOR acampa alrededor de los que le temen, y los defiende”. Y nuestro Dios cumplió en Jeremías esa palabra, pues no le hicieron daño alguno.
Pero Jerusalén cayó.
El rey Nabucodonosor ordenó a su delegado principal que buscase de entre los cautivos, a jóvenes inteligentes en toda rama del saber, dotados de entendimiento y habilidad para discernir las circunstancias y los tiempos y que los llevase a Babilonia para el servicio en la corte real. Y yo fui uno de los  muchos que deportaron.
Los ochocientos kilómetros que caminamos me resultaron interminables. La partida fue muy difícil. Lo escribo y un sabor amargo me llena la garganta, se me anegan los ojos, pues recuerdo la cara de mis padres cuando era arrastrado hacia el contingente de transportados. Los gritos de dolor y llanto de mi madre quedaron para siempre grabados en mis oídos.
Allí atrás quedaron mis padres y mis familiares. Atrás quedaron los que me enseñaban. Y atrás quedó mi adolescencia. Los ochocientos kilómetros caminados me hicieron madurar.
No bien llegamos a Babilonia, se nos indica que estaremos durante tres años bajo la regencia de un funcionario que era el jefe de todos los oficiales del reino de nombre Aspenaz. En ese tiempo debíamos aprender y dominar a la perfección el lenguaje y las enseñanzas de los caldeos. Teníamos profesores versados en adivinación, magia y astrología. Para nuestro mantenimiento teníamos la mejor comida del reino, pues se nos asignó la misma ración que comía el rey Nabucodonosor y el mismo vino que se servía en su mesa.
Después de todo lo pasado estos últimos años, pensé evaluando la situación en que me encontraba, el cautiverio no resultaba tan malo.
El dormitorio que me indicaron tenía cuatro camas, y mis compañeros de habitación fueron tres muchachos que eran estudiantes como yo. Sus nombres eran: Daniel, Ananías y Azarías.
Este Daniel me sorprendió el primer día que estuvimos juntos; paso a contarles lo que sucedió. Cuando llegó la hora de cenar nos llevaron a un amplio recinto donde nos esperaban los sirvientes con sus mejores ropas para atendernos. Los cuatro nos sentamos juntos. Allí comenzó la primera capacitación en protocolos y modos de comportarse a la mesa. Nos enseñaban cómo se debían tomar los cubiertos con los codos pegados a los costados y no aleteando como pollos al comer. Cuándo se utilizaba cada uno de ellos y el uso que se le daba a cada copa, todas de distinto tamaño.
La comida servida en el plato de Daniel allí se quedó y Aspenaz se dio cuenta. Se le acerca y la cara que tenía no me gustó para nada. Le preguntó que le estaba pasando que no comía y Daniel le explicó que él no podía comer esos alimentos pues se contaminaría delante de Dios; que por favor no lo obligara a hacerlo. Aspenaz le responde que el rey mismo les había asignado la comida y la bebida y que él temía por su vida, pues si Nabucodonosor, el día del examen, veía que su semblante era peor que el de los otros jóvenes a causa de esto, lo decapitaban. Daniel le hizo una propuesta, le pidió que haga con él una prueba durante diez días, que le dé solo legumbres y agua y que compare luego de ese tiempo su rostro con el de los demás y decida. Yo lo escuché y me gustó la idea, no se me había ocurrido poner en práctica fuera de nuestra tierra los mandamientos de Dios, se me había hecho como una división. Dentro de Jerusalén era siervo de Dios, pero ahora fuera de ella me estaba adaptando sin darme cabal cuenta al entorno babilónico. Así que levanté la mano y le dije que conmigo haga lo mismo. Mis otros dos compañeros se codearon y se unieron a nuestra propuesta. 
Aspenaz consintió con nosotros y probó por diez días. Las porciones nuestras eran reemplazadas por legumbres y llevaba a su casa los manjares reales. Al cabo de los diez días Aspenaz decidió que nuestro rostro era mejor y más robusto que el de los otros muchachos que comían de la porción del rey. Así que continuó llevándose nuestra porción de comida y del vino, y nos daba legumbres.
En respuesta a nuestra decisión, Dios nos dio conocimiento e inteligencia en todas las letras y ciencias; y Daniel tuvo entendimiento en toda visión y sueños.
Pasaron los tres años estipulados y llegó el día en que debíamos presentarnos delante del rey. El examen fue rigurosísimo, no terminaba más. Nos preguntó de todo y nos confrontaba con los sabios del reino. De a uno iban quedando excluidos los demás jóvenes y al final quedamos solo cuatro; nosotros cuatro.
Al ponernos en funciones, Daniel recibió el nombre de Beltsasar, a Ananías lo llamaron Sadrac, a Azarías Abednego y a mí me cambiaron el nombre por Mesac. Este nombre es de difícil traducción, pero tiene un significado similar a ¿Quién es como Marduk? Este Marduk es el dios de los babilonios.
Imagínense todo lo que significó este cambio para mí. Mis padres, como les conté al principio, me llamaron Misael, o sea, que cada vez que ese nombre sonaba en labios de alguien, se proclamaba a los vientos que yo pertenecía a Dios; pero ahora debía aceptar que todo el reino proclamase al nombrarme, que yo era propiedad del dios Marduk. Fue en ese entonces que decidí no olvidar mi nombre, no olvidar que yo pertenezco a Dios, el único, el creador de los cielos, la tierra y todo lo que en ellos hay, alabado sea su nombre desde la eternidad y hasta la eternidad.
Todo transcurría con normalidad en el reino, todos queriendo el puesto del otro, todos buscando la ocasión para complotarse contra alguno que esté en contra de sus intereses a fin de enviarlo a la muerte,  y otras cosas por el estilo de las que siempre se disponía de tiempo y poder para generarlas, lógicamente sin desatender las apariencias ni lo mínimo que se exigía de cada funcionario real. Por lo que la resolución del rey llenó de expectativas a todos. Paso a contarles.
El rey Nabucodonosor mandó hacer una estatua de oro inmensa. Medía veintisiete metros de alto por dos metros y medio de ancho. Una vez construida y emplazada en su lugar ordenó a todos los funcionarios del reino, que asistiéramos a la dedicación de la estatua a su honor, con la instrucción de que debíamos inclinarnos y adorarla no bien suenen los instrumentos musicales. Esa instrucción continuaba con una motivación extra para cumplir con la formal invitación: todo el que no se incline ante ella ni la adore sería arrojado de inmediato a un horno en llamas.
Así estaban presentadas las cosas. Mi ser se agitó en busca de una salida a aquel encierro. Morir quemado no me atraía. Los gritos de todos aquellos que eran ejecutados de ese modo me aterraban y nunca pude permanecer en buena compostura en esos actos de gobierno.
Me dirigí inmediatamente a mi casa y me encerré a buscar el rostro de mi Dios. Le solicité que me ayudara, que me mostrara una salida a este encierro. Derramé lágrimas hasta tarde clamando por su misericordia; no quería arrodillarme delante de esa imagen para salvar mi vida ya que perderla no estaba dentro de mis planes inmediatos.
Pero Dios no me respondió. Recuerdo que con los ojos hinchados de tanto llorar me paré, me lavé la cara y tuve que decidir quién quería ser a partir de ese instante. ¿Quién era yo? ¿Era Misael, el que pertenece a Dios, o era Mesac, el que pertenece a Marduk? Miré fijamente a mi imagen que se reflejaba en el espejo y declaré que yo soy Misael y que pertenezco a Dios.
Luego de esto me cambié de ropas, me perfumé y me acicalé para estar conforme al protocolo en la dedicación de la estatua. No bien llegué, ocupé el lugar que me fue asignado. Se hizo silencio y la música comenzó a sonar llenando todo el lugar.
El resto fue vertiginoso. Las rodillas de todos los que me rodeaban tocaron tierra. El ruido de mi corazón tapó el sonido de la música y me encontré parado frente a la estatua rodeado de una multitud de cuerpos que apoyaban sus cabezas rítmicamente en el suelo. Pero no era el único. A la distancia vi a dos de mis antiguos compañeros de habitación. Allí estaba en pie Ananías y más allá se veía la imponente figura de Azarías. Me alegré. Al rato la asamblea se disolvió y cada uno regresó a sus funciones.
Pero algunos astrólogos se presentaron ante el rey y nos acusaron. Le informaron que nosotros tres, justo nosotros tres que estábamos al frente de la provincia de Babilonia, no habíamos acatado sus órdenes ya que no habíamos adorado la estatua de oro que mandó erigir. Se trata de Sadrac, Mesac y Abednego le informaron, saboreando la saliva de la malicia.
El rey Nabucodonosor al punto se llenó de ira y nos mandó llamar inmediatamente. Cuando nos presentamos ante el rey, este lanzaba llamas por los ojos. Nadie le desobedecía jamás.
 — ¿Es verdad que no honran a mis dioses ni adoran a la estatua de oro que he mandado erigir?-, nos preguntó con furia. -Más les vale-, continuó,      -que se inclinen de inmediato ante mi estatua al escuchar la música, y que la adoren, pues de lo contrario, serán lanzados de inmediato a un horno en llamas, ¡y no habrá dios capaz de librarlos de mis manos!
 — ¡No hace falta que nos defendamos ante Su Majestad!-, le respondimos inmediatamente, -si se nos arroja al horno en llamas, el Dios al que servimos puede librarnos del horno y de las manos de Su Majestad. Pero aun si nuestro Dios no lo hace así, sepa usted que no honraremos a sus dioses ni adoraremos a su estatua.
Ante esa respuesta, Nabucodonosor mandó que se calentara el horno siete veces más de lo normal y que nos atasen y nos arrojasen de inmediato al horno en llamas.
Para relatarles lo que pasó luego de esta orden real debo elegir con cuidado las palabras, pues me cuesta encontrar aquellas que expresen y logren describir todo lo que vivimos nosotros tres.
Al terminar de responder la pregunta del rey, una paz que no tiene lógica me llenó. No sentí la rudeza de los soldados al atarme ni me desesperé cuando el calor creciente del horno indicaba la proximidad de su boca. Todo era luz. Me hallé parado sobre las brasas encendidas con la misma naturalidad que lo hago a diario sobre el baldosado de la acera. No bien se acostumbraron mis ojos, vi a mi lado a mis compañeros y a un ángel del Señor que nos sonreía. ¡El ángel de Dios estaba a nuestro lado y nos defendía de las llamas!
No sé qué era más maravilloso; si contemplar la hermosura y poderío del ángel o vernos caminar entre las llamas y disfrutarlo como un paseo por la costanera.
Mientras trataba de acomodar mis pensamientos para no perder nada de lo que estaba viviendo, la voz de trueno del rey me sobresaltó.
—Sadrac, Mesac y Abednego, siervos del Dios Altísimo, ¡salgan de allí, y vengan acá!-, dijo.
Nos miramos y caminamos hacia la puerta del horno. Al salir de él, todos se arremolinaron en torno a nosotros con los ojos fuera de sus órbitas. ¡El fuego no nos había hecho ningún daño!, no teníamos ni un solo cabello chamuscado, y ni siquiera nuestras ropas olían a humo.
Luego de un instante, Nabucodonosor dio un paso para atrás y exclamó:
- ¡Alabado sea el Dios de estos jóvenes, que envió a su ángel y los salvó! Ellos confiaron en él y, desafiando la orden real, optaron por la muerte antes que honrar o adorar a otro dios que no fuera el suyo. ¡No hay otro dios que pueda salvar de esta manera!
Mi nombre es Misael, los demás me llaman Mesac. Pero no importa, pues yo sé quién soy.


Elbio R. Lezchik