lunes, 8 de febrero de 2016

LO QUE VI - Ensayo



LO QUE VI, ESO LES CUENTO


Juan mismo, en su evangelio, cuando lo está terminando, escribe: “hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuáles no están escritas en este libro”.

Yo me lo imaginaba a Juan hablando en las iglesias, viajando, predicando, teniendo su machete, su evangelio, o no, pero cuando se paraba a hablar con la iglesia de ese lugar, el comenzaba a soltar cosas, cosas que no estaban escritas. Lo dice en su evangelio: “Jesús hizo muchas otras cosas, las cuales no están escritas”

Y en el verso 25 del Cáp. que le sigue, dice: “hay también otras muchas cosas que Jesús hizo, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”

¿Qué decía Juan?
Muchachos hay más. No es solo esto. Esto es algo. Esto es lo que escribimos. Y esto que hemos escrito, o el evangelio que escribí, diría Juan, o la carta, que escribí, la he escrito para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre.

Hay más. No es solamente lo que esta escrito, hay más.

¿Por qué la gente, o tal vez personas allegadas a su familia, conocidos del trabajo, van a una curandera? ¿Por qué recurren a un parapsicólogo o a una bruja?
¿Porqué la gente busca ayuda en lo que no es Dios? ¿Por qué?

Juan se para frente a la iglesia y les dice: muchachos, hay más. No es solamente esto. Yo vi, yo viví, yo toqué. Hay más, y eso es lo que les quiero contar.

Una respuesta que tengo a estas preguntas es: que los que nos rodean no saben que hay un Dios. No saben que hay un Dios poderoso. Y que muchas iglesias y congregaciones no saben quien es su Dios en toda su potencia. En un modo lo conocen, por eso se llaman cristianos, ¿pero recuerdan a Job?

La historio de Job os dice que era un tipazo, una excelente persona. De su época, lo mejor. Le paso lo que le paso, y todo lo escrito en el libro de Job, porque era buen tipo. No había nada en contra de el. Pero al final de todo lo que paso, en el cap 42:5 dice Job hablándole a Dios: “de oídas te conocía”. Otra traducción dice: “lo que se lo sé porque lo había escuchado”

Muchos cristianos viven hoy conociendo a un Dios del cual han escuchado, del cual han leído. Igual que Job. Y muchos de esos cristianos son excelentes personas, excelentes hombres, excelentes mujeres, excelentes madres, excelentes padres, excelentes hijos. Insertados en la sociedad. Bellísimas personas conforme a lo que Dios dice. Pero están en la misma, están como Job. De oídas. Yo te adoraba, te servia, te respondía en base a todo lo que me habían dicho. Pero ahora mis ojos te ven. Ahora lo sé por experiencia.
Eso marca un antes y un después en la vida de un cristiano.
Lo que yo vi, lo que yo oí, lo que yo toque respecto a quien es mi Dios, es lo que les quiero contar.
Entonces hoy, mi charla será contar mi experiencia con Dios, mi testimonio resumido a un área muy especifica. ¿Por qué? Porque hay más. Hay más de lo que ustedes saben. Hay más de lo que ustedes oyeron.

David en el salmo 136 dice: alabad a Jehová porque es el único que hace maravillas.
Y mi experiencia con Dios y sus maravillas, es lo que quiero comentarles en primer lugar.

Era niño cuando asistí a una campaña evangelistica en Rosario. El predicador era Morris Cerullo. Las reuniones que se realizaban eran muy grandes. El estadio se llenaba por completo. Y el escenario estaba en un arco. Recuerdo que estaba con chicos de mi edad, jugando y haciendo lo que todo niño de 8 o 10 años hace cuando se juntan en grupo, y la reunión va para largo.

En un momento, el pastor comienza a orar a Dios por sanidad de las personas que habían pasado para eso. Luego de la oración, una señora se acerca a los colaboradores, habla con ellos, y la hacen subir a la plataforma. Esa señora tenia un niño de aproximadamente dos años en brazos. El niño era ciego. La madre desesperada, llorando, subió para pedir oración. Lo recuerdo al pastor Cerullo orando y antes de que termine su oración, recuerdo al chiquitín queriendo agarrar el micrófono. Ese niño recibió la vista.
Ese el es poder del Dios que yo vi.
Tenía alrededor de 18 años, y fuimos a un campamento a un pueblo llamado Arroyo del Medio, a un lugar de retiros de Evangelismo de Cosecha. El predicador era Peter Warner.
En una tarde, comenzó a hablar y de repente se frena, llama a una de las chicas de mi iglesia. Esta chica tenia problemas de cadera. La hace sentar, recuerdo, en una silla, le indica que se ponga bien derecha, levanta las piernas del suelo en posición horizontal, y la pierna derecha era 4-5 cm más corta que la izquierda. Entonces Warner ora por esa chica. Yo me pare para ver. De repente, la pierna derecha comenzó a estirarse y a acercarse a la pierna izquierda, la sobrepaso un poco, y la izquierda la igualo de un tirón.
Yo lo vi.

En mi congregación, cuando era adolescente, éramos pocos. A causa de esto me toco en suerte la responsabilidad de dirigir las canciones de alabanza en el culto de los domingos. Y desde allí, no he cesado de estar en alguna actividad frente a la congregación.
Mi padre era pastor de un anexo cerca de casa, y yo estaba dirigiendo la alabanza acompañado de mi guitarra. Dentro del grupo, estaba una persona que padecía de asma crónico que le producía crisis respiratorias muy severas. Estábamos en medio de una reunión de alabanza hermosísima y esa señora fue sanada. El asma desapareció. Cuando termina la reunión la cuenta a mi mama que estaba bien, que respiraba bien, sin inconvenientes.
Fue evidente a todo ese grupo que en el momento que estábamos alabando y adorando a Dios, Dios la sano.
Hay más.

En ese mismo barrio, barrio Ludueña, en la ciudad de Rosario,  se hizo una campaña de evangelización. Y varios de los que estaban colaborando en la música y en la organización eran personas que vivían en ese barrio y se habían convertido a Cristo.
Oscar, el guitarrista era una persona que Dios había rescatado de las drogas, conocido por sus vecinos por sus grandes borracheras (antes de conocer a Jesús, valga la aclaración).
Era un excelente guitarrista.
Entonces, mientras Oscar estaba en la plataforma acompañando al que dirigía el canto, se acerca un tipo medio borracho, y comienza a gritarle. Se acoda en al plataforma y continua con sus epítetos contra él. Se conocían, habían sido compañeros de botella.  
Le decía con palabras arrastradas: eh, vos, que te crees, santito...
Oscar lo ignoraba, continuaba con la música. Pero el borracho seguía con sus gritos, y la gente que estaba alrededor, con un oído seguía al que dirigía, y con el otro no se perdía el espectáculo que se desarrollaba entre estos dos.
De repente, el borracho se sube a la plataforma, y se arrimo a Oscar y comenzó a insultarlo en voz alta. Le invitaba a pelear.
Mientras tanto, Oscar continuaba tocando la guitarra eléctrica blanca.
El borracho se indigna y levanta la mano para tirarle un trompadón. Cuando tiene la mano en alto comienza lentamente a caer de espaldas a la plataforma y ¡Plop! Queda de espaldas en el piso.
Entre dos lo bajan. Y cuando lo ponen en el césped, al borracho se le había pasado la borrachera, estaba totalmente lucido, manso, se quedo paradito escuchando toda la reunión, se escucho la predicación y acepto a Cristo como su Señor y salvador.
Dios protegió a Oscar.
En la ciudad de Pérez, cerca de Rosario, nuestra iglesia tiene un anexo. Y se decidió hacer una campaña de evangelización, de reuniones masivas. El pastor Hugo Cisero es quien estaba predicando. Al terminar la predicación del evangelio, comienza a orar por las necesidades de las personas y una señora levanta la mano, habla con los colaboradores, la hacen pasar a la plataforma, y cuenta que ella tiene un hijo pequeño de unos cuatro años, y cuenta que ese niño había nacido sin testículos. El día anterior ella había estado y habían oreado. Ella estaba entre la multitud de escuchas. Cuando llega a la casa se dio cuenta que el hijo tenia los testículos. Fue al medico y le mostró a su hijo que tenia los testículos. Además tenia todos los elementos probatorios para demostrar que antes, su hijo no los tenia. Todo el barrio conocía el problema de este niño, por lo que  esta mujer le comento a todos ellos que la noche anterior, Dios le había creado los testículos a su hijo.
Hay más. Hay mucho más de Dios que lo que ustedes hayan visto, oído o leído.

Con el grupo de jóvenes fuimos a una iglesia donde el pastor había comenzado a trabajar con chicos drogadictos. Y lo dirigía un joven que había salido hace poco de la cárcel por tenencia  y trafico de drogas, y allí había conocido a Cristo como salvador.
Fuimos con el grupo, y luego de terminar las actividades que teníamos programada, se me acerca un joven, muy drogado, voladazo, que quería hablar con migo. No articulaba bien las palabras, me costaba entenderle. Aparte, mi experiencia con este grupo de personas era totalmente nula, por lo que no tenia la menor idea de cómo tratarlo. Lo que si recuerdo es que ese muchacho quiso que oremos juntos. Nos vamos a un costado tranquilo y oro por el. Oro para que Dios lo sane, por su salvación, y el chico se va.
A la semana siguiente, el líder de esos jóvenes me comenta que ese muchacho por el cual habia orado no me quiso comentar lo sucedido, pero mientras estábamos orando, el efecto de la droga se le había ido. Y no solo eso, sino que me explicaba que se había inyectado hacia solo media hora. Se inyecto y se fue para la reunión. O sea, que el efecto de esa droga tenia que haber pasado varias horas después. No era normal lo que aconteció. Le asombro como,  luego de terminar la oración estaba completamente lucido.
Dios le saco la droga de la sangre.

En la iglesia que asistía cuando era adolescente, la Santa Cena se hacia una vez por año. Y la costumbre era juntarse de varias congregaciones a celebrarlas juntos. Como cada congregación la hacia también una vez al ano, resultaba que teníamos varias reuniones de santa cena al año, pero siempre en congregaciones distintas. La rutina de la celebración era que luego de que participaban todos los miembros, se juntaban en la plataforma todos los pastores que habían concurrido y los diáconos, y participaban ellos de la Santa Cena. Luego de tomar el pan y la copa, se arrodillaban en circulo y oraban a Dios, mientras toda la congregación también oraba.
Yo estaba parado mirando desde el fondo del salón lo que pasaba en la plataforma. Y veo que desde una ventana que estaba en lo alto de la plataforma baja un haz de luz que ilumina la cabeza de todos los pastores. La hora del día y el sol no coincidían para que entre luz por esa ventana. Lo cierto es que la cabeza y los cabellos de los pastores mientras oraban, resplandecía de un modo espectacular. Esa visión quedo grabada en mi retina.

Para Viviana, mi esposa, el tercer embarazo fue bastante complicado. Los últimos meses debió pasarlos en cama, en reposo absoluto. Ella, por causa de que vivamos en Rafaela y no teníamos familia allí, debió mudarse con mis dos hijos a Rosario, a casa de mis padres.
Un domingo llega invitado a almorzar un pastor que estaba realizando una serie de reuniones especiales en Rosario llamado Alberto Romay. Luego de comer comenzamos a hablar y decide orar por el embarazo de Viviana. Durante la oración siente como se reacomoda el bebe en su vientre, y desde ese momento, no tuvo mas problemas hasta el momento del parto.

Mi papa, durante muchos años fue taxista. La economía en casa estaba complicada, y aun los domingos, luego de la reunión, mi papa salía a trabajar por algunas horas para tener dinero para el combustible de la mañana y los gastos de ese día. Fue una noche mala, no recaudo casi nada, por lo que no pudo cargar combustible para el día lunes. El taxi que tenía era un Dodge Coronado de seis cilindros. Llego a casa mal, dejo un poco de dinero a mi mama para lo mínimo del lunes, y al acostarse le pide ayuda a Dios, que le concediese un viaje corto a los fines de recaudar algo para cagar combustible y así, de a poco ir trabajando.
Sale a la mañana, y en la esquina de casa toma un viaje, al dejar el pasajero, se dirige a una estación de servicios para cargar combustible con lo recaudado. Cuando el playero comienza a cargar, el automático de la manguera salta, no entra el combustible. Esta lleno, le dice el playero. Mi papa lo mira de reojo y le dice “no”. Intenta otra vez y lo mismo. El tanque esta lleno le repite el playero. Perdon, dijo mi papa y se fue manejando. Frena a los pocos metros y comprueba que en verdad, el tanque de combustible estaba lleno, a rebosar. Mi papa trabajo todo ese día sin cargar combustible, por lo que todo lo recaudado se utilizo para las necesidades de la familia, y aun parte del otro día.

Mi padre nació en un pueblo llamado El Colorado, en la provincia de Formosa, en el norte de Argentina. De familia ucraniana, a los doce años viajo a Buenos Aires para iniciar su carrera militar. En ese entonces la opción era, trabajar en la chacra o ingresar en el ejército. El trabajo de la chacra era escaso, por lo que no tuvo mejor opción que la segunda.
Entonces, desde su adolescencia, vivió lejos sus cosas y de su familia, ya que podía, por causa de su escaso dinero, visitarlas una vez al año, cuando tenia sus vacaciones.
En uno de esos viajes, siendo ya sub oficial del Ejército Argentino, se conoce con mi mamá.
Mi mama viene de familia cristiana evangélica, siendo mi abuelo materno un hermoso pastor de la ciudad de Rosario.
Resulta que se ponen de novio, mi mamá cristiana, mi papá nada que ver, y así transcurren los primeros dos años de noviazgo. Mientras tanto, mis abuelos maternos se la aguantaron. Y desde el día que les anunció su noviazgo con este militar, mis abuelos comenzaros a orar por mi papá. Todos los días, todas las noches.
Pasaron dos años de noviazgo viniendo mi papa a Rosario los fines de semana, pues en ese entonces estaba destinado en la ciudad de Paraná, Entre Ríos, y la acompañaba a las reuniones de domingo, pero hasta la puerta de la iglesia, allí se quedaba , y al finalizar la buscaba y daban una vuelta por el parque. Imaginen la rutina de los noviazgos en la década de 1950.
Por ese tiempo mi papa quería formalizar el matrimonio, y quiso definir la fecha del compromiso. Y mi mama le dijo que no. Mientras él no sea cristiano ella no formalizaría su matrimonio. Comienzan a discutir fuerte y en el fragor de la discusión saca la pistola reglamentaria y se la coloca en la cabeza, amenazándola de muerte. Si no te casas con migo, te mato, le dice.
Matame, le responde mi mamá, pero si vos no sos cristiano, yo no me caso.
Mi papa murió en el año 2005 en un choque múltiple en una autopista, yendo junto a otros pastores a una convención. Dios le había puesto un corazón pastoral bellísimo. Pero esto fue a causa de que mi mama, apoyada por sus padres en oración, tomo una decisión y se mantuvo firme, y Dios respondió a esas oraciones, nada más. Y Dios respondió en apoyo a una decisión.

Yo no tengo casa propia, sino que alquilo.
Estuvimos viviendo en muchas ciudades a causa de mi trabajo, y desde el año 1996 estamos en Villa María.
Un par de meses atrás mi hermana menor me dice que averigüe en el Banco Nación que daban unos prestamos para la compra de vivienda muy buenos. Averiguo y no es así, sino que los montos mensuales de la hipoteca son imposibles de pagar para mi. Esto me entristeció y me causo pesar.
Algunos días después, hablaba con un amigo cristiano y me dice que unas noches atrás el estaba orando por mi, y que Dios le dijo que no te preocupes por tu casa. Que no te aflijas.
El tema es que el no sabia nada de esto. Pero Dios sí había escuchado, Dios sí había oído mi corazón y mis pensamientos no le fueron ocultos. Entonces envió a otro a consolarme y a decirme que el lo sabe todo y que tiene cuidado de mi.
Lo que yo vi, lo que yo viví, lo que yo palpe, eso les estoy contando.

Mi esposa Viviana se hizo cargo de un curso bíblico para que los niños y adolescentes reciban, al concluirlo, una biblia de regalo.
En una de las clases donde desarrolla el tema de confiar en Dios, Viviana coloca al final un espacio para que los chicos escriban una petición especial a Dios. La pregunta era ¿Qué le pedirías a Dios?
La gran sorpresa fue que una niña escribe “quiero conocer a mi papá”. Cuando Viviana me lo cuenta, lo pongo en mi lista oración.
Esta niña termina el curso y Viviana le entrega su biblia como premio. Al finalizar la reunión, esta niña la llama y le dice: “sabe seño, conocí a mi papá”
Hay más de Dios.

Pero muchos más.
El salmista estaba en lo cierto cuando escribe el salmo 136, que en esa época no tendría ese número, pero lo conocemos asi. En el verso cuatro dice: solo Dios hace grandes maravillas.

Esta es mi experiencia con Dios relacionada con sus maravillas. 
Pero también tengo mi experiencia con Dos relacionada a sus dones y ministerios. En el libro de primera Corintios cap. 12 habla que Dios le ha dado a su cuerpo, a la iglesia, dones y ministerios, o habilidades según otras traducciones, con el propósito de ayudar, con el propósito de hacer crecer, con el propósito de perfeccionar, con el propósito de que la cosa funcione y que se sepa quien es Dios. Que se sepa que hay más.

Respecto a eso, yo hablo en lenguas. Cuando hablo con Dios, hablo con mi lengua y mi entendimiento, pero hay un momento en la oración que mi espíritu quiere expresarse, y allí doy paso al hablar en lenguas espirituales. Dios y mi espíritu se entienden.
Pocas veces lo hago en público. Lo hago cuando hay alguien que interprete lo que digo.
Soy adorador. Me defino como adorador. Desde los 13 años, que por obligación debí estar al frente de una congregación para llevarlas a adorar a Dios, que aprendí a depender del Espíritu Santo para adorarle y llevar a la iglesia hasta su trono en adoración. Y allí aprendí que ser un adorador y adorar es una cuestion de actitud, no de cantar canciones con ritmo lento o con palabras bonitas.
A mi me gusta derramarme delante de la presencia de Dios y llevar a la congregación a ese lugar, para contemplar juntos la grandeza de nuestro Señor.

Soy intercesor.
Intercesor es aquel que se pone delante de Dios a favor de otras personas. Y el testimonio de esta niña que conoció a su papa es resultado de una labor de intercesión.

Soy predicador. Estoy predicando.
Y cada vez que lo tengo que hacer, pregunto al pastor que me invita que tema quiere que desarrolle, pero si me dicen : el que vos quieras, el que Dios te indique, para mi significa una carga especial, porque lo que a mi me interesa es buscar a Dios y tener de él la palabra justa y adecuada para esa congregación en ese momento.  No me interesa tomar un libro y decir cualquier estudio bíblico, o buscar mis predicaciones y repetir alguna de ellas.
No me interesa eso. A mi me interesa conocer el corazón de Dios que los conoce a ustedes en este momento y que sabe que es lo que ustedes necesitan.
Por eso les digo: hay más.

Pedro tiene una visión de una sabana que baja del cielo llena de animales vivos, bastante asquerosos para él. Y Dios le enseña a traves de eso, que no tenia que hacer diferencia entre las personas.
¿Por qué paso esto? Porque había un señor de nombre Cornelio que amaba a Dios a pesar de ser soldado romano. Y tenia buen testimonio delante de todos los judíos que Vivian en su ciudad.
Dios le ordena a Cornelio, a través de una visión,  que lo mande a buscar a Pedro.
Cuando Pedro obedece y llega a la casa de Cornelio, dice en Hechos .... que Pedro comenzó a predicarles y a contarles de jesús.
Yo me figuraba a Cornelio escuchando esa palabra con avidez. Tragando y haciendo carne cada cosa que escuchaba y en su corazón diciendo: “Dios, yo quiero eso, lo quiero..” Y mientras Pedro aun hablaba, cayó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban como en Pentecostés.
Dios le arruino el sermón a Pedro, le corto la predicación.
Y los fieles que habían venido con Pedro se quedaron atónitos al ver que también sobre los gentiles se derramara el don del Espíritu Santo. Porque los oían hablar en lenguas y glorificaban a Dios.

Yo creo que Cornelio decía: quiero más. Lo escuchaba a Pedro y decía: yo lo quiero ..., eso quiero. Y Dios respondió a su oración.

Lo que yo vi, lo que viví, lo que oí, eso les estoy contando, para que sepan que hay más. Que hay más de Dios, que hay más de su Santo Espíritu, que hay más de su poder, que hay más de sus milagros, que hay más de sus maravillas. Que hay mucho más de lo que está escrito y mucho más de lo que les han dicho.

¿Cómo va a saber la gente de nuestra ciudad que existe Dios si ustedes no lo muestran?
¿Cómo va a saber la gente que necesita de Dios que hay un Dios que sana, si la gente no se sana?
¿Cómo se va a saber en nuestra ciudad que hay u Dios que hace maravillas si estas no se ven?

En el libro de primera Corintios 2:9 dice: “cosas que ojo no vio, no oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman”

Más de lo que está escrito, porque no se podría escribir.
Juan en su retórica o en una metáfora dice: no existiría lugar en el mundo para escribir todo lo que hizo Jesús.

Más de lo que se puedan imaginar, es lo que Dios tiene preparado para los que aman a Dios en este tiempo.

Hay más.


Elbio R. Lezchik

miércoles, 31 de julio de 2013

Enrique



Dicen que sucedió cerca de la ciudad de Santiago del Estero, en un caserío donde reina la siesta y la buena vecindad. Y dicen que Enrique estaba bastante mal.

Antes de que el sol cayera a plomo sobre el monte, Enrique emprendió el retorno a su casa para almorzar y dormir la merecida siesta, luego de hachar un lote de algarrobos. El primer dolor en el vientre lo frenó en la tortuosa picada. Sus rodillas se doblaron y su frente sudorosa tocó el polvo reseco. Sus brazos se enroscaron sobre su abdomen como si tuvieran el poder de hacer cesar el dolor, ese espantoso dolor que lo abandonó luego de una larga agonía revolcado en tierra. Se levantó muy débil y lentamente continuó el camino a su casa.  

Y la madre lo vio, o más bien escuchó un grito en su interior que la obligó a salir al sol y correr hacia la picada para ver la angustia de su hijo.

Y el dolor volvió. Su vientre se hinchó y la fiebre competía con la temperatura del sol. Ya no quería ni tomar agua. A la siguiente mañana, envuelto en un dolor tremendo, Enrique murió.

Todo fue tan rápido, que la noticia de la rara enfermedad de Enrique aún no había recorrido toda la colonia, cuando la novedad de su muerte llegó a oídos de todos.

Murió Enrique y la compasión del pueblo se volcó hacia Doña Juana, su madre viuda, que no es muy mayor, pero el monte y la vida le marcaron tanto el cuerpo y el rostro, que todos los niños siempre la han llamado Nona Juana.

En la capilla se organizó el velatorio. Familiares, ninguno, ya no le quedan. Vecinos, todos y siempre cerca. Al caer la tarde cuando cede un poco el calor y las sombras se alargan, en procesión salen del pueblo hacia el cementerio. Sobre una chata tirada por dos caballos llevan el ataúd cerrado. Doña Juana no ve nada, camina por instinto, detrás del murmullo de las ruedas, rodeada por todos, con los ojos llenos de lágrimas, ciegos de dolor.

Y se golpeó contra la chata que frenó de golpe. Comenzaron los gritos, confusos, de ira, de terror. Y Enrique la llama.

Allí está Jesús con Enrique a su lado que corre para abrazarla. Y Jesús sonríe y se va.
  

domingo, 16 de junio de 2013

Mi peor experiencia con Dios



Dios y yo no pensamos igual. Cuando me indicó que viaje a tierra de nuestros enemigos para comunicarles que Él había decidido destruirlos, me negué y decidí irme lejos de la tierra de mis padres y lejos de Dios. No puede ser que deba rebajarme a presentarles la Palabra de Dios a esos incircuncisos y trabar trato con ellos. No, no lo merecen. Son gentiles, no son los elegidos. Además, la ciudad de Nínive y sus reyes siempre han sido nuestros enemigos, no son de confiar y no hay sentimiento más arraigado en el pecho de cualquier judío que el de desear su destrucción y su ruina eterna. 
Pero Dios no es judío y no piensa como nosotros. Y yo lo conozco. La historia de mi pueblo lo demuestra. Nosotros le desobedecemos, Él nos reprende, cambiamos por un tiempo, nos envía a uno de sus profetas para que entremos en razón, sino cumplirá con todo lo ha prometido si le abandonamos, nos arrepentimos un poco más y, como Dios es misericordioso y en el fondo no quiere nuestra muerte, sino que todo lo que hace es para nuestro bien, se arrepiente del mal que pensaba hacernos y nos perdona. Por eso yo no quise ir a Nínive. Si me escuchaban y se arrepentían, Dios les perdonaría y ellos seguirían vivos y la ciudad en pié y todo por culpa mía, por culpa de obedecer a Dios. ¿Con qué cara podría luego volver a mi tierra y a mi parentela? Por lo tanto decidí huir lejos de Dios.
No bien subí al barco, me escondí en la bodega. Mi corazón latía con fuerza esperando que los remos nos alejen de la costa y que los vientos del sureste llenen las velas. Cuando el oleaje comenzó a mecer rítmicamente la nave, suspiré con tranquilidad. Ya no tenía que estar tenso, había escapado de la presencia de Dios; me acomodé y me dormí profundamente.
Me sacudieron con tanta fuerza que no logré entrar en razón de donde estaba ni qué sucedía. Todo a mi alrededor daba tumbos, el ruido a madera que se quejaba era ensordecedor, el capitán que me sujetaba por los codos me gritaba  y reprochaba mi actitud.
-¡Clama a tu Dios! –me dijo-  ¡Quizás él nos salve!
Allí me di cuenta de lo que estaba sucediendo, como pude subí a cubierta y vi que los marineros estaban tirando por la borda lo último del bagaje y se reunieron aferrados al palo mayor para echar suertes a fin de saber quién era el responsable de esta rara tormenta que se había ensañado con el barco y la tripulación. Y la suerte me señaló a mí.
La furia con que me miraron no la puedo apartar de mi memoria. Me pidieron explicaciones, y como pude y a los gritos a causa del rugido del temporal, les dije que era judío y que huía de Dios porque no quería obedecer su mandato ya que no estaba de acuerdo con lo que él quería que yo haga.
El mar se embravecía cada vez más. El capitán animó a su tripulación a tomar los remos y tratar de llegar a la costa, pero los esfuerzos fueron inútiles, la tempestad era la que daba las órdenes en ese momento. Entonces les dije que reconocía que el culpable era yo, que me arrojen al mar y que la tormenta se calmaría. No me discutieron la propuesta, pues estaban de sobra convencidos de que yo era la única razón de esta calamidad. Recuerdo que el capitán oró a Dios reconociendo su poder y suplicando su misericordia para ellos, ya que eran sin culpa por lo que harían en ese momento, y me arrojaron al mar.
Las aguas me rodearon, la muerte me cercó, las olas tempestuosas se cerraron sobre mí y las algas me envolvían la cabeza. Descendí y descendí hasta las bases de las montañas, las puertas de la vida se cerraron ante mí y quedé cautivo en el reino de la muerte.
-¡Jehová, tú me has rechazado y me desechaste! –dije– ¡no volveré más a ver tu santo Templo!
Pero algo pasó. Algo me agarró, me apretó con fuerza y me arrojó a un lugar blando gelatinoso. Todo era silencio. La tormenta ya no existía. Tampoco la luz. Era como si el tiempo hubiera desaparecido. Sólo estaba yo con mis pensamientos. Trataba de poner en orden todo lo ocurrido a fin de darle a mi razón asideros para explicar esta locura que estaba viviendo. Cuando logré recomponer los hechos, estos me dejaron atónito. No hubiese esperado nunca algo así de parte de Dios.
Entonces esperé a ver en qué acabaría todo esto.
Pero no acababa. Perdí toda mi esperanza y decidí volver mis pensamientos a mi Dios. Mi oración ferviente llegó hasta su santo Templo. Le dije que solo a Él le adoraré y que cumpliré todas las promesas que le había hecho ya que reconocía que solo Dios me podía salvar de donde estaba. El silencio y la oscuridad continuaron siendo mis compañeros por un tiempo que no podía determinar ya que el ayuno y el estado de casi permanente duermevela me privaron de la capacidad de medirlo. Pero un espasmo que me rodeó me volvió al estado de alerta. Mi gelatinosa prisión comenzó a moverse aprisionándome con fuerza y fui despedido de ese encierro con violencia. El aire frío y el agua salada me hicieron temblar. Las olas me golpeaban nuevamente y el pánico se apoderó de mí. No podía abrir los ojos, intenté mover las piernas, pero estaban entumecidas; abrí la boca con desesperación para tomar aire, y con placer, este llenó mis pulmones. Logré entrar en calma y de a poco tomé conciencia de que estaba en una playa vacía de no sé dónde.
Con el canto de las gaviotas vino nuevamente Dios a hablar conmigo. Me ordenó que vaya a la ciudad de Nínive y que les avise que serán destruidos, lo mismo que me había dicho antes, pero esta vez obedecí. No bien la sombra de sus muros se marcó en el horizonte, mi estómago se revolvió dentro de mí, pero lo contuve y no desvié mis pasos, sino que comencé a gritar desde las primeras calles que Dios les destruiría dentro de cuarenta días. Así lo hice durante todo ese día. Al siguiente, un bando real pasaba por las calles ordenando ayuno total a la población y que todos confiesen delante de Dios sus pecados y se arrepientan de sus crímenes y malos caminos para que la ciudad y sus habitantes sean perdonados.
Y sucedió lo que yo decía; Dios los vio, los escuchó y tuvo misericordia de ellos, o sea, decidió no destruirlos.
-Esto es exactamente lo que pensé que harías –le dije a Dios muy enojado– cuando todavía estaba en mi tierra y me dijiste que viniera a Nínive. Por esta razón huí a Tarsis. Yo sabía que eres misericordioso, lento para la ira y lleno de bondad; yo sabía que con facilidad dejarías la idea de destruir a este pueblo.
Tanto era mi enojo que le solicité a Dios que me mate, pues no sucedería nada de lo que les anuncié. Dios me preguntó si era correcto que yo me enoje tanto por esto, pero no le respondí, no estaba de humor para argumentar con él.
Masticando rabia salí de la ciudad y me fabriqué con ramas que corté de los árboles cercanos un techito. Me senté luego a la sombra a esperar que Dios cambie de opinión y haga algo contra esos incircuncisos. Pero el que hizo algo fue el sol. Se puso en mi contra y secó todas las hojas que me servían de protección contra él, pero al mismo tiempo, creo que fue gracias a que elegí el lugar correcto para sentarme, creció una enredadera de hojas grandes y frescas que se interpuso entre el sol quemante y mi cabeza. Así que bien fresquito pude tomar mi vianda y desfrutar de la cena antes de echarme a dormir.
Cuando me despierto, lo primero que hice fue descubrir que la ciudad de los incircuncisos seguía en pie. Eso me quitó las ganas de desayunar. Mi garganta estaba llena de amargura. Mi bilis subía y bajaba y un viento solano como nunca antes lo había visto, despedazó mi refugio.
-Mejor sería estar muerto -dije a los cielos.
-¿Está bien que te enojes porque se secó la planta que no sembraste ni regaste? –me dijo Dios.
-Por supuesto que está bien –le respondí– y me muero de rabia por esto.
-Tú sientes lástima por ti –me dijo Dios– porque murió la planta que te daba sombra y por la que tú no hiciste nada y que es de corta duración y yo ¿no habría de tener compasión de toda una ciudad que necesita de mí?
Dios y yo no pensamos igual. Pero él no me trató del modo que merecía mi conducta, sino que hizo conmigo lo mismo que hizo con los ninivitas, me rodeó de su misericordia que es, al final de todas las cosas, lo que necesito.  

Elbio R. Lezchik

domingo, 26 de mayo de 2013

Llueve


    Llueve. Fuera de casa todo es barro. No se si tengo lo necesario para las comidas de hoy. Anoche el trabajo no fue bueno, poco dinero. Amanece y no he dormido, o sí, tal vez algo si, pero no lo recuerdo. El olor de los dos hombres de anoche aún me llena la nariz. Cada vez lo soporto menos, también cada vez me cuesta más sonreír mientras preparo el desayuno de mis pequeños; ellos son inocentes y me hago cargo de lo que me toca. Sus padres desaparecieron más rápido de lo que duraron las promesas de amor nocturnas. Yo les creí, los necesitaba. Pero me hago cargo, a mis hijos no les faltará pan en la mesa de cada día. Hasta ahora he salido adelante y continuaré haciéndolo. Pero llueve, y las gotas que se escapan de las nubes son las que ya no salen de mis ojos secos a fuerza de apretar los dientes, por eso quedo quieta, quiero que el cielo hoy llore por mí.
    El dinero que me ofrece este cliente es más que lo que gano en tres días de trabajo. A cambio de esto me solicita la mañana entera. Tengo que ver cómo acomodo a mis hijos, hablaré con alguna de mis amigas o a mi madre, pero lo solucionaré.
    Por la mañana llega tranquilo, eso me extraña, no es normal esa actitud pues todos vienen ocultándose. Son muy hombres, pero no enfrentan sus realidades y descargan en mí sus frustraciones. Nadie viene a ofrecerme amor, no les interesan mis frustraciones. Pero entra y comienzo mi trabajo.
    Todo pasa muy rápido, la puerta se rompe de un solo golpe, una multitud entra en tropel, me agarran de los pelos y me arrastran afuera, el hombre desaparece, lo ignoraron adrede. El sol de media mañana es intenso y el grito de esta turba me paraliza. Me paro, trato de seguir el paso de los que me arrastran, caigo, sangro, sigo, no comprendo, estoy en shock.
    Me tiran al centro de una ronda de hombres bien vestidos y con rostro duro, menos uno que los mira como perplejo. La acusación pública que me formulan es verdadera y severa. Se me congela la vida, mis hijos llenan mi mente cuando pronuncian que debo morir apedreada inmediatamente, a la vista de todos.
    Pero esperan la respuesta de ese juez con ojos distintos. Está agachado con las manos en el suelo mientras los rumores en espera de la validación de la sentencia aumentan su volumen, no me mira. Tiemblo.
La turba insiste y sin levantarse les dice algo. No logro escucharlo, pero al silencio que provocó sí lo puedo oír. Tiemblo.
    De a uno se retiran en silencio y escapando de la mirada de los demás. Las sombras que me rodean desaparecen y me abraza nuevamente el sol. Pero aún tiemblo. El juez de ojos distintos me mira. Sus ojos lastiman, embriagan, atrapan, tienen el poder de hacer que el calor vuelva a mi sangre. Sus ojos me iluminan por dentro como si nada se le escapase. Me pregunta dónde están los que me trajeron hasta aquí para condenarme, le respondo que se fueron todos, que no queda nadie de los que me condenaban. El de ojos distintos me dice que él tampoco me condena, que me levante, me vuelva a mi casa y cambie de vida.
Lo que me iluminaba por dentro me rodeó y me llenó de paz, mi mente se aclaró y lo decidí. Voy a seguir su consejo. Sé qué hacer para seguir su consejo.





Elbio R. Lezchik

sábado, 4 de mayo de 2013

Cosas de padres


Un buen y exitoso empresario tenía 2 hijos junto a los cuales conducía su conglomerado de empresas. Carlos, uno de ellos, Director General para Medio Oriente e Indias, luego de una reunión de directores le dice: 
-Papá, quiero mi parte de la empresa, la quiero en efectivo, yo me voy. 
La incredulidad se refleja en su rostro, y un cosquilleo en el pecho lo deja paralizado. Su hijo es arriesgado y valiente, lo que se propone lo logra, sus éxitos son evidentes, por eso ocupa ese puesto tan estratégico para el crecimiento de la empresa. El padre lo conoce bien, si tomó la decisión sólo él la revertirá, nada ni nadie más. Ernesto, hermano mayor de Carlos y Director General de Finanzas e Inversiones, administrador fiel que no levanta una aguja del piso si no es suya, irreprochable en el control y auditoria de las gestiones que estén relacionadas con el dinero y patrimonio de la familia, lo escucha sin decir palabra porque sabe el daño que su hermano está provocando. Pero también conoce muy bien a Carlos, y conoce a su padre. Culminadas todas las gestiones legales y bancarias, Carlos toma su automóvil y deja kilómetros tras su caño de escape.
La reestructuración en la empresa a causa del hueco provocado por Carlos es dolorosa y no tan rápida como se quisiera. Al enterarse los inversores de este repentino abandono, dudaron de la permanencia de la empresa y la castigaron vendiendo sus acciones provocando una rápida pérdida en las cotizaciones. Pero al fin se logró estabilizarla y el mercado volvió a confiar en ella.
Por fin, dice Carlos, esto es vida, basta de reuniones de Directorio, de cumplir horarios, de obedecer a mi padre, de tener cuidado en no manchar “el nombre”..., y gracias a sus virtudes accedió a lo más selecto de la sociedad. Mucho dinero, simpatía y el mejor automóvil dieron el toque final a la nueva imagen de Carlos.
       
      "Actualidad: Dubai World sorprendió la semana pasada a los mercados mundiales al anunciar que pedirá a sus acreedores un aplazamiento de por lo menos seis meses en el pago de 26 mil millones de dólares que adeuda, mientras reestructura sus finanzas. El anuncio estremeció los mercados financieros del mundo al temer los inversionistas el posible impago de Dubai World, además de ser un posible indicio de problemas económicos globales más amplios que puedan minar la incipiente recuperación global tras la peor crisis económica acaecida en décadas, anuncia Milenio.com"

Frente a esta nueva crisis internacional, Ernesto informa al plenario de Directores que se han tomado todos los recaudos para afrontar esta ola que amenaza con arrasar la endeble economía globalizada, y bajo el férreo mando de su padre la empresa permanece estable. Mientras tanto, Carlos comienza a ser castigado por la crisis financiera y todo su sustento desapareció. Cuando veía a un amigo suyo pasar en su vehículo acudía a él para solicitar su apoyo, pero solo encontraba su reflejo en los polarizados vidrios de los automóviles que pasaban de largo. Entonces recordó la casa de su padre. Lo que en primer momento era malo ya no lo era tanto. Decide volver. Humillado por la vida y abandonado por sus amigos emprende el regreso como un vagabundo. Hace noche en los albergues que le brindan comida y una cobija, y si no los encuentra, junto a algún recodo del camino que lo proteja de la intemperie.
        -¿Quién este que aparece en las pantallas de las cámaras de seguridad de la entrada? -se pregunta el guardia de seguridad- 
No se le permite el acceso, ¡aléjese! -le ordena.
Su padre, que desde el día que Carlos se marchó no dejaba de mirar las cámaras por si en ellas aparecía la imagen de su hijo, pudo reconocerle a pesar de su mal aspecto y baja con el corazón en la garganta por el ascensor desde su oficina hasta la recepción. Le grita su nombre, y las palabras “¡Carlos, hijo mío! resuenan en el lobby. Carlos, apenas articula palabra mientras es apretado contra el pecho de su padre y huele ese perfume tan familiar que impregna sus trajes.
-Te ofendí y les hice un daño terrible a todos, solo que les extraño y quisiera, al menos, que me permitas trabajar en la limpieza de tus oficinas -le dice Carlos apenas su padre afloja un poco el abrazo.
Pero él no lo escuchó porque ya estaba ordenando a su secretaria ejecutiva que llame al diseñador de ropa de la familia para que haga ropa nueva a Carlos, llame al médico de la empresa para que le realice los controles necesarios, avise en casa que preparen el baño y ropa limpia que en 15 minutos llego con Carlos.
-Ah, y organice para esta noche una recepción invitando a todos los empleados y amigos en honor a Carlos que ha regresado y retomará sus funciones en la empresa.
Entrada la noche, llega Ernesto luego de un largo día de auditorías y reuniones en la Bolsa de Comercio dispuesto a escribir su memorando antes de retirarse a su casa a descansar. Lo sorprende que a esta hora haya tanta gente en la empresa, las luces encendidas, y ... ¿música?
-¡Guardia!- grita. -¿Qué significa todo esto?
-Es que su hermano Carlos ha regresado y su padre ha organizado esta recepción en su honor -le responde el guardia.
Sorprendido, perplejo y sin lograr entender lo que está pasando, recurre a su memoria y repasa cada uno de los grandes problemas que generó la ida de Carlos, los problemas financieros que provocó y la casi quiebra del conglomerado de empresas, y el furor le cubrió el rostro.
-¿Qué ha hecho mi padre? ¿Cómo es posible que pase por alto todo el mal que nos hizo? -dice.
Mientras escuchaba sus propios pensamientos, la voz de su padre llamándolo lo volvió a la realidad.
-¡Ernesto, pasa, mira lo que ha sucedido, Carlos ha regresado, qué bueno, estoy tan feliz, ven Ernesto, vamos a festejar en familia!
- Pero, ¿qué te pasa papá? ¿no recuerdas todo lo que nos hizo? Y encima, luego de tanto tiempo y que ya nos habíamos olvidado de él, para bochorno de la familia ¡lo recompensas frente a todos los periodistas! ¿Y a mí qué? ¡Nunca me diste nada, nunca me ofreciste hacer una fiesta ni para mis pocos amigos!
       -¿Qué dices Ernesto?  - le responde su padre - si todo lo que tengo es tuyo y estás siempre conmigo, pero Carlos se había alejado y hasta lo creíamos muerto, pero está vivo y con nosotros otra vez, y eso es lo importante, por eso hago fiesta.

domingo, 21 de abril de 2013

ALAS


Las siestas de verano en Villa Berthet, en el corazón del monte chaqueño, transcurren lentas y silenciosas al arrullo de las chicharras. Como el calor hace del colchón un enemigo, el acostarse a dormir la siesta suele ser un intento más que una realidad. Entonces no queda otra que, al amparo de una umbrosa galería o de una planta de mango o de pomelo rosado, aparezca el mate, la yerba, unos yuyos aromáticos y que el agua fresca comience a regalar la rehidratación en manos de un rico tereré. Las calles polvorientas se asemejan a un horno y están desiertas; nadie hasta eso de las cinco de la tarde se anima a transitarlas. La plaza principal es un paraíso de sombras y flores con los troncos de los árboles prolijamente pintados de blanco, con bancos a la par de los caminitos internos y juegos para niños en la esquina que da a la escuela, pero el rigor del sol la mantiene quieta y adormilada. Los primeros en salir del reparo de las sombras son los dueños de los comercios del centro que no bien llegan a sus negocios, abren las puertas y prenden los ventiladores para ventilar el encierro del local. Luego riegan las veredas de ladrillos para refrescarlas y sacan las sillas a la puerta bien cerquita del palenque a la espera de los clientes. Mientras tanto dure esta espera, el tereré hace nuevamente su aparición y la rueda se agranda con los dueños y empleados de los negocios lindantes. 
Las charlas transcurren lentas y con la cadencia del acento norteño. Los inmigrantes tomaron prestado ese acento y al hablar con sus paisanos en su lengua madre, esta también quedó afectada por esa particular cadencia. En el pueblo la mayoría de los colonos son inmigrantes eslavos pero también hay algunos judíos, turcos, alemanes y paraguayos.
La escuela primaria es un verdadero crisol donde cada niño habla, además de su lengua familiar, algo de la lengua de sus compañeros, el guaraní y el escaso español que logra enseñarles el maestro para que puedan cursar sus estudios. Es habitual que los niños de las chacras hablen su idioma materno y el guaraní y nada de español al ingresar a la escuela, por lo que el maestro debe encarar todo un desafío para introducirlos al idioma nacional.
En las veredas aún mojadas las conversaciones rondan en los hechos recientes del pueblo o sobre algún familiar de algún paisano que no está presente. Siempre es apasionante estar al tanto de lo que pasa en el pueblo y es habitual que alguien llegue a tomarse unos tererés solo para contar algo que haya sucedido o enterarse de algo que aún no le hayan dicho. Si en esos momentos llega un cliente criollo, la conversación no se interrumpe, sino que continúa en la lengua de cada raza. Por eso no llamó la atención la llegada del comisario que luego de apoyar la bicicleta en el árbol saluda a todos con la debida atención y se dirige a conversar con don Iván.
Don Iván tiene dos hijos, Andrey y Mijaíl, que son solteros y viven todavía en  casa de sus padres. Ellos atienden una sucursal del negocio de venta de ropa y telas a pocas cuadras de allí, justo cruzando en diagonal la plaza central.
            -Buenas tardes don Iván –lo saluda el comisario tocándose el borde de su gorra.
            -Buenas tardes comisario –responde don Iván al saludo con su habitual amabilidad- ¿qué lo trae por aquí?
            -Bueno –dice mientras se saca la gorra y se acomoda los cabellos para atrás- es que anduve de ronda por la parada de los colectivos y me llamó la atención no verlo por allí –le dice.
Don Iván levanta las cejas y frunce media nariz.
            -¡Ehhh! –exclama sin entender.
-Don Iván – le dice el comisario-, ¿sabe usted que sus hijos recién se subieron al colectivo que va la capital con grandes bolsos? Me llamó la atención que usted no estuviera allí, por eso vine a verlo, me pareció que algo no andaba bien.
Sus ojos color cielo se cerraron y mil nubes negras oscurecieron sus pensamientos.
-¿Qué está pasando? –dice para sí y trata de mantener la postura frente del policía amigo.
-¿Qué es lo que me decís de mis hijos? –le pregunta como para confirmar que escuchó mal.
-Que sus hijos se subieron en el colectivo de la tarde que va a la capital con muchos bolsos y …
En este punto don Iván no pudo contenerse más, deja a los paisanos y a su esposa y corre las tres cuadras que separan los dos comercios. Al llegar lo encuentra cerrado. Busca entre sus llaves la que abre los candados, levanta la persiana y entra al oscuro salón. Prende las luces y lo que ve lo paraliza. Las estanterías están casi vacías, falta todo el dinero de la caja y también el que se había escondido para la reposición de lo vendido. Cierra y regresa a su comercio. Allí su esposa lo espera con mucha angustia y sus ojos vidriosos le suplican una explicación.
-Los muchachos se fueron –le dice, y se sostienen en un doloroso abrazo.
El colectivo hace una parada de quince minutos en un pueblo a sesenta kilómetros y don Iván se dirige con su vehículo hasta allí. Lo encuentra justo antes de retomar su camino y le pide permiso al chofer y sube al colectivo; con ojos nerviosos busca el rostro de sus hijos hasta que los encuentra. Se dirige a ellos y con manos temblorosas les tiende un sobre.
-Tomen -les dice con el llanto anudado en la garganta-, con lo que se llevaron no les va a alcanzar para iniciar nada. Con este dinero les será más fácil.

Don Iván desciende y el colectivo continúa su camino.


Elbio R. Lezchik

jueves, 11 de abril de 2013

Había una vez


Hoy es martes y, como todos los martes por la tarde, Doña Mercedes reúne a sus siete nietos para agasajarlos con la merienda y hacerlos jugar, ora en su patio, ora en su living. Tiene todo preparado: el chocolate, la torta, algunos bizcochos, juegos didácticos, juguetes que ha comprado desde que nació el primero de ellos, revistas, tijeras, pinturas y pegamentos para hacer un collage y muchas cosas más guardadas en su imaginación para provocar que entre los primos se generen lazos fuertes de amistad. Sabe cómo tratarlos. Primero los cansa con juegos llenos de movimiento. Al rato, cuando nota que la casi infinita energía que tienen va menguando, los lleva en fila al baño para que las manos y la cara recuperen su apariencia habitual. Terminado este divertido procedimiento, todos van al comedor. Cada uno tiene su lugar a la mesa ya asignado y lo ocupan, como corresponde, en forma desordenada provocando la caída habitual de alguna silla. Minimizado el caos, se toman de la mano para dar gracias a Dios por los alimentos. Doña Mercedes designa al responsable de dirigir la plegaria y todos cierran los ojos, pero solo por un momento. Una graciosa voz aguda hace la oración entre las pequeñas risas y guiños de los otros primos nombrando a cada uno de los presentes y pidiendo a Dios por los motivos más diversos que le vengan a la memoria en ese momento. Por el trabajo del tío Adrián, por la nariz del tío Augusto que se operó, porque pudieron ir de vacaciones, por la casita, por la rica torta y amén. Y hacen desaparecer la merienda. Cuando el primero intenta dejar la mesa para seguir a su instinto de niño, Doña Mercedes los lleva a la sala y los hace sentar en rueda alrededor de su sillón. Tiene una historia para contarles. Mirándolos para que hagan silencio, comienza el relato.
“Había una vez en un país muy lejano un señor y una señora muy viejitos que tenían mucho dinero. Tenían muchos animales en el campo y mucha gente que trabajaba para ellos. Eran dueños de una casa muy pero muy bonita y grande y tenían una señora que cocinaba, otra que lavaba la ropa y las planchaba, otra que limpiaba toda la casa y otra que hacía las compras. Pero no tenían hijos. Y eso los ponía muy tristes porque tampoco tenían nietos para traerlos a jugar como a ustedes y prepararles una rica merienda. La señora se llamaba Sara y el esposo se llamaba Abraham.
“Abraham oraba a Dios todas las noches y, como sabía que Dios siempre escucha todas las oraciones y los cuida, le contaba que estaba muy triste porque no tenía hijos. Veía a su esposa que también estaba triste porque no había podido ser mamá y eso lo hacía llorar mucho.
“Una noche de verano Abraham no podía dormir a causa del gran calor, estaba todo transpirado y se levantó de la cama. En esa época no habían inventado todavía los acondicionadores de aire ni los ventiladores. Entonces se fue a la sala para orar, abrió las ventanas y se sentó al lado de ellas para que el poco viento de la noche lo refrescara. Mientras oraba Dios le habla y le pide que salga a la oscuridad del patio. Allí le dice:
-Mira al cielo y cuenta todas las estrella que ves.
“Abraham comenzó a contarlas. Una, dos, tres, cuatro, .., noventa y nueve, cien. Pero había más. Quiso seguir contándolas, pero se les mezclaban. ¿A esa la conté?, se preguntaba, y volvía a contarlas, pero las estrellas son tantas que no pudo hacerlo. Entonces Dios le dijo:
-Tendrás tantos hijos y nietos y bisnietos que no podrás contarlos ni traerlos a todos juntos a tu casa a tomar la merienda, porque no entrarán. Y tantos serán los primitos que siempre van a ser un montón para jugar.
“Y a Abraham le gustó mucho lo que Dios le dijo y le creyó.
“A la mañana siguiente, mientras desayunaban juntos, Abraham le cuenta a Sara todo lo que había pasado a la noche. Sara creyó que Dios se burlaba de ella. Cuando terminaron de desayunar, ella se quedó pensando en lo que le había contado Abraham. Pensó y pensó en eso hasta que se le ocurrió una idea brillante, le propuso a Abraham alquilar un vientre para que ella pueda ser la madre del bebé que nacería de su marido. Le dijo que Agar, una de las muchachas que trabajaban en la casa, lo haría, que ella organizaría todo y que no habría problemas. Abraham aceptó.
“Pasaron varias semanas y el vientre de Agar comenzó a crecer con el bebé adentro. Cada día tenía la panza más grande y cada día Sara y Agar se querían menos. Comenzaron a pelearse por cualquier cosa, Agar se burlaba de Sara porque Sara era viejita y no podía tener hijos ...
“Eso puso a Sara muy pero muy triste y se encerraba en el dormitorio a llorar.
“De tanto trabajo que tenía, Abraham no se había dado cuenta de estas peleas hasta el día que Sara le cuenta todo lo que estaba pasando; le contó que estaba llorando por las burlas de Agar y que no podía soportar más esta situación. Le dijo montones de cosas malas sobre ella hasta tal punto que Abraham le aconseja que se vengue y le haga lo mismo o peor. Pero Dios estaba escuchando y a Él no le gustan esas cosas.
“Sara comenzó a tratar mal a Agar. Todos los días la insultaba y la obligaba a trabajar mucho más que antes. Si no hacía todas las cosas que le ordenaba, la castigaba.
“Pero un día, Agar no pudo soportarlo más y se escapó de la casa.
“Caminó mucho por el campo. No pudo tomar ningún colectivo porque todavía no se habían inventado. Así que caminó y caminó con la panza muy grandota. A veces le dolía y tenía que parar y comenzaba a llorar porque sabía que su bebé estaba sufriendo. Llegada la tarde no pudo seguir más.
“Mientras pensaba que iba a hacer, un señor muy extraño se le acercó y la llamó por su nombre. ¿Quién sería este señor que conocía su nombre? Era alto, con muchos músculos y parecía que de su piel salía como una luz que brillaba más que el sol. Era un ángel de Dios.
- Agar –le dice el ángel- ¿qué haces aquí con el calor que hace?
- Me escapé de la casa donde vivo –le respondió Agar-  porque doña Sara, la dueña de la casa, me maltrata mucho y ya no lo puedo soportar.
- Regresa a la casa de Sara y quédate allí que es tu lugar y Dios te cuidará y no te pasará nada –le dijo el ángel-. Además, cuando tu hijo nazca le pondrás de nombre Ismael y vas a tener muchos nietos y muchos bisnietos porque Dios vio y escuchó lo que te estaba pasando y me mandó a buscarte.
“Y así fue como Agar regresó a la casa de Sara y Abraham y se quedó allí hasta que nació Ismael.
“Ismael comenzó a crecer y crecer. Comía toda la comida que la mamá le preparaba y estudiaba mucho. Su papá Abraham le enseño a trabajar en el campo y a criar ovejas, vacas y camellos. Como era el hijo del dueño, todos lo querían mucho y lo respetaban. Abraham le enseñaba a obedecer a Dios en todas las cosas y que viva haciendo lo bueno y que sea justo con todos los hombres en todas las cosas.
“Cuando Ismael tenía catorce años, nació su hermanito Isaac. Pero no de la panza de su mamá Agar, sino que de la panza de Sara. ¡Todos estaban asombrados! Por todo el campo y por los pueblos vecinos se comentaba que una señora muy viejita había quedado embarazada y ¡ya había nacido el bebé! Todos iban a visitarlos y a curiosear, pues era algo increíble.
-¿Cómo puede ser –se preguntaban todos– que un hombre de cien años y una mujer de noventa pueden ser padres?
“Pero Abraham que conocía la respuesta, se las repetía una y otra vez al que se lo preguntase.
–Dios -les decía– me dijo que Sara quedaría embarazada y me daría un hijo. Y como no hay nada imposible para Dios, aquí está Isaac, mi hijo, el hijo de mi esposa Sara.
   “Ismael, que no se perdía nada de lo que pasaba, busca corriendo a su mamá y le pregunta qué iba a ser de ellos ahora que su patrona Sara tenía su propio hijo. Agar lo abrazó, lo sentó a upa y le recordó que el día que había escapado de la casa de Sara, Dios le había dicho que él, Ismael, tendría muchos hijos y que sería muy valiente y fuerte, que Dios había cumplido la promesa que les había hecho a Sara y Abraham por imposible que pareciera, que era evidente que no había nada difícil para Dios, y que por lo tanto, lo que debían hacer ellos, era confiar en Dios y en sus promesas.
“Pero poco tiempo pasó hasta que ocurriese lo que Ismael temía. Sara molestó tanto a Abraham diciéndole que no quería que su hijo Isaac se junte con Ismael, que no le gustaba la cara que tenía Ismael, que Agar era mala, que mirá lo que hizo Ismael, que mirá lo que me hizo Agar, que patatín, que patatán, todos los días, que se cansó y decidió echarlos a los dos de la casa.
“Abraham llama a Agar y le pide que tome a su hijo Ismael, que guarden todas sus cosas en bolsos y que se vayan lejos, a otro lugar, pues ya no vivirían más allí.
“Cuando Ismael escucha la noticia, comienza a llorar. ¿Dónde está Dios?, se preguntaba. ¿Dónde está ese Dios bondadoso y todopoderoso del que le hablaba todas las noches su padre Abraham? Porque sí, su padre Abraham lo abandonaba, ya no lo quería como hijo.
“Caminaron mucho por el desierto y las montañas, descansaban las siestas en alguna cueva que encontraban y cuando refrescaba continuaban caminando hasta que el agua se les terminó. No sabían qué hacer ni a dónde ir; allí no había ciudades cerca.
“Ismael tenía mucha sed y mucha hambre; se acostó debajo de un árbol para dormitar un poco y ve que su madre se aleja de él, que también lo abandona. La desesperación lo envolvió.
 -¡Mamá! –grita entre lágrimas- , ¡mamá no dejes solo! –le pide suplicando.
“Se quiso levantar, pero no tenía fuerzas, el hambre, el sol y la sed lo estaban matando y su madre ya estaba lejos.
“Pero Dios lo estaba escuchando y envía rápidamente un ángel.
-Agar ¿qué haces allí? –le dice el ángel mientras bajaba del cielo–. No tengas miedo porque Dios ha oído el clamor de Ismael. Vuelve a su lado porque de él saldrá una nación grande.
“Cuando el ángel termina de hablarle, Agar se seca las lágrimas de los ojos y ve, de repente, un pozo lleno de agua. Rapidísimo llena las botellas que tenía y corre para darle de beber a Ismael. El Dios todopoderoso no los había abandonado.
El timbre provoca un sobresalto en los primitos que tenían impregnada la imagen del ángel hablando con Agar en sus pensamientos. Era Tía Marisa que venía a buscar a sus hijos.
Doña Mercedes se levanta a atender y con un beso se va despidiendo de cada nieto que es buscado por sus padres.


Elbio R. Lezchik