domingo, 26 de mayo de 2013
Llueve
Llueve. Fuera de casa todo es barro. No se si tengo lo necesario para las comidas de hoy. Anoche el trabajo no fue bueno, poco dinero. Amanece y no he dormido, o sí, tal vez algo si, pero no lo recuerdo. El olor de los dos hombres de anoche aún me llena la nariz. Cada vez lo soporto menos, también cada vez me cuesta más sonreír mientras preparo el desayuno de mis pequeños; ellos son inocentes y me hago cargo de lo que me toca. Sus padres desaparecieron más rápido de lo que duraron las promesas de amor nocturnas. Yo les creí, los necesitaba. Pero me hago cargo, a mis hijos no les faltará pan en la mesa de cada día. Hasta ahora he salido adelante y continuaré haciéndolo. Pero llueve, y las gotas que se escapan de las nubes son las que ya no salen de mis ojos secos a fuerza de apretar los dientes, por eso quedo quieta, quiero que el cielo hoy llore por mí.
El dinero que me ofrece este cliente es más que lo que gano en tres días de trabajo. A cambio de esto me solicita la mañana entera. Tengo que ver cómo acomodo a mis hijos, hablaré con alguna de mis amigas o a mi madre, pero lo solucionaré.
Por la mañana llega tranquilo, eso me extraña, no es normal esa actitud pues todos vienen ocultándose. Son muy hombres, pero no enfrentan sus realidades y descargan en mí sus frustraciones. Nadie viene a ofrecerme amor, no les interesan mis frustraciones. Pero entra y comienzo mi trabajo.
Todo pasa muy rápido, la puerta se rompe de un solo golpe, una multitud entra en tropel, me agarran de los pelos y me arrastran afuera, el hombre desaparece, lo ignoraron adrede. El sol de media mañana es intenso y el grito de esta turba me paraliza. Me paro, trato de seguir el paso de los que me arrastran, caigo, sangro, sigo, no comprendo, estoy en shock.
Me tiran al centro de una ronda de hombres bien vestidos y con rostro duro, menos uno que los mira como perplejo. La acusación pública que me formulan es verdadera y severa. Se me congela la vida, mis hijos llenan mi mente cuando pronuncian que debo morir apedreada inmediatamente, a la vista de todos.
Pero esperan la respuesta de ese juez con ojos distintos. Está agachado con las manos en el suelo mientras los rumores en espera de la validación de la sentencia aumentan su volumen, no me mira. Tiemblo.
La turba insiste y sin levantarse les dice algo. No logro escucharlo, pero al silencio que provocó sí lo puedo oír. Tiemblo.
De a uno se retiran en silencio y escapando de la mirada de los demás. Las sombras que me rodean desaparecen y me abraza nuevamente el sol. Pero aún tiemblo. El juez de ojos distintos me mira. Sus ojos lastiman, embriagan, atrapan, tienen el poder de hacer que el calor vuelva a mi sangre. Sus ojos me iluminan por dentro como si nada se le escapase. Me pregunta dónde están los que me trajeron hasta aquí para condenarme, le respondo que se fueron todos, que no queda nadie de los que me condenaban. El de ojos distintos me dice que él tampoco me condena, que me levante, me vuelva a mi casa y cambie de vida.
Lo que me iluminaba por dentro me rodeó y me llenó de paz, mi mente se aclaró y lo decidí. Voy a seguir su consejo. Sé qué hacer para seguir su consejo.
Elbio R. Lezchik
sábado, 4 de mayo de 2013
Cosas de padres
Un buen y exitoso empresario
tenía 2 hijos junto a los cuales conducía su conglomerado de empresas. Carlos,
uno de ellos, Director General para Medio Oriente e Indias, luego de una
reunión de directores le dice:
-Papá, quiero mi parte de la empresa, la quiero en
efectivo, yo me voy.
La incredulidad se refleja en su rostro, y un cosquilleo
en el pecho lo deja paralizado. Su hijo es arriesgado y valiente, lo que se
propone lo logra, sus éxitos son evidentes, por eso ocupa ese puesto tan estratégico
para el crecimiento de la empresa. El padre lo conoce bien, si tomó la decisión
sólo él la revertirá, nada ni nadie más. Ernesto, hermano mayor de Carlos y
Director General de Finanzas e Inversiones, administrador fiel que no levanta
una aguja del piso si no es suya, irreprochable en el control y auditoria de
las gestiones que estén relacionadas con el dinero y patrimonio de la familia,
lo escucha sin decir palabra porque sabe el daño que su hermano está
provocando. Pero también conoce muy bien a Carlos, y conoce a su padre.
Culminadas todas las gestiones legales y bancarias, Carlos toma su automóvil y
deja kilómetros tras su caño de escape.
La reestructuración en la
empresa a causa del hueco provocado por Carlos es dolorosa y no tan rápida como
se quisiera. Al enterarse los inversores de este repentino abandono, dudaron de
la permanencia de la empresa y la castigaron vendiendo sus acciones provocando
una rápida pérdida en las cotizaciones. Pero al fin se logró estabilizarla y el
mercado volvió a confiar en ella.
Por fin, dice Carlos, esto es
vida, basta de reuniones de Directorio, de cumplir horarios, de obedecer a mi
padre, de tener cuidado en no manchar “el nombre”..., y gracias a sus virtudes
accedió a lo más selecto de la sociedad. Mucho dinero, simpatía y el mejor
automóvil dieron el toque final a la nueva imagen de Carlos.
"Actualidad: Dubai World sorprendió la semana pasada
a los mercados mundiales al anunciar que pedirá a sus acreedores un
aplazamiento de por lo menos seis meses en el pago de 26 mil millones de
dólares que adeuda, mientras reestructura sus finanzas. El anuncio estremeció
los mercados financieros del mundo al temer los inversionistas el posible
impago de Dubai World, además de ser un posible indicio de problemas económicos
globales más amplios que puedan minar la incipiente recuperación global tras la
peor crisis económica acaecida en décadas, anuncia Milenio.com"
Frente a esta nueva crisis
internacional, Ernesto informa al plenario de Directores que se han tomado
todos los recaudos para afrontar esta ola que amenaza con arrasar la endeble
economía globalizada, y bajo el férreo mando de su padre la empresa permanece
estable. Mientras tanto, Carlos comienza a ser castigado por la crisis
financiera y todo su sustento desapareció. Cuando veía a un amigo suyo pasar en
su vehículo acudía a él para solicitar su apoyo, pero solo encontraba su
reflejo en los polarizados vidrios de los automóviles que pasaban de largo.
Entonces recordó la casa de su padre. Lo que en primer momento era malo ya no
lo era tanto. Decide volver. Humillado por la vida y abandonado por sus amigos
emprende el regreso como un vagabundo. Hace noche en los albergues que le
brindan comida y una cobija, y si no los encuentra, junto a algún recodo del
camino que lo proteja de la intemperie.
-¿Quién este que aparece en las pantallas de las cámaras de seguridad de la entrada? -se pregunta el guardia de seguridad- No se le permite el acceso, ¡aléjese! -le ordena.
-¿Quién este que aparece en las pantallas de las cámaras de seguridad de la entrada? -se pregunta el guardia de seguridad- No se le permite el acceso, ¡aléjese! -le ordena.
Su padre, que desde el día que
Carlos se marchó no dejaba de mirar las cámaras por si en ellas aparecía la
imagen de su hijo, pudo reconocerle a pesar de su mal aspecto y baja con el
corazón en la garganta por el ascensor desde su oficina hasta la recepción. Le
grita su nombre, y las palabras “¡Carlos, hijo mío! resuenan en el lobby. Carlos,
apenas articula palabra mientras es apretado contra el pecho de su padre y
huele ese perfume tan familiar que impregna sus trajes.
-Te ofendí y les hice un daño
terrible a todos, solo que les extraño y quisiera, al menos, que me permitas
trabajar en la limpieza de tus oficinas -le dice Carlos apenas su padre afloja
un poco el abrazo.
Pero él no lo escuchó porque ya
estaba ordenando a su secretaria ejecutiva que llame al diseñador de ropa de la
familia para que haga ropa nueva a Carlos, llame al médico de la empresa para
que le realice los controles necesarios, avise en casa que preparen el baño y
ropa limpia que en 15 minutos llego con Carlos.
-Ah, y organice para esta noche
una recepción invitando a todos los empleados y amigos en honor a Carlos que ha
regresado y retomará sus funciones en la empresa.
Entrada la noche, llega Ernesto
luego de un largo día de auditorías y reuniones en la Bolsa de Comercio
dispuesto a escribir su memorando antes de retirarse a su casa a descansar. Lo
sorprende que a esta hora haya tanta gente en la empresa, las luces encendidas,
y ... ¿música?
-¡Guardia!- grita. -¿Qué
significa todo esto?
-Es que su hermano Carlos ha
regresado y su padre ha organizado esta recepción en su honor -le responde el
guardia.
Sorprendido, perplejo y sin
lograr entender lo que está pasando, recurre a su memoria y repasa cada uno de
los grandes problemas que generó la ida de Carlos, los problemas financieros
que provocó y la casi quiebra del conglomerado de empresas, y el furor le
cubrió el rostro.
-¿Qué ha hecho mi padre? ¿Cómo
es posible que pase por alto todo el mal que nos hizo? -dice.
Mientras escuchaba sus propios
pensamientos, la voz de su padre llamándolo lo volvió a la realidad.
-¡Ernesto, pasa, mira lo que ha
sucedido, Carlos ha regresado, qué bueno, estoy tan feliz, ven Ernesto, vamos a
festejar en familia!
- Pero, ¿qué te pasa papá? ¿no
recuerdas todo lo que nos hizo? Y encima, luego de tanto tiempo y que ya nos
habíamos olvidado de él, para bochorno de la familia ¡lo recompensas frente a
todos los periodistas! ¿Y a mí qué? ¡Nunca me diste nada, nunca me ofreciste
hacer una fiesta ni para mis pocos amigos!
-¿Qué dices Ernesto? -
le responde su padre - si todo lo que tengo es tuyo y estás siempre conmigo,
pero Carlos se había alejado y hasta lo creíamos muerto, pero está vivo y con
nosotros otra vez, y eso es lo importante, por eso hago fiesta.
domingo, 21 de abril de 2013
ALAS
Las siestas de verano en Villa Berthet, en el corazón
del monte chaqueño, transcurren lentas y silenciosas al arrullo de las
chicharras. Como el calor hace del colchón un enemigo, el acostarse a dormir la
siesta suele ser un intento más que una realidad. Entonces no queda otra que,
al amparo de una umbrosa galería o de una planta de mango o de pomelo rosado,
aparezca el mate, la yerba, unos yuyos aromáticos y que el agua fresca comience
a regalar la rehidratación en manos de un rico tereré. Las calles polvorientas
se asemejan a un horno y están desiertas; nadie hasta eso de las cinco de la
tarde se anima a transitarlas. La plaza principal es un paraíso de sombras y
flores con los troncos de los árboles prolijamente pintados de blanco, con
bancos a la par de los caminitos internos y juegos para niños en la esquina que
da a la escuela, pero el rigor del sol la mantiene quieta y adormilada. Los
primeros en salir del reparo de las sombras son los dueños de los comercios del
centro que no bien llegan a sus negocios, abren las puertas y prenden los
ventiladores para ventilar el encierro del local. Luego riegan las veredas de
ladrillos para refrescarlas y sacan las sillas a la puerta bien cerquita del
palenque a la espera de los clientes. Mientras tanto dure esta espera, el
tereré hace nuevamente su aparición y la rueda se agranda con los dueños y
empleados de los negocios lindantes.
Las charlas transcurren lentas y con la cadencia del
acento norteño. Los inmigrantes tomaron prestado ese acento y al hablar con sus
paisanos en su lengua madre, esta también quedó afectada por esa particular
cadencia. En el pueblo la mayoría de los colonos son inmigrantes eslavos pero también
hay algunos judíos, turcos, alemanes y paraguayos.
La escuela primaria es un verdadero crisol donde cada
niño habla, además de su lengua familiar, algo de la lengua de sus compañeros, el
guaraní y el escaso español que logra enseñarles el maestro para que puedan
cursar sus estudios. Es habitual que los niños de las chacras hablen su idioma
materno y el guaraní y nada de español al ingresar a la escuela, por lo que el
maestro debe encarar todo un desafío para introducirlos al idioma nacional.
En las veredas aún mojadas las conversaciones rondan
en los hechos recientes del pueblo o sobre algún familiar de algún paisano que
no está presente. Siempre es apasionante estar al tanto de lo que pasa en el
pueblo y es habitual que alguien llegue a tomarse unos tererés solo para contar
algo que haya sucedido o enterarse de algo que aún no le hayan dicho. Si en
esos momentos llega un cliente criollo, la conversación no se interrumpe, sino
que continúa en la lengua de cada raza. Por eso no llamó la atención la llegada
del comisario que luego de apoyar la bicicleta en el árbol saluda a todos con
la debida atención y se dirige a conversar con don Iván.
Don Iván tiene dos hijos, Andrey y Mijaíl, que son
solteros y viven todavía en casa de sus
padres. Ellos atienden una sucursal del negocio de venta de ropa y telas a
pocas cuadras de allí, justo cruzando en diagonal la plaza central.
-Buenas
tardes don Iván –lo saluda el comisario tocándose el borde de su gorra.
-Buenas
tardes comisario –responde don Iván al saludo con su habitual amabilidad- ¿qué
lo trae por aquí?
-Bueno
–dice mientras se saca la gorra y se acomoda los cabellos para atrás- es que
anduve de ronda por la parada de los colectivos y me llamó la atención no verlo
por allí –le dice.
Don Iván levanta las cejas y frunce media nariz.
-¡Ehhh!
–exclama sin entender.
-Don Iván – le dice el comisario-, ¿sabe usted que sus
hijos recién se subieron al colectivo que va la capital con grandes bolsos? Me
llamó la atención que usted no estuviera allí, por eso vine a verlo, me pareció
que algo no andaba bien.
Sus ojos color cielo se cerraron y mil nubes negras
oscurecieron sus pensamientos.
-¿Qué está pasando? –dice para sí y trata de mantener la postura frente
del policía amigo.
-¿Qué es lo que me decís de mis hijos? –le pregunta como para confirmar
que escuchó mal.
-Que sus hijos se subieron en el colectivo de la tarde que va a la
capital con muchos bolsos y …
En este punto don Iván no pudo contenerse más, deja a
los paisanos y a su esposa y corre las tres cuadras que separan los dos
comercios. Al llegar lo encuentra cerrado. Busca entre sus llaves la que abre
los candados, levanta la persiana y entra al oscuro salón. Prende las luces y
lo que ve lo paraliza. Las estanterías están casi vacías, falta todo el dinero
de la caja y también el que se había escondido para la reposición de lo
vendido. Cierra y regresa a su comercio. Allí su esposa lo espera con mucha
angustia y sus ojos vidriosos le suplican una explicación.
-Los
muchachos se fueron –le dice, y se sostienen en un doloroso abrazo.
El colectivo hace una parada de quince minutos en un
pueblo a sesenta kilómetros y don Iván se dirige con su vehículo hasta allí. Lo
encuentra justo antes de retomar su camino y le pide permiso al chofer y sube
al colectivo; con ojos nerviosos busca el rostro de sus hijos hasta que los encuentra.
Se dirige a ellos y con manos temblorosas les tiende un sobre.
-Tomen
-les dice con el llanto anudado en la garganta-, con lo que se llevaron no les
va a alcanzar para iniciar nada. Con este dinero les será más fácil.
Don Iván desciende y el colectivo continúa su camino.
Elbio R. Lezchik
jueves, 11 de abril de 2013
Había una vez
Hoy es martes y, como todos los
martes por la tarde, Doña Mercedes reúne a sus siete nietos para agasajarlos
con la merienda y hacerlos jugar, ora en su patio, ora en su living. Tiene todo
preparado: el chocolate, la torta, algunos bizcochos, juegos didácticos,
juguetes que ha comprado desde que nació el primero de ellos, revistas,
tijeras, pinturas y pegamentos para hacer un collage y muchas cosas más
guardadas en su imaginación para provocar que entre los primos se generen lazos
fuertes de amistad. Sabe cómo tratarlos. Primero los cansa con juegos llenos de
movimiento. Al rato, cuando nota que la casi infinita energía que tienen va
menguando, los lleva en fila al baño para que las manos y la cara recuperen su
apariencia habitual. Terminado este divertido procedimiento, todos van al
comedor. Cada uno tiene su lugar a la mesa ya asignado y lo ocupan, como
corresponde, en forma desordenada provocando la caída habitual de alguna silla.
Minimizado el caos, se toman de la mano para dar gracias a Dios por los
alimentos. Doña Mercedes designa al responsable de dirigir la plegaria y todos
cierran los ojos, pero solo por un momento. Una graciosa voz aguda hace la
oración entre las pequeñas risas y guiños de los otros primos nombrando a cada
uno de los presentes y pidiendo a Dios por los motivos más diversos que le
vengan a la memoria en ese momento. Por el trabajo del tío Adrián, por la nariz
del tío Augusto que se operó, porque pudieron ir de vacaciones, por la casita,
por la rica torta y amén. Y hacen desaparecer la merienda. Cuando el primero
intenta dejar la mesa para seguir a su instinto de niño, Doña Mercedes los
lleva a la sala y los hace sentar en rueda alrededor de su sillón. Tiene una
historia para contarles. Mirándolos para que hagan silencio, comienza el
relato.
“Había una vez en un país muy lejano
un señor y una señora muy viejitos que tenían mucho dinero. Tenían muchos
animales en el campo y mucha gente que trabajaba para ellos. Eran dueños de una
casa muy pero muy bonita y grande y tenían una señora que cocinaba, otra que
lavaba la ropa y las planchaba, otra que limpiaba toda la casa y otra que hacía
las compras. Pero no tenían hijos. Y eso los ponía muy tristes porque tampoco
tenían nietos para traerlos a jugar como a ustedes y prepararles una rica
merienda. La señora se llamaba Sara y el esposo se llamaba Abraham.
“Abraham oraba a Dios todas las
noches y, como sabía que Dios siempre escucha todas las oraciones y los cuida,
le contaba que estaba muy triste porque no tenía hijos. Veía a su esposa que
también estaba triste porque no había podido ser mamá y eso lo hacía llorar
mucho.
“Una noche de verano Abraham no podía
dormir a causa del gran calor, estaba todo transpirado y se levantó de la cama.
En esa época no habían inventado todavía los acondicionadores de aire ni los
ventiladores. Entonces se fue a la sala para orar, abrió las ventanas y se
sentó al lado de ellas para que el poco viento de la noche lo refrescara.
Mientras oraba Dios le habla y le pide que salga a la oscuridad del patio. Allí
le dice:
-Mira al cielo y cuenta todas las
estrella que ves.
“Abraham comenzó a contarlas. Una,
dos, tres, cuatro, .., noventa y nueve, cien. Pero había más. Quiso seguir
contándolas, pero se les mezclaban. ¿A esa la conté?, se preguntaba, y volvía a
contarlas, pero las estrellas son tantas que no pudo hacerlo. Entonces Dios le
dijo:
-Tendrás tantos hijos y nietos y
bisnietos que no podrás contarlos ni traerlos a todos juntos a tu casa a tomar
la merienda, porque no entrarán. Y tantos serán los primitos que siempre van a
ser un montón para jugar.
“Y a Abraham le gustó mucho lo que
Dios le dijo y le creyó.
“A la mañana siguiente, mientras
desayunaban juntos, Abraham le cuenta a Sara todo lo que había pasado a la
noche. Sara creyó que Dios se burlaba de ella. Cuando terminaron de desayunar,
ella se quedó pensando en lo que le había contado Abraham. Pensó y pensó en eso
hasta que se le ocurrió una idea brillante, le propuso a Abraham alquilar un
vientre para que ella pueda ser la madre del bebé que nacería de su marido. Le
dijo que Agar, una de las muchachas que trabajaban en la casa, lo haría, que
ella organizaría todo y que no habría problemas. Abraham aceptó.
“Pasaron varias semanas y el vientre
de Agar comenzó a crecer con el bebé adentro. Cada día tenía la panza más
grande y cada día Sara y Agar se querían menos. Comenzaron a pelearse por
cualquier cosa, Agar se burlaba de Sara porque Sara era viejita y no podía
tener hijos ...
“Eso puso a Sara muy pero muy triste
y se encerraba en el dormitorio a llorar.
“De tanto trabajo que tenía, Abraham
no se había dado cuenta de estas peleas hasta el día que Sara le cuenta todo lo
que estaba pasando; le contó que estaba llorando por las burlas de Agar y que
no podía soportar más esta situación. Le dijo montones de cosas malas sobre
ella hasta tal punto que Abraham le aconseja que se vengue y le haga lo mismo o
peor. Pero Dios estaba escuchando y a Él no le gustan esas cosas.
“Sara comenzó a tratar mal a Agar.
Todos los días la insultaba y la obligaba a trabajar mucho más que antes. Si no
hacía todas las cosas que le ordenaba, la castigaba.
“Pero un día, Agar no pudo soportarlo
más y se escapó de la casa.
“Caminó mucho por el campo. No pudo
tomar ningún colectivo porque todavía no se habían inventado. Así que caminó y
caminó con la panza muy grandota. A veces le dolía y tenía que parar y
comenzaba a llorar porque sabía que su bebé estaba sufriendo. Llegada la tarde
no pudo seguir más.
“Mientras pensaba que iba a hacer, un
señor muy extraño se le acercó y la llamó por su nombre. ¿Quién sería este
señor que conocía su nombre? Era alto, con muchos músculos y parecía que de su
piel salía como una luz que brillaba más que el sol. Era un ángel de Dios.
- Agar –le dice el ángel- ¿qué haces
aquí con el calor que hace?
- Me escapé de la casa donde vivo –le
respondió Agar- porque doña Sara, la
dueña de la casa, me maltrata mucho y ya no lo puedo soportar.
- Regresa a la casa de Sara y quédate
allí que es tu lugar y Dios te cuidará y no te pasará nada –le dijo el ángel-.
Además, cuando tu hijo nazca le pondrás de nombre Ismael y vas a tener muchos
nietos y muchos bisnietos porque Dios vio y escuchó lo que te estaba pasando y
me mandó a buscarte.
“Y así fue como Agar regresó a la
casa de Sara y Abraham y se quedó allí hasta que nació Ismael.
“Ismael comenzó a crecer y crecer.
Comía toda la comida que la mamá le preparaba y estudiaba mucho. Su papá
Abraham le enseño a trabajar en el campo y a criar ovejas, vacas y camellos. Como
era el hijo del dueño, todos lo querían mucho y lo respetaban. Abraham le
enseñaba a obedecer a Dios en todas las cosas y que viva haciendo lo bueno y
que sea justo con todos los hombres en todas las cosas.
“Cuando Ismael tenía catorce años,
nació su hermanito Isaac. Pero no de la panza de su mamá Agar, sino que de la
panza de Sara. ¡Todos estaban asombrados! Por todo el campo y por los pueblos
vecinos se comentaba que una señora muy viejita había quedado embarazada y ¡ya
había nacido el bebé! Todos iban a visitarlos y a curiosear, pues era algo
increíble.
-¿Cómo puede ser –se preguntaban
todos– que un hombre de cien años y una mujer de noventa pueden ser padres?
“Pero Abraham que conocía la
respuesta, se las repetía una y otra vez al que se lo preguntase.
–Dios -les decía– me dijo que Sara quedaría
embarazada y me daría un hijo. Y como no hay nada imposible para Dios, aquí
está Isaac, mi hijo, el hijo de mi esposa Sara.
“Ismael, que no se perdía nada de
lo que pasaba, busca corriendo a su mamá y le pregunta qué iba a ser de ellos
ahora que su patrona Sara tenía su propio hijo. Agar lo abrazó, lo sentó a upa
y le recordó que el día que había escapado de la casa de Sara, Dios le había
dicho que él, Ismael, tendría muchos hijos y que sería muy valiente y fuerte,
que Dios había cumplido la promesa que les había hecho a Sara y Abraham por imposible
que pareciera, que era evidente que no había nada difícil para Dios, y que por
lo tanto, lo que debían hacer ellos, era confiar en Dios y en sus promesas.
“Pero poco tiempo pasó hasta que
ocurriese lo que Ismael temía. Sara molestó tanto a Abraham diciéndole que no
quería que su hijo Isaac se junte con Ismael, que no le gustaba la cara que
tenía Ismael, que Agar era mala, que mirá lo que hizo Ismael, que mirá lo que
me hizo Agar, que patatín, que patatán, todos los días, que se cansó y decidió
echarlos a los dos de la casa.
“Abraham llama a Agar y le pide que
tome a su hijo Ismael, que guarden todas sus cosas en bolsos y que se vayan
lejos, a otro lugar, pues ya no vivirían más allí.
“Cuando Ismael escucha la noticia,
comienza a llorar. ¿Dónde está Dios?, se preguntaba. ¿Dónde está ese Dios
bondadoso y todopoderoso del que le hablaba todas las noches su padre Abraham?
Porque sí, su padre Abraham lo abandonaba, ya no lo quería como hijo.
“Caminaron mucho por el desierto y
las montañas, descansaban las siestas en alguna cueva que encontraban y cuando
refrescaba continuaban caminando hasta que el agua se les terminó. No sabían
qué hacer ni a dónde ir; allí no había ciudades cerca.
“Ismael tenía mucha sed y mucha
hambre; se acostó debajo de un árbol para dormitar un poco y ve que su madre se
aleja de él, que también lo abandona. La desesperación lo envolvió.
-¡Mamá! –grita entre lágrimas- , ¡mamá no
dejes solo! –le pide suplicando.
“Se quiso levantar, pero no tenía
fuerzas, el hambre, el sol y la sed lo estaban matando y su madre ya estaba
lejos.
“Pero Dios lo estaba escuchando y
envía rápidamente un ángel.
-Agar ¿qué haces allí? –le dice el
ángel mientras bajaba del cielo–. No tengas miedo porque Dios ha oído el clamor
de Ismael. Vuelve a su lado porque de él saldrá una nación grande.
“Cuando el ángel termina de hablarle,
Agar se seca las lágrimas de los ojos y ve, de repente, un pozo lleno de agua. Rapidísimo
llena las botellas que tenía y corre para darle de beber a Ismael. El Dios
todopoderoso no los había abandonado.
El timbre provoca un sobresalto en
los primitos que tenían impregnada la imagen del ángel hablando con Agar en sus
pensamientos. Era Tía Marisa que venía a buscar a sus hijos.
Doña Mercedes se levanta a atender y
con un beso se va despidiendo de cada nieto que es buscado por sus padres.
Elbio R. Lezchik
sábado, 9 de marzo de 2013
Caminar para creer
Resulta que a Jesús se le dio por
caminar. Él siempre caminaba, le gustaba, le divertía hacerlo. Si bien yo tenía
las sandalias de última generación que habían salido, ciento por ciento aptas
para el tracking, confieso que me cansaba igual. Esa mañana apuntó para el
oeste y hacia allí nos dirigimos. Nos hizo caminar ochenta kilómetros; ochenta,
todos juntos, interminables, uno atrás de otro. Me llamó la atención salir de
los límites de la tierra de Israel, esto no era algo habitual pues todo su
ministerio lo había desarrollado dentro del pueblo escogido, pero ahora
pisábamos tierra impura, suelo de paganos, lleno de gentiles incircuncisos por
todos lados. Bueno, debo confesar que nos hizo pisar suelo Samaritano también,
eso debería habernos preparado. Recuerdo la primera vez, para mí fue terrible,
¡y dormimos allí dos días! La ciudad se llamaba Sicar y a causa de una mujer
que habló con Jesús y quedó expuesta totalmente ante él, todo el pueblo creyó y
nos obligaron a quedarnos con ellos ese tiempo. Pero esos días resultaron
bellísimos y sus enseñanzas extraordinarias. El rostro de Jesús estaba
radiante, disfrutaba mucho el hecho de que las personas le reconociesen como
Mesías y conociesen la verdad. Para Jesús siempre era el tiempo de cosechar,
nunca decía “todavía faltan algunos meses para la siega”, o se excusaba en el
cansancio o el hambre (ese día yo estaba casi famélico y él no quiso probar
bocado alguno), no, para él siempre era hoy, ya, en este momento. Pero esto lo
recuerdo ahora que escribo, pues mientras veía a lo lejos la ciudad de Tiro mi
interior se revolvía.
Entramos a casa de un judío que
residía allí y que un tiempo atrás había viajado expresamente a Galilea para
escuchar a Jesús pues su fama se había extendido hasta el mar. Llegó justo el
día en que todo el pueblo estaba en la ladera de la montaña y Jesús nos
presentó las leyes del Reino de Dios. El cambio de opinión sobre quiénes eran
los bienaventurados nos dejó a todos asombrados. Yo creía y había trabajado
para el gobierno romano hasta ese día con el propósito de amasar una fortuna
aceptable y, de ese modo, lograr la felicidad de mi familia y la mía; pero sus
palabras me cambiaron el punto de vista y el orden de las prioridades. Y a este
compatriota también, por lo que nos recibió en su casa con agrado, a los trece,
y nos agasajó con lo mejor que tenía.
Creo que una de las empleadas
domésticas que fue al mercado desparramó la noticia de que estábamos allí, pues
de repente comenzamos a escuchar a una mujer que llamaba a Jesús desde la
calle. Al parecer, por sus dichos, sabía perfectamente quién era él, pues lo
llamaba Hijo de David. Sus gritos desgarrados pidiendo compasión me cerraron la
garganta y ya no pude probar bocado, no me pasaba nada. Ella solicitaba que Jesús
sane a su hija, ¡que no estaba allí!, pues estaba poseída por un demonio y este
la estaba atormentando terriblemente. A Jesús, no entiendo bien por qué, no se
le cerró la garganta para continuar con la comida, sino que hizo oídos sordos y
la ignoró. La multitud de vecinos no tardó a acercarse y nosotros ya estábamos
nerviosos y cansados de tanto griterío. Por el patio interior de la casa
salimos a un pasillo que nos permitió retirarnos sin ser vistos. Eso creí hasta
que un “¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí!” nos sorprendió. Era la
misma mujer que corría hacia nosotros, y antes de que pudiésemos reaccionar, se
arrojó a los pié de Jesús, le abrazó las rodillas con todas sus fuerzas, no las
soltaba, no lo dejaba mover. Sus lágrimas de dolor le habían desfigurado el
rostro. “¡Señor - le decía - mi hija sufre terriblemente por estar endemoniada,
por favor, sánala!” La gente de la zona no tardó en rodearnos, todos estaban
expectantes de lo que sucedería. Nos miramos entre nosotros y decidimos decirle
al Señor que atendiera a sus ruegos para evitar mayores escándalos y nos
respondió que él había sido enviado a las ovejas perdidas de Israel, no a los
gentiles. La mujer escuchó esa respuesta, pero no lo soltó y no dejó de
insistirle que sane a su hija, sino que le suplicó, nuevamente a los gritos,
que la ayudara. El Señor la mira y el diálogo que se desata es increíble. Lo
siguiente es lo más fiel a lo acontecido que recuerdo.
-
No
es correcto quitarle el pan a los hijos para dárselos a los perros - le dice
Jesús.
-
Es
así, es verdad lo que dices Señor- le responde ella -, pero también es verdad
que siempre caen migas al piso, migas que lo perros que están en el lugar y en
el momento justo comen y así, también ellos y sin que se lo impidan, disfrutan
del mismo banquete que los hijos.
Lo que continuó fue
explosivo. A Jesús se le iluminó el rostro, su sonrisa se mezcló con el gesto
de gozo que le produjo esta respuesta y le dijo:
-
¡Mujer,
qué grande es tu fe!, vuelve a tu casa en paz que tu hija está libre.
Al escuchar esto, la mujer mira a
Jesús directo a los ojos y veo la expresión de total alegría y completa paz de
su cara, sus lágrimas parecían diamantes que regalaban miles de arco iris a
todos los que allí estábamos. Sin decir palabra alguna, no creo que pudiese
haber articulado alguna, se alejó corriendo hacia su casa.
No habíamos terminado de salir de
Tiro que nos llega la noticia de que al llegar a su casa, esta mujer encontró
que su hija estaba libre y, como no había ocurrido en tantos años, recostada tranquila
en su cama.
Es asombroso, una extranjera había
comprendido mucho antes que nosotros el ejemplo de la fe y el grano de mostaza.
Y caminamos de regreso los ochenta
kilómetros que nos separaban del mar de Galilea.
Elbio R. Lezchik
sábado, 23 de febrero de 2013
EVA
No tengo con quien hablar. Estoy sola. Mi interior se
revuelve de tal manera que me tira al suelo. Me abate, no tiene piedad de mí.
Lo tenía y lo dejé ir; no quise luchar. Tenía las garras afiladas y destructoras
dentro de mis puños, pero no las usé. Me fallé, le fallé.
¿Qué me pasó? No lo entiendo.
Soy fuerte. Cuando tomo una decisión tengo lo necesario para
respaldarla, no solo en fuerza física, sino con entereza de ánimo y firmeza de
carácter. Si cedo, no es por debilidad, sino por sabiduría a fin de esperar los
tiempos justos y oportunos.
Pero no usé de ellas. Yo misma me engañé. No quise estar
sola. Lo obligué.
Él no puede resistirse a mis encantos. Soy la perfección de
la creación. Toda la esencia de Dios está en mí. Dios es hermoso y me trasladó su
hermosura. Dios es un poderoso guerrero y me trasladó la fiereza y las astucias
de ese oficio. Dios es todo amor y me llenó de él para que lo dé, pero me dio
la libre elección de elegir a quien y cuando. Sé seducir.
Él es fuerte. Cuando toma una resolución, nada lo hace
retroceder. Su corazón late con fuerza frente a los desafíos. Sabe tomarlos, le
gusta tomarlos. La imagen de Dios es total en él. Es bello cuando sus músculos
están tensos a causa del trabajo. Su bravura atemoriza cuando enfrenta a los animales
para dominarlos y domesticarlos. Cuando sale de caza, la presa no se le escapa.
Cuando me abraza, su olor me embriaga y me rindo con placer en sus brazos.
Junto a él estoy segura. No quise quedarme sola.
Me di cuenta que quiso engañarme y me supuse más astuta. Le
seguí el juego. Juego de palabras. Sólo eso. ¿A quién le puede hacer daño
algunas palabras?
Me probó en mi astucia y me gustó. Me desafió y lo acepté. Si
yo soy la perfección, ¿no sabe que no tiene chances de ganarme?
¿En qué momento abandoné la lucha?
Me envolvió con sus palabras. Eran suaves, llenas de lógica.
Atacó mis convicciones con dulzura, minó mi interior sin violencia. No me hizo
doler. Le obedecí.
Él estaba a mi lado y como si yo no le importase presenció
todo esto. No hizo nada para ayudarme. ¡Nada! Cuando cedí, no salió en mi defensa.
Él también dejó guardadas sus garras. ¿Por qué? Todavía no me animé a preguntárselo.
También cayó. Yo lo tumbé, yo lo empujé, no se resistió.
Estamos solos y tengo frío. Es raro. Nunca antes lo había
sentido. Él también tiene frío; está temblando. Nos cubrimos con hojas, pero el
temblor sigue. No es de afuera, el frío es de adentro. Algo murió. Algo se
apagó.
Elbio R. Lezchik
sábado, 9 de febrero de 2013
El Estadista
La visa de extranjero y la
identificación como periodista me permiten conseguir, sin dejar de valorar la
ayuda que brinda el color verde de los billetes que le ofrezco, un guía fiable
que me lleve a través de las imbricadas calles de Jerusalén hasta la residencia
del gobernador. El Jeep descapotado se abre paso a bocinazos entre la
muchedumbre que toma las calles como senda peatonal, los animales de carga que
llevan mercancías a los puestos del mercado, los demás vehículos que nos imitan
y el olor a sahumerios y especies que llena el aire. Hay alegría, se nota en
los rostros, en las voces y en la febril actividad citadina. Esto es algo que
como occidental no lograré comprender. ¿Cómo se puede vivir así en una ciudad
asentada sobre un polvorín y rodeada de enemigos que solo desean su mal?
Llegado a la residencia soy conducido
inmediatamente a una pequeña sala donde me ofrecen jugo de dátiles para
acompañar la breve espera “por retrasos de agenda” del gobernador.
Jerusalén aparece ordenada en sus
nuevas construcciones y su nuevo muro exterior impresiona. Ha recuperado
rápidamente su protagonismo regional luego de más de 70 años de estar en
ruinas, tiempo en que los pocos habitantes que quedaron luego de la gran
deportación fueran abandonados a la buena de Dios. Durante ese tiempo las
regiones próximas crecieron en poderío militar y político, pero siempre sujetas
al orden establecido por el poder central, poder que se respeta a todo lo largo
y ancho del reino. Los sátrapas tienen mano de hierro y todos lo saben. Pero
hoy Jerusalén es otra. Ha cambiado el eje del endeble equilibrio entre la
guerra y la paz. Hoy sus vecinos la respetan.
Me hacen pasar al despacho del
gobernador y éste me recibe con un fuerte apretón de manos. Su porte irradia
respeto. Alto, ancho de pecho, su tupida y prolija barba canosa contrasta con
su reluciente calva. Tiene ojos chicos, oscuros, semi cerrados, como si siempre
estuviera oteando el horizonte para adelantarse a los hechos, atentos para no
perder detalle. Me saluda en mi lengua, quedo perplejo. Luego me explicaría que
es políglota.
El centro de la ciudad es el lugar
más importante intramuros. Allí está el Templo, o lo que quedó de él luego de
que le prendieran fuego durante la invasión. Todas las tardes se frena la actividad
comercial y el pueblo, desde los niños a los ancianos, asiste al oficio
religioso. El sacerdote se llama Esdras, es un erudito en la Ley de Dios, y
junto a sus ayudantes comienza a leer en voz alta los estatutos y mandamientos
de Jehová. Asombra el silencio. Todos están atentos para no perderse ninguna
palabra. Me asignan un lugar para observar a fin de no interrumpir la liturgia.
Luego de la lectura, el sonido de los instrumentos musicales llena todo el
aire. De detrás del altar donde sacrifican los animales, un coro multitudinario
vestido uniformemente con ropas finísimas entona cantos de alabanza a Dios. Las
canciones que componen la liturgia son mayoritariamente poemas escritos por el
rey David, un gran rey que ha marcado profundamente la historia de este pueblo,
segundo desde el comienzo de la monarquía israelí que comenzara unos 550 años
atrás y luego sucedido por su hijo Salomón, autor de más de 3000 proverbios y
artífice del magnífico templo en proceso de restauración.
Le pregunto al gobernador el
significado de su nombre. Es común en los pueblos orientales nombrar a sus
hijos con un nombre que contenga un significado importante para los padres. Me
dice que Nehemías significa “Confortado por Dios”. Sus ojos no perdieron el
pequeño gesto de asombro de mi rostro al escuchar el significado de su nombre y
agrega:
-Esta ha sido mi experiencia con
Dios, alabado sea su nombre, durante toda mi vida.
Los primeros
pasos en política los dio al servicio del rey persa Artajerjes, allí se ganó el
privilegio de ser el asistente o “Copero” del rey. Me explica que este oficio
es considerado como uno de los de mayor confianza dentro del gabinete ya que
participaba en todos los actos y ceremonias de la corte en que hubiera banquete
o comida habitual. Debía permanecer siempre al lado del soberano y estar
pendiente de suministrarle cualquier líquido que ordenara.
En la Secretaria de Estado, busco el
despacho del sub secretario de Protocolos Internos. Me presento y le solicito
que me permitan ver el manual de funciones del puesto “Copero del Rey”. El sub
secretario, de nombre Nahum, accede de buen gusto y me facilita el acceso a una
pequeña sala de lectura para que pueda buscar la información que necesitaba
para esta nota. Allí me entero que ser copero no es para cualquiera. Bajo el
título “Carácter” se describe que la persona que ejerce este oficio debe tener
una higiene cuidada y ser muy discreto porque no se le permite dar risotadas o
realizar comentario alguno de lo que escucha. Debe servirle y traer la copa al
Rey con mucha gracia, resalta.
-Ese día estaba realmente mal, no
podía lograr la compostura adecuada de ánimo para trabajar como corresponde
delante del rey - me cuenta Nehemías al preguntarle sobre cómo llega a la
gobernación de un territorio tan alejado de la capital del reino.
-Tres meses antes por la mañana -
continúa relatando - mientras preparaba
todo para el día de trabajo, recibo la visita de uno de mis hermanos y varios
de mis compatriotas recién llegados de la ciudad de Jerusalén. La alegría que
tuve al verlos es inexplicable. Habían pasado más de veinte años desde la
última vez que estuvimos juntos. Luego de los saludos y de secarnos las
lágrimas, les pregunto por mi querida ciudad y por el resto de la familia,
estaba ávido de noticias y la respuesta me demolió. Los que aún viven allí la
pasan muy mal, me dicen, estamos aterrados a causa de nuestros enemigos, el
muro perimetral está derribado y todas sus puertas quemadas a fuego. Cuando
escuché estas palabras, solo atiné a sentarme pues me daba vueltas la cabeza.
No lo podía imaginar ni creer. Estallé en un llanto tan profundo, que mis
colaboradores vinieron alarmados a tratar de tranquilizarme. Convinimos con mi
hermano y los demás hacer duelo por varios días, ayunar y orar al Dios de los cielos,
alabado sea su nombre, para suplicarle su favor. Lo que nos estaba sucediendo –
continúa -, era el cumplimiento de lo advertido por nuestro Dios, alabado sea
su nombre; le habíamos dejado, la sociedad en su conjunto se había corrompido,
no supimos separarnos de las costumbres de los pueblos vecinos sino que las
copiamos, nos olvidamos de sus mandamientos, preceptos y estatutos por lo que
Él cumplió con sus advertencias.
-En medio de este duelo y
desesperación – dice - recordé que Dios, alabado sea su nombre, había prometido
que si nos arrepentíamos de verdad nos devolvería nuestra tierra y que le dijo
al profeta Jeremías que este cautiverio duraría 70 años, y ya faltaban pocos
para que se cumplieran, así que oré al Dios de los cielos, alabado sea su nombre,
confesando nuestros pecados y solicitando su
misericordia.
-Imaginar a la ciudad en ese estado
me oprimía el pecho – relata-, me costaba conciliar el sueño durante las
noches. En esas vigilias comencé a preguntarme qué podía hacer desde mi lugar.
Si bien los planes de Mardoqueo habían sido desbaratados, los enemigos de los
hebreos seguían vivos y el peligro de que la ciudad sea atacada seguía latente.
Otra cosa que me desvelaba era la falta de unidad entre el pueblo, las luchas
internas por el poder eran devastadoras, pues varios de los grandes estaban
aliados con los árabes y con los samaritanos. No amaban a su pueblo ni a su
Dios. Consideré que con cartas de apoyo del Rey podría reconstruir los muros de
Jerusalén. Esa idea me hacía latir con más fuerza el corazón y oré al Dios de
los cielos, alabado sea su nombre, para que me conceda buen éxito y me de
gracia delante del soberano para hacerle mi petición. Aún en duelo continué con
mi trabajo a la espera del momento oportuno para hablar.
Un sirviente ingresa a la sala con
jugos de frutas y sorbetes y Nehemías se para y se dirige a los ventanales que
dan al jardín interno guardando silencio pierde la vista en el infinito como
para revivir lo pasado y aclarar el relato.
La belleza de los jardines orientales
no tiene comparación, sus simetrías, sus colgantes, la combinación de colores y
texturas, los olores de las flores y las ornamentaciones de un gusto por demás
de exquisito los hacen únicos. El ingreso está presidido por un gran portal de
dos hojas de hierro forjado, sus anchos dinteles están pintados de un azul
brillante con hermosos dibujos en oro y púrpura. Todo el jardín está cruzado
por bien diseñados caminos que pasan debajo de arcos ricamente artesonados y
todos ellos, sin faltar uno, tienen inscriptos su interior con bellas letras en
oro las leyes de Dios, sus estatutos y mandamientos. También están escritos los
salmos que compuso el rey David y los proverbios de su hijo Salomón. Natán, el
jefe de jardineros que me guía por este paseo, me comenta que este es el mejor
lugar para disfrutar de la paz, el silencio y adquirir sabiduría.
-
Todos
los días el gobernador dedica un tiempo antes del inicio de su jornada a pasear
por él, dice que allí se encuentra con Dios –me dice por lo bajo.
Luego de saborear los sorbetes la
entrevista continúa. Reviso mis notas para darle el pié, pero el gobernador no
lo necesitó. Su memoria es extraordinaria.
Nehemías me explica que si bien la
mayor parte del día estaba junto al rey, a causa del protocolo persa no podía
dirigirle la palabra si él no se lo pidiese y no podía mirarle directamente a
los ojos. Todo el servicio debe prestarse con los ojos bajos y la cabeza gacha.
-El tiempo pasaba y mi agonía se
hacía mayor - continúa relatando -. Una tarde mientras los secretarios
despedían a unos embajadores y se acondicionaba la sala del trono para la
próxima entrevista, el rey se dirige directamente a mí y me pregunta el motivo
de mi semblante caído. Miro a la reina Ester que estaba a su lado y con los
ojos me hace una seña para que hable con confianza. Elevo en mi mente una
oración al Dios de los cielos para que me dé las palabras justas y le cuento
todo desde la visita de mi hermano, mis ayunos, duelos y el anhelo de mi
corazón. El rey me escuchaba atento. Al terminar de hablarle bajo mis ojos para
esperar sus órdenes, y tras un breve silencio me pregunta cuánto tiempo me
llevaría realizar lo que quería y cuando volvería a tomar mis funciones en
palacio. La respuesta le satisfizo y me dio los permisos que necesitaba para
armar el viaje, la compañía y las credenciales del reino para ejercer autoridad
y solicitar al Tesorero de esa región todos los materiales que necesitase.
Al llegar a este punto del relato, el
gobernador se detiene. Noto lágrimas en sus ojos; sus labios están apretados.
No es tristeza, su rostro esta rutilante y hasta parece que hubiesen desaparecido
sus arrugas. No hablo, no pregunto, solo lo dejo con sus recuerdos.
-Dios ha sido muy bueno conmigo y con
su pueblo - continúa de repente -. Desde que puse mi pié en esta tierra, las
intrigas se comenzaron a tejer contra mí pues por el solo hecho de llegar y
desear el bien de Jerusalén me había convertido en el principal enemigo y
objetivo a destruir de todos los pueblo que nos rodean. Los espías entraban y
salían amparados por algunos de los principales de la ciudad ya que su lucro
provenía de mantener el status cuo situacional. Intentaron matarme varias veces
preparando emboscadas en lugares que debía pasar o me invitaban a reuniones
bilaterales para tratar diversos asuntos de la región, pero siempre me llagaba
el aviso de sus intenciones y no dejé, con la ayuda del Dios de los cielos,
alabado sea su nombre, que me atrapen en sus redes. Mientras tanto la obra
avanzaba, casi no dormíamos, pues de día trabajábamos en la reconstrucción del
muro y de noche hacíamos guardia. Organicé al pueblo por familias y le indiqué
en qué parte debía trabajar cada una. Allí se trabajaba, se comía y se hacía
guardia. No me cambié las ropas durante todo ese lapso y terminamos la obra en
cincuenta y dos días, menos de dos meses. La gente dice que esto fue increíble,
pero yo les digo que no, sino que fue milagroso, la mano del Dios de los
cielos, alabado sea su nombre, estuvo con nosotros y nos dio las fuerzas y
velocidad necesarias para hacer esta proeza. A ninguna nación de las que nos rodean
le quedan dudas de que fue Él el que hizo la obra.
Me quedo meditando en esa hazaña,
trato de imaginar al pueblo en la febril tarea de remover piedras, limpiar el
sector que le corresponde a cada uno, acarrear madera, elevar y alinear los
nuevos bloques que pesan casi una tonelada cada uno, montar guardia, hacer
vigilas interminables....
-¿Cómo logró hacer que todo el pueblo
trabajase y se lograra ese record? - le pregunto.
-Ya se lo dije en varias
oportunidades durante mi relato - me responde-
- El Dios de los cielos, alabado sea
su nombre, fue quien nos dio las fuerzas necesarias para iniciar y acabar esta
obra.
- Pero Dios no se ve y usted era en
ese momento el líder visible - le cuestiono -, ¿qué hizo para que el pueblo lo
siga?
-Tuve planeado todos los detalles,
sin faltar alguno, desde el momento en que elevé a Dios, alabado sea su nombre,
mis oraciones a favor de mi pueblo y mi ciudad, y además me propuse ser ejemplo
- me responde -, no hice uso de mis privilegios de gobernador, trabajé a la par
del pueblo y juzgué con rectitud.
- Vaya que fueron tiempos duros -
observa por lo bajo, y entornando los párpados se tira para atrás en su sillón
como reviviendo esos días.
- Al llegar a Jerusalén – continúa -,
no le revelé a nadie mis planes; los tres primeros días los ocupé en saludos y
visitas ya que nuestra comitiva despertó mucha curiosidad y evaluar de primera
mano la situación social reinante. La noche del tercer día, cuando todos dormían
salí a recorrer las ruinas del muro y evalué a la luz de la luna todos los
daños. Mi cabeza sacaba cuentas del material que se necesitaría y de la
cantidad de mano de obra que debía reclutar. Al otro día reuní a los jefes de
familias y demás líderes y les comenté cómo el Dios de los cielos, alabado sea
su nombre, había sido propicio conmigo y cómo había arreglado todas las cosas
del viaje, les informé que tenía las instrucciones necesarias para reconstruir
el muro y los animé a poner manos a la obra. Quedaron perplejos y salvo los que
estaban confabulados con nuestros enemigos, el pueblo entero estalló en gritos
de alegría y alabanzas a nuestro Dios. El Dios de los cielos, alabado sea su
nombre, me confortó en todo ese tiempo dándome ánimo y entereza de espíritu
para llevar a cabo toda la obra.
Un sirviente ingresa al despacho de
gobernador y se da por concluida la entrevista. Le estrecho la mano y le doy
gracias por su tiempo, me saluda con la paz del Señor, el “Shalóm”, y como corolario me solicita que
cuando revise mis notas y escriba esta entrevista no olvide lo más importante
de todo lo acontecido. Le miro para entenderle pero no lo logro.
-
Lo
más importante – dice - es que con Dios, alabado sea su nombre, todo es posible.
Y con una sonrisa y un leve gesto de
su cabeza cierra la puerta de su despacho.
El secretario del gobernador me
acompaña hasta las escalinatas de la residencia. El ritmo febril de la ciudad
me golpea. El Jeep con mi guía me estaba esperando y me lleva de regreso al
hotel. Mientras recorremos las calles puedo ver a lo lejos la silueta del muro
de la ciudad. Debo reconsiderar mi relación con Dios.
Elbio R. Lezchik
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